Los Dos Pactos de la Promesa

Por: E. J. Waggoner

 

“Esto, pues, digo: La Ley que vino 430 años después, no abroga el pacto previamente confirmado con Dios, para invalidar la promesa. Porque si la herencia dependiera de la Ley, ya no la concedió a Abrahán mediante la promesa” (Gál. 3:17-18).  

El pacto y la promesa de Dios son una y la misma cosa, como puede verse claramente en Gálatas 3:17. Donde se explica que si se hubiese abrogado el pacto, también  se  hubiera    invalido  la  promesa. En Génesis 17, leemos que Dios hizo un pacto con Abrahán por el cual éste recibiría la tierra de Canaán - y con ella la Tierra entera - como posesión eterna; pero en Gálatas 3:18 dice que Dios se la dio a manera de promesa. Los pactos de Dios con el hombre no son dados de otra manera. “¿Quien le dio al El primero para que sea recompensado? Porque todas las cosas son de El, por El y para El”. Es tan raro que un hombre  haga algo sin esperar una compensación equivalente, que algunos teólogos han dado por sentado que Dios actúa de la misma forma. Por tal razón empiezan sus disertaciones sobre el tema, con la declaración de que un pacto es un “convenio mutuo entre dos o más  personas, para hacer o retraerse de hacer ciertas cosas”. Pero Dios no hace negocios con el hombre [en éstos términos] porque sabe que éste no puede cumplir con su parte.

Después del diluvio Dios hizo un pacto con cada bestia de la Tierra y con todas las aves; pero las bestias y las aves no le prometieron nada por su parte (Gén. 9:9-16). Estos simplemente recibieron el favor de la mano de Dios. Es lo único que podemos hacer nosotros. Dios nos promete cualquier cosa que podamos necesitar, mucho más de lo que pudiéramos pensar o solicitar, como un regalo. Nosotros nos damos a El, y nosotros no somos nada. El se da a Sí mismo, y El lo es todo. El problema es que aun cuando el hombre está dispuesto a reconocer al Señor, quiere hacer negociaciones con El. Quiere que sea una negociación “mutua” - una transacción en la que pueda considerarse a la par con Dios. Pero cualquiera que desee tratar con Dios tendrá que hacerlo según sus términos, entendiendo que no somos ni tenemos nada; pero El es, tiene, y lo da todo. 

El Pacto Confirmado

El pacto, esa promesa de Dios de dar al hombre la Tierra hecha nueva, después de librarlo de la maldición, fue “confirmado delante de Dios en Cristo”. El es la garantía del nuevo pacto, y aun del pacto sempiterno. “Porque todas las promesas de Dios son sí en El. Por eso decimos “amén” en El para gloria de Dios” (2 Cor. 1:20). En El hemos obtenido la herencia (Efe. 1:11). Porque el Espíritu Santo es la “primicia” de la herencia, y la posesión del Espíritu Santo es Cristo morando en el corazón por la fe. Dios bendijo a Abrahán diciéndole: “En tu Descendiente serán benditas todas las familias de la Tierra” lo cual se cumple en Cristo, a quien Dios envió a bendecirnos haciéndonos tornar de nuestras iniquidades (Hech. 3:25,26). 

El Juramento de Dios

Fue entonces el juramento de Dios lo que confirmó el pacto hecho con Abrahán. Esa promesa y juramento hechos a Abrahán constituyen nuestra plataforma de esperanza, nuestra gran consolación; son “seguras e inmutable” por la razón de que el juramento coloca a Cristo como promesa, garantía, y El vive para siempre. El sostiene todas la cosas con su poderosa Palabra (Heb. 1:3). “Todas las cosas subsisten en El” (Col. 1:17). Por consiguiente, cuando Dios “interpuso juramento”, el cual es nuestra consolación y esperanza en la búsqueda de un refugio para librarnos del pecado, El se prometió a Sí mismo, y con Él el Universo entero, para nuestra salvación. Ciertamente tenemos un firme fundamento para nuestra esperanza en Su excelente Palabra. 

La Ley no Invalida el Pacto

No olvidemos... Que tanto el pacto como la promesa son exactamente lo mismo, en cuanto cede a Abrahán  y a su descendencia la Tierra, aún la Tierra hecha nueva, y recuérdese también, que como solamente la justicia habitará los cielos nuevos y la Tierra nueva prometida, la promesa incluye también la Justificación [por la Fe] de todos los que creen... “Un pacto, aunque sea de hombre, una vez ratificado, nadie lo anula ni le añade” (Gál. 3:15). ¡Cuanto más en el caso del pacto (promesa) de Dios!

Por lo tanto, como el pacto hecho con Abrahán, y confirmado en Cristo por el juramento de Dios asegura la justificación perfecta y eterna, es imposible que la Ley, dada 430 años después, hubiera podido introducir algún nuevo elemento. La herencia le fue dada a Abrahán en promesa, pero si después de 430 años se diera a entender que esa herencia debía obtenerse de alguna otra manera, entonces la promesa no tendría efecto, y se invalidaría el pacto. Pero eso involucraría la demolición de su gobierno y el fin de su existencia, porque el juró por Sí mismo que daría a Abrahán y a su descendencia tanto la herencia como la justificación necesaria para obtenerla. “Porque no fue por la Ley, como Abrahán y sus descendientes recibieron la promesa de que serían herederos del mundo, sino por la justicia que viene por la fe” (Rom. 4:13). El Evangelio estaba tan completo en los días de Abrahán como lo había estado siempre, y siempre lo estará. No puede hacérsele ningún añadido, o cambio en sus provisiones o condiciones, después que Dios lo juró a Abrahán. No se le puede quitar nada de lo existente, y no se le puede requerir a ningún hombre más de lo que le fue requerido a Abrahán. 

¿Qué Sucede con la Ley?

“¿Es la Ley contraria a las promesas de Dios?” [Gál. 3:21]. En ninguna manera. Más aun, si lo fuera no estaría en las manos de un Mediador, Cristo. “Porque todas las son... en El” (2 Cor. 1:20). Encontramos la Ley y la promesa combinadas en Cristo. Podemos saber que no estaba ni está en contra de la promesa de que el Señor dio ambas; la promesa y la Ley... Si embargo la Ley no es inútil, de otra manera Dios no la hubiera dado.