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Dios quería salvar al hombre, pero también quería revelar la justicia de
su gobierno y la falsedad de las acusaciones de Satanás. Cuando Dios le
dio libertad al Satanás para que maltratara, avergonzara y finalmente
condujera a Cristo a la cruz, fue con el propósito de desenmascararlo ante
el Universo. Esta era la única manera, pues Jesús quien "anduvo haciendo
bienes" sobre la Tierra no merecía un trato tal. Pero la cruz involucró
mucho más, pues no solamente el carácter de Satanás fue revelado, sino que
también el carácter amoroso de Dios fue expuesto totalmente.
La cruz, realmente constituye el medio por el cual Dios reconcilia a Él al
hombre pecador y redime aún las dudas que había en las mentes de las
inteligencias celestiales que no secundaron a Satanás en su rebelión
contra el gobierno divino. Esto es lo que pablo dice: “Por medio de él
reconciliar consigo todas las cosas, así lo que está en la tierra como lo
que está en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz”
(Col. 1:20). Por esta razón, en este artículo miraremos más allá de los
sufrimientos físicos que Satanás provocó a Cristo, miraremos lo que sí
constituye el supremo sacrificio de Cristo que nos salva.
La Biblia revela que el pecado nos ha separado de Dios y nos ha hecho sus
enemigos (Isa. 59:2; Rom. 5:10). Por lo tanto, si el hombre ha de ser
salvo, debe ser reconciliado a Dios. Según las Escrituras esta
reconciliación ya se realizó por medio de la muerte de Cristo en la cruz
(2 Cor. 5:18,19; Rom. 5:10,18).
Cristo realmente redimió a la humanidad en la cruz de las nefasta
consecuencias del pecado cuando pagó la deuda que tenía para con la Ley
transgredida (Rom. 4:25). Pero ¿cómo pudo ser esto? Consideremos lo
siguiente.
La Paga del Pecado
Siempre debemos recordar que la "paga del pecado es la muerte" (Rom.
6:23). Ahora bien, ¿qué tipo de muerte constituye realmente "la paga" del
pecado? La Biblia menciona dos tipos de muertes. a) La primera es conocida
“la primera muerte”, que generalmente se define como "dormir” (Juan
11:11-14; Luc. 8:52-56); y b) "la segunda muerte" (Apoc. 20:5) La primera
no es la paga del pecado por dos razones: 1) Es la experiencia común tanto
de creyentes como incrédulos (Rom. 5:12); y 2) De ella todos los seres
humanos (buenos y malos) volverán a resurrección - los creyentes para vida
eterna y los incrédulos para muerte eterna - (Juan 5:28,29). La primera
resurrección ocurrirá en ocasión del la segunda venida de Cristo (1 Tes.
4:14-17), y la segunda será después de los mil años mencionados en Apoc.
20 (cf. v. 5). Así que, por terrible que nos parezca la primera muerte, no
constituye realmente "la paga del pecado". La primera muerte puede ser
correctamente entendida como un estado de inactividad total, de
completa inconciencia hasta el momento de la resurrección (cf. 2
Tes. 2:13,14; Sal. 104:29; Job. 14:12,14; Ecl. 9:5,6,10).
A diferencia de esta "la segunda muerte" sí constituye verdaderamente la
paga del pecado. Es en los brazos de esta muerte que Dios deja a su suerte
al impenitente pecador que ha elegido voluntariamente rechazarlo, y queda
en sumido en ella sin ninguna esperanza de vida. La segunda muerte es
correctamente definida como un estado de inconsciencia completo
y absoluto, por toda la eternidad. Consiste en la separación eterna de la
fuente de la vida. Es quedar en la nada para siempre, es volver a ser lo
que antes éramos antes de nacer, ¡nada! (Apoc. 20:9; Mat. 10:28; comp.
con Eze. 28:18,19). Pero nótese que esta terrible muerte, no tiene
"potestad" o dominio sobre los creyentes en Cristo que tienen parte en la
"primera resurrección" (Apoc. 20: 5). ¿Y por qué no tiene dominio sobre
ellos? Porque de ella Cristo los libró, al experimentarla y triunfar sobre
ella en la cruz. La muerte de Cristo fue precisamente una muerte al pecado
una vez y por todas (Rom. 6:10).
El autor de la carta a los Hebreos dice que "por la gracia de Dios" Cristo
experimentó "la muerte por todos" los hombres (Heb. 2:9). Esto fue lo que
el profeta Isaías quiso decir cuando expresó: "Jehová cargó sobre Él el
pecado de todos nosotros... más El fue herido por nuestra rebeliones,
molido por nuestros pecados. Por darnos la paz, cayó sobre Él castigo, y
por sus llagas fuimos nosotros curados" (Isa. 53:6,5, RV 1995). La noción
de Cristo como Sustituto nuestro conlleva implícitamente la idea de que Él
llevó realmente nuestros pecados “sobre su cuerpo”. Esta es la idea
que vieron los apóstoles en la declaración “porque por sus heridas
fuisteis sanados” (1 Ped. 2:24).
Ciertamente la ira de Dios contra el pecado cayó totalmente sobre Cristo
quien se identificó plena y totalmente con nosotros al asumir nuestra
humanidad caída, y esta identificación lo constituyó en el Representante,
Garante y Sustituto, el Portador de pecados. Sólo en este contexto es que
podemos entender porque Dios "no perdonó ni aun a su propio Hijo - dice
Pablo -, antes lo entregó (a la completa paga del pecado) por nosotros" (Rom.
8:32).
En las culturas paganas las personas tenían que proveer "las víctimas"
para apaciguar la ira de sus dioses. A veces ofrecían hasta sus propios
hijos sobre un altar. Pero las Escrituras no revelan esto en
relación al Plan de la Salvación del hombre, antes bien, se presenta a
Dios mismo proveyendo la Víctima: Su Hijo amado, Jesucristo, para
salvarnos del pecado (Rom. 3:25; 8:32; 1 Juan 2:2).
Así Dios se revela siendo perfectamente justo y misericordioso a la vez.
Pues paga la deuda del hombre en Cristo y al mismo tiempo lo salva de la
muerte eterna.
El Oscurecimiento de la Verdad de la cruz
Satanás ha tratado de oscurecer la gloriosa verdad de la cruz a través de
una enseñanza contraria a las Escrituras. Nos referimos a la popular
creencia de la inmortalidad natural del alma humana. "Al engañar a la
iglesia cristiana en creer una mentira - que el hombre posee un alma
inmortal -, el diablo ha envuelto la verdad de la cruz en la oscuridad.
Porque si el hombre posee un alma inmortal, entones la muerte llega a ser
simplemente la separación del alma del cuerpo, y en tal caso la segunda
muerte (el adiós a la vida para siempre) llega a ser imposible. Por esta
razón la iglesia ha tenido que interpretar el supremo sacrificio de Cristo
en la cruz en términos de sus sufrimientos físicos los cuales les fueron
infligidos por hombres crueles y [esa muerte] no sería diferente a la
clase de muerte que muchos humanos han sufrido. También por esta razón, la
idea de que los perdidos serán torturados eternamente o quemados en fuego
por toda la eternidad tuvo que ser introducida como la paga del pecado".1
Pero ya vimos que la primera muerte se describe como un estado
de inconsciencia temporal hasta el día de la resurrección (cf. Mat.
27:50-53; Jn. 11:20-24; Luc. 14:14). Al mismo tiempo, el lago de fuego y
azufre (el verdadero y real infierno final), llegará a existir
(actualmente no hay tal cosa que se llame “lago de fuego y azufre”) cuando
de Dios descienda fuego del cielo al final de los 1,000 años (Apoc. 20:9).
Este fuego, no será el hogar eterno de los réprobos como se nos ha querido
hacer creer, es más bien el lugar donde las raíz y las ramas del pecado,
Satanás y sus seguidores serán eternamente destruidos para no dejar de
ellos rastro alguno. El universo será completamente limpiado por estas
llamas purificadoras (cf. 2 Ped. 3:7,10-12). Entonces, de las cenizas de
un mundo purificado de toda mancha de pecado y rebelión surgirá una tierra
nueva y gloriosa. Esto es lo que esperamos “según sus pr0mesas” (2 Ped.
3:13, cf. Apoc. 21:1-5; 22:3-5).
Otra forma de limitar el significado del supremo sacrificio de Cristo que
Satanás ha utilizado para oscurecer esta verdad es logrando que los
cristianos vean la cruz desde el punto de vista romano. El instrumento de
la cruz, como medio de martirio era usado por los romanos para provocar
una de las muertes más dolorosa y espantosa en los días de Cristo. Esto ha
motivado a muchos a enfatizar sólo el aspecto de los sufrimientos de Jesús
como el supremo sacrificio que nos salva.
El Verdadero Significado de la Cruz
Pero es sólo cuando vemos la cruz desde el punto de vista judío que
podemos tener un entendimiento claro de lo que realmente significó la cruz
de Cristo. Ya en los días de Jesús la crucifixión era vista por los judíos
como el equivalente de colgar sobre un árbol o madero. Y esto significaba
para ellos que la persona que sufría este tipo de muerte recibía sobre sí
la irrevocable maldición de Dios. Moría la muerte eterna (véase Deut.
21:23). Esta es la razón por la que los judíos pidieron a Pilatos que
Cristo fuera crucificado (Juan 19:5-7). Para ellos, Cristo colgado de la
cruz significaba que desaparecería eternamente, no sólo de su vista, sino
de la presencia de Dios.
El argumento que los judíos utilizaron era que Jesús había cometido
blasfemia, cuando se "hizo el Hijo de Dios", y este era un pecado
imperdonable – según ellos. Por eso debía morir (Juan 19:7). Pero aquí
sucede algo interesante, pues cuando leemos la manera en la que debía
morir la persona encontrada culpable de blasfemia contra Dios nos damos
cuenta que Cristo no debió ser condenado a morir crucificado, pues la ley
estipulaba que tal persona debía ser apedreada (Lev. 24:16). Entonces,
¿por qué, si la crucifixión no era empleada por los judíos (ni podían
ejecutarla), y no constituía el tipo de muerte que Cristo merecía según
los cargos que se le atribuían, los judíos pidieron a Pilato que lo
crucificara? Los dirigentes judíos tenían algo más en mente cuando
pidieron esto. Cristo crucificado ante el pueblo que lo creía Alguien
especial, el Hijo de Dios, el Mesías tan largamente esperado, significaba
que no era nada de lo que había profesado ser. Al contrario, si Él era
realmente el Salvador de mundo tendría la oportunidad de salvarse a Sí
mismo. Sería colgado de una cruenta cruz, símbolo de la maldición y la ira
de Dios, el equivalente de colgar en un madero. Para ellos Jesús estaba
muriendo la muerte de la cual no hay resurrección, la segunda muerte.
Entonces, no era lo que Él decía que era, sino un maldito de Dios. Moría
por blasfemo y pecador y no por los pecados del mundo como había dicho que
lo haría (cf. Jn. 6:51-58).
Lo Que Dios le Hizo a Cristo
Pero, lo maravilloso del Plan de la Salvación es que nos revela que lo que
los judíos quisieron hacerle a Jesús motivados por su rebelde corazón fue
lo que realmente Dios le hizo, pero no por blasfemia. "El... no nos negó
(no perdonó) ni aun a su propio Hijo, sino que lo entregó (a la completa
paga del pecado) por todos nosotros". "Cristo nos redimió de la maldición
de la Ley (la muerte), al hacerse maldición por nosotros, porque escrito
está: Maldito todo el que es colgado de un madero". “Al que no conocía
pecado, (Rom. 8: 32; Gál. 3:13). Ya el profeta Isaías había predicho con
siglos de anticipación el carácter sustitutivo de la muerte de Cristo: “Él
fue herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros
pecados, el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga
fuimos curados. Todos nos descarriamos como ovejas, cada cual se
desvió por su camino. Pero Jehovah cargó sobre él el pecado de todos
nosotros” (Isa. 53:5,6, las cursivas son nuestras). Y el
apóstol pablo percibió y enfocó claramente esta gran verdad: “Al que no
tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros seamos
hechos justicia de Dios en él” (2 Cor. 5:21).
Pero, ¿cómo pudo Cristo sufrir la segunda muerte en la cruz siendo que Él
era de naturaleza divina? ¿Puede acaso morir la Divinidad? La Divinidad es
inmortal y no puede morir, pero Cristo quien se hizo humano, hecho
"semejante a los hombres", y "al tomar la condición de hombre se humilló
hasta lo sumo" y como Sustituto de la humanidad, bajo la condición de
hombre mortal pudo experimentar "la muerte por todos" (Fil. 2:5-8; Heb.
2:9). La humanidad de cristo fue la que murió.
Lo que Dios le hizo a Cristo en la cruz fue cargar sobre Él todos nuestros
pecados y darle muerte, al depositar sobre Él toda su justa ira contra el
pecado. Pero como Cristo no pecó ni aun en pensamiento (Heb. 4:15; 1 Ped.
1:19), su Padre estuvo en derecho legal de devolverle la vida
resucitándolo. También de su resurrección y de los hechos grandiosos de la
obra realizada por Cristo en la cruz Isaías profetizó: "Verá el fruto de
la aflicción de su alma (la angustia de experimentar la segunda muerte) y
quedará satisfecho; por su conocimiento (de los sufrimientos de la
crucifixión) justificará mi Siervo justo a muchos” (Isa. 53:11, VRV 1995).
Satanás que sabía lo que estaba pasando quería que Cristo muriera, pero
también que se arruinara el Plan de la Salvación, y tratando de que Cristo
desistiera de su misión le dijo; "A otros salvó. Sálvese a sí, si es el
Cristo,... Si tu eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo" (Luc.
23:35-37). Pero el amor de Cristo por la raza humana trascendió a su
angustia mental y física tanto como a las sugestiones del enemigo.
La decisión estaba hecha. Esa era la única manera de destruir al enemigo
de la justicia y redimir a los seres humanos: “Así, por cuanto los hijos
participan de carne y sangre, él también participó de lo mismo, [primero]
para destruir por su muerte al que tenía dominio de la muerte, a saber, al
diablo. Y [segundo] librar a los que por el temor de la muerte estaban por
toda la vida sujetos a servidumbre” (Heb. 2:14,15).
Y habiendo afirmado su decisión de morir por los pecadores exclamó:
"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto expiró"
diciendo "consumado está" (Luc. 23:46; Juan 19:30). El precio de cada
pecado había sido pagado en la cruz. El sacrificio infinito había sido
realizado.
Una Vida Compartida
Pero la vida de Cristo "no se terminó en la cruz, sino que fue dada a la
raza humana a cambio de la segunda muerte que justamente nos corresponde a
nosotros".2 Lo maravilloso de todo esto es que después de la resurrección
la vida que cristo vive ya no es una vida exclusiva del Él, porque es una
vida compartida por Él con la humanidad.
Antes de la cruz a Cristo se le daba el nombre de "Unigénito del Padre"
(Juan 1:19), y esta palabra significa "alguien muy especial" y puede
aplicarse solamente a un hijo único. Pero después de la cruz y por causa
de su sacrificio a Cristo se le conoce como el "Primogénito" (Col. 1:15;
Rom. 8:28), y este término se aplica al primer hijo entre muchos. Ambos
términos “Unigénito” y “Primogénito” “tienen importantes distinciones"
como se puede notar. Y esta es precisamente la "diferencia que la cruz ha
hecho en la vida de Dios y del hombre. Antes de la cruz (y por causa del
pecado), Dios tenía un sólo un Hijo amado (especial), pero ahora, a través
del supremo sacrificio [de Cristo], Dios tiene muchos hijos e hijas
amados, de quienes Cristo es el primero (1 Juan 3:1,2; 1 Ped. 1:3,4). ¡Que
maravilloso Dios y Salvador tenemos!
“No sólo nos ha librado de la condenación del pecado y de la muerte, pero
mucho más, Él nos ha resucitado y nos ha hecho los mismos hijos e hijas de
Dios, para que un día compartamos su mismo trono en el cielo y en la
tierra hecha nueva (Apoc. 20:6; 22:5 [cf. 3:21])".2
Todo esto fue lo que llevó a Pablo a decir: “El amor de Cristo nos
constriñe” (2 Cor. 5:14). Y aun más: “Gracias a Dios, porque nos ha hecho
un regalo tan grande que no tenemos palabras para expresarlo" (9:15, DHH).
También motivado por la impresionante compresión de la cruz de nuestro
Señor expresó: “Me propuse no saber entre vosotros otra cosa, sino a
Cristo y Cristo crucificado, lo cual es para el que cree poder de Dios
para salvación” (1 Cor. 2:2; 1:18).
Será esta gloriosa verdad y no otra la que brillará a través del cuerpo de
creyentes en la última generación e iluminará toda la tierra con la gloria
del amor abnegado e incondicional de Dios (Apoc. 18:1). ¿Te animas a
recibirla y a proclamarla?
La Sangre de Cristo
Debemos ver ahora un detalle más. El poder de la cruz reside en lo
que lo que las Escrituras llaman "la sangre de Cristo". Esta gloriosa
verdad estaba tipificada en los sacrificios que se realizaban en el
Santuario terrenal, en los cuales la sangre del animal ofrecido era
derramada (Lev. 17:11; Heb. 9:22).
Pero debemos saber que la expresión "sangre de Cristo" no se refiere a su
sangre literal, la cual en los días de su humanidad no era diferente a la
nuestra (Heb. 2:14), sino que es una expresión que equivale a su vida y
muerte. Ambas cosas a la vez, pues aunque la sangre representa la vida (y
esto es lo que el Antiguo Testamento enseña - Gén. 9:4; Lev. 17:11), pero
cuando es derramada, representa una vida entregada a la muerte. Así lo
dice el profeta: "Por cuanto derramó su vida (sangre) hasta la muerte"
(Isa. 53:12). El derramamiento de la sangre de los animales sacrificados
en el Santuario señalaba en sombra y figura que el Hijo de Dios daría su
"vida" perfecta por la humanidad.
Se han señalado tres formas en que la sangre de cristo nos salva del
pecado y sus consecuencias: 1) En dirección a Dios; 2) En dirección al
hombre y 3) En dirección a Satanás.
En Dirección a Dios.
Recordemos que pecados nos separan de Dios (Isa. 59:2) y nos han hace
enemigos (Rom. 5:10). Para poder ser salvados, necesitamos ser
reconciliados con Dios. Y esa reconciliación, según las Escrituras ya se
ha realizado en Cristo en la cruz (2 Cor. 5:18,19) Dios reconcilió
“consigo todas las cosas... haciendo la paz mediante la sangre de Cristo”
(Col. 1:20, NRV 1990). El apóstol Pablo nos dirá: “Porque si cuando éramos
enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo;
mucho más, habiendo sido reconciliados, [ahora] seremos salvos
por su vida” (Rom. 5:10, las cursivas son nuestras). Lo que
Cristo hizo (nos reconcilió con Dios) es lo que hace posible
nuestra salvación presente y nuestra reconciliación personal con Dios,
ahora (cf. 2 Cor. 5:20). Lo que ha sido hecho, y lo que sucede cunado
creemos está en completo acuerdo al gran propósito eterno de Dios (cf.
Efe. 1:3-7).
El hombre puede acercarse “con confianza al trono de nuestro Dios amoroso”
(Heb. 4:17) porque tanto “la paz” como “la reconciliación” ya fueron
realizadas en la cruz. El ser humano debe ejercer fe en Dios quien le
redimió para que pueda disfrutar en el plano personal los beneficios de
las salvación realizada en la cruz a favor de toda la humanidad (Juan 3:
16; 1 Juan 5:11). Es así como nos salva la sangre de Cristo e dirección a
Dios.
En Dirección al Hombre.
Nuestros pecados personales no sólo nos han separado de Dios, sino que ha
traído sobre nosotros cargos de consciencia, o sentido de culpabilidad. Y
este problema, por no estar en paz con Dios, ha llevado a innumerables
personas a todo tipo de vicios y tragedias. También es la causa de tantos
hogares destruidos (cf. Gén. 42:21; Sal. 40:12).
Pero aun aquí el remedio de Dios es presentarnos al "maravilloso
Consejero" (Isa. 9:6), Jesucristo, quien a través de su sangre limpia
"nuestras consciencias de obras muertas que llevan a la muerte, para que
sirváis al Dios vivo" (Heb. 9:14). Tendiendo la conciencia limpia gracias
a que nuestro pecados han sido perdonados “estamos en paz con Dios” (Rom.
5:1) y en paz con nosotros mismos (Mat. 11:28).
En Dirección a Satanás.
Los pecados cometidos aparte de separarnos de Dios (como ya vimos) y de
haber traído sentido de culpabilidad sobre nosotros, le han dado terreno a
Satanás para que nos acuse constantemente delante de Dios (Apoc. 12:10).
Las faltas cometidas no son ignoradas ni justificadas por Dios ni por el
verdadero cristiano. ¿Por qué? Porque la Palabra de Dios dice de los
santos que confían en El: "Ellos le han vencido (a Satanás) por medio de
la sangre del Cordero y por la Palabra del testimonio de ellos" (Apoc.
12:11). ¿Cual es ese "testimonio"? Su confianza inamovible en Cristo como
su justicia eterna que los calificó para el cielo, ahora y en el juicio.
Así nos salva la sangre de Cristo en dirección a Satanás. Y esta sangre
maravillosa y bendita no sólo nos limpia al venir a Él por medio de la fe,
sino que continua limpiándonos y continuará haciéndolo hasta su segunda
venida si mantenemos nuestra relación de fe con Él (1 Juan 1:7,9).
La visión de Josué y el Ángel, la cual "se aplica con fuerza especial a la
experiencia del pueblo de Dios durante la escenas finales del gran día de
expiación", nos revela cómo es vencido Satanás: “El Señor te reprenda oh
Satán... ¿No es éste un tizón arrebatado de incendio?” (Zac. 1:1-5).3 El
pueblo de Dios al ser vestido con las "vestiduras de galas" (la justicia
de Cristo) está en una condición ventajosa en la cual Satanás no puede
acusarle delante de Dios pues ha sido redimido por su Salvador quien lo
reclama como su pertenencia y “especial tesoro”. Es cierto que han
pecado, pero Cristo tiene un argumento poderoso en sus manos que le
permite liberar sus santos y preciosos méritos para justificarlos y
santificarlos: la confesión, la fe y el arrepentimiento de los santos. Se
nos ha dicho: “Mientras Jesús intercede por los súbditos de su gracia,
Satanás los acusa ante Dios como transgresores. El gran seductor procuró
arrastrarlos al escepticismo, hacerles perder la confianza en Dios,
separarse de su amor y transgredir su ley. Ahora él señala la historia de
sus vidas, los defectos de carácter, la falta de semejanza a Cristo, lo
que deshonró a su Redentor, todos los pecados que los indujo a cometer, y
a causa de éstos los reclama como súbditos.
Jesús no disculpa sus pecados, pero muestra su arrepentimiento y su fe y,
al reclamar el perdón para ellos, levanta sus manos heridas ante el Padre
y los santos ángeles, diciendo: Los conozco por sus nombres. Los he
grabado en las palmas de mis manos… Cristo revestirá a sus fieles con su
propia justicia, para presentarlos a su Padre como una ‘iglesia gloriosa,
no teniendo mancha, ni arruga, ni otra cosa semejante’ (Efe. 5:27, VM).
Sus nombres están inscriptos en el libro de la vida, y de estas personas
escogidas está escrito: ‘Andarán conmigo en vestiduras blancas; porque son
dignas’ (Apoc. 3:4)”.4
Esta es la razón por la que los escritores del Nuevo Testamento le dieron
un valor infinito a la sangre de Cristo.
Referencias:
1) Jack Sequira, La Dinámica del Evangelio Eterno, p. 39.
2) ------, Ibíd. p. 40.
3) Elena de White, Profetas y Reyes, p. 431.
4) ------, El Conflicto de los Siglos, pp. 131,132.
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