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Alguien ha dicho que la palabra “pecado” es, junto a la
palabra “Dios”, la más llena de significado para la raza humana y para el
universo (Heppenstall, 1977,107). En realidad todo lo que conocemos del
plan de Dios para la salvación constituye una reacción contra el pecado.
Cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios, evidentemente
“pecaron”. ¿En qué consiste el pecado? ¿Cuál es su naturaleza? ¿A qué se
deben sus consecuencias? ¿Cómo afecta el pecado nuestra relación con Dios?
Estas preguntas necesitan una sólida respuesta. La naturaleza que
atribuyamos al pecado determinará en gran medida nuestra comprensión de la
obra de Dios para erradicarlo. Históricamente las diferencias existentes
en la comprensión de la salvación se fundamentan en divergencias en la
comprensión del pecado, especialmente el de Adán, y sus efectos sobre la
raza humana (véase Gulley, 1994:196-215)
En este tiempo final, cuando el mundo es confrontado con
“el evangelio eterno” (Apoc. 14:6) Satanás se esfuerza porque comprendamos
mal el pecado. “Algunos están engañados. No se percatan de lo que está por
suceder en la tierra. Los que se han dejado confundir en lo que concierne
a la naturaleza del pecado son víctimas de un error fatal” (JT3: 414)
Esta es la razón que nuestro estudio del Santuario que es
“el centro mismo de la obra de Cristo a favor del hombre” (CS: 543), lo
hemos iniciado considerando la naturaleza de la gran rebelión de Satanás y
la naturaleza del pecado.
Antes de iniciar nuestro estudio del pecado debemos aclarar
que “es imposible explicar el origen del pecado y dar razón de su
existencia” (CS: 546). “El pecado es un intruso, y no hay razón que pueda
explicar su presencia. Es algo misterioso e inexplicable; excusarlo
equivaldría a defenderlo. Si se pudiera encontrar alguna excusa en su
favor o señalar la causa de su existencia, dejaría de ser pecado” (CS:
547).
La naturaleza del pecado
Mientras que para algunos “la naturaleza del pecado queda
claramente apuntada en los diferentes nombres con que se le designa” (Eichrodt
II, 1975: 379), para otros “la definición del pecado no es derivada
simplemente de los términos usados en las Escrituras para denotarlo” (Douglas,
1962: 1189). Con todo debemos mencionar, al menos, el significado básico
de los términos con que se nombra en las Sagradas Escrituras, ese
“misterio” (CS: 546,547; LS: 291) llamado pecado.
La palabra que con mayor frecuencia se traduce como
“pecado” en el Antiguo Testamento es hata’t cuyo significado básico
es “errar el blanco o el camino”, “perder el objetivo”, “cometer un
error”, “fallar”, “ofender”, “faltar” (BDB: 306-307). Jueces 20:16 nos
habla de setecientos hombres zurdos que “tiraban una piedra con la honda a
un cabello” y “no erraban (heb. hata’t)”, es decir, no cometían un
error, no fallaban. En un contexto religioso el término tiene el
significado de realizar una acción que no esté de acuerdo con la norma y
en la que se ofende a Dios (Gen. 20:6; 43:9; 1 Sam. 19:4; Sal. 51:4; Prov.
20:2).
Otro término interesante es ‘awon que se traduce
comúnmente como “maldad”, “pecado”, “castigo” e “iniquidad” (BDB:730. Cf.
Gen. 4:13; 15:16; 2 Sam. 22:24; Prov. 22:8; Isa. 41:29; 43:24).
Con más fuerza que hata’t, ‘awon involucra
una intención en la acción realizada (Eichrodt, 1975: 380), por eso puede
traducirse como culpa (Num. 15:31; 30:16).
La palabra pesa’ se utiliza con el sentido de “rebelión” y
“rechazo” (1 Rey. 12: 19; 2 Rey 1:1; 8:20,22; Isa. 1:2; Jer. 3:13; Os.
7:13; 8:1). También encontramos en el Antiguo Testamento la palabra
segagah que se refiere a un pecado por inadvertencia (Lev. 5:18; Sal.
129:67; Jos. 20:3). La palabra ‘asam es traducida muchas veces como
“culpa” y “pecado” (Gen. 26:10; 2 Cron. 24:18; 33:23; Sal. 68:22; Eze.
22:4; 25:12; Os. 13:1). Existen otras palabras utilizadas con el
significado de “pecado”, pero estas son las más importantes.
En el Salmo 51:1,2, David confiesa su pecado, y menciona
varias palabras para nombrarlo: “Ten
piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud
de tus piedades borra mis rebeliones (pesa’). Lávame más y más de
mi maldad (‘awon), y límpiame de mi pecado (hata’t).” De
igual manera el Profeta Isaías nos anuncia que el Mesías sería “herido por
nuestras rebeliones (pesa’) molido por nuestros pecados (‘awon)”
(Isa. 53:5).
En el Nuevo Testamento existe igualmente una
variedad de palabras que encierran el significado de pecado. La principal
de estas es hamartía cuyo uso es parecido al de hata’t en el
Antiguo Testamento. Mantiene el significado de “errar”, “fallar”, “no
alcanzar la norma” de Dios (Kittel I, 1964: 267s), una acción contraria a
Dios (Mat. 1:21; Juan 9:41; 19:11; Rom. 3:23; 5:12; 1 Juan 1:8,9)
Otras palabras relacionadas son parakoé
traducida como “desobediencia” (Rom. 5: 19; 2 Cor. 10:6; Heb. 2:2),
parabasis que significa “trasgresión” (Rom. 4: 15; Gál. 3: 19),
paraptoma con un significado semejante pero constituyendo un acto
menos deliberado (Mat. 6:14,15; Rom. 4:25; 5:15), anomía que
encierra una “acción contra la ley”, “iniquidad” (Mat. 7:23; 13:41; 23:28;
24: 12; Rom. 4:7) y adikía que es comúnmente traducida como
“injusticia” o “maldad” (Rom. 1:18, 19; 1 Juan 3:4; 5:17; 2 Ped. 2:15).
Podríamos resumir diciendo que de acuerdo al
uso de las palabras para nombrarlo, el pecado puede definirse, como una
acción, deliberada o no, contraria a la norma divina. Este es el sentido
que quiere dar el Apóstol cuando afirma que “el pecado (hamartía)
es infracción de la ley (anomía)” (1 Juan 3:4).
Sin embargo, se corre el peligro de que no
entendamos debidamente la naturaleza del pecado. Algunos textos parecen
sugerir la idea de que el pecado, más que un acto, es un estado en el que
toda la humanidad se encuentra (Sal. 51:5; Jer. 17:9; Rom. 3:23; 11:32;
Efe. 2:3). Esto indica que somos pecadores antes de, y no precisamente
por pecar. Aunque podemos elegir pecar o no, nuestra “naturaleza”
pecaminosa nos viene por el pecado de Adán. Esa naturaleza es la fuente de
nuestros pecados y la causa de los mismos. Antes de nosotros pecar, Adán
cayó en pecado, “y por causa de su caída tenemos una naturaleza pecaminosa
y no podemos hacernos justos a nosotros mismos. Puesto que somos pecadores
y malos, no podemos obedecer perfectamente una ley santa" (CC: 62).
Ampliando el concepto de pecado
Ya sabemos que “la única definición de pecado” (CS:
547) que nos provee la Biblia es que es “infracción de la ley” (1 Juan 3:
4). La Biblia dice que “Dios es amor” (1 Juan 4:8) y que el amor es “el
cumplimiento de la ley” (Rom. 13:10, Cf. Mat. 22:34-40). La palabra
traducida como “cumplimiento” es pleroma, que significa “plenitud”
(cf. Gál. 4:4; Juan 1:16). Por ejemplo cuando Colosenses 2: 9 dice que en
Cristo habita “toda la plenitud (pleroma) de la Deidad”, significa
que él es la esencia, la totalidad de Dios (cf. Efe. 1:23; 3:19;
4:13; Col. 1:19). La plenitud de la ley, su esencia, su significado, es el
amor; esta es la razón de que la Biblia relacione la obediencia con el
amor (Juan 14:15; 1 Juan 2:3-5). Si el amor es la plenitud de la ley y
“Dios es amor”, entonces la plenitud de ley es Dios. Violar la ley,
entonces, es rechazar a Dios. Pecado “es la manifestación exterior
de un principio en pugna con la gran ley de amor que es el fundamento del
gobierno divino” (CS: 547). En el sentido más estricto es no amar a
Dios. Este rechazo, este no amor, define el concepto
bíblico de pecado.
Profundizaremos más este concepto al estudiar
una de las palabras que ya hemos mencionado. La palabra hebrea pesa’
que se traduce como “rechazo”, “rebelión” se intercambia en algunas
ocasiones con el concepto de pecado. En Éxodo 34:7 se nos dice que Dios
perdona la iniquidad “la rebelión y el pecado”. En un bello paralelismo
sinónimo (repetición en la segunda línea de la idea expresada en la
primera, véase Sal. 103:1) el salmista confiesa al Señor: “Porque yo
reconozco mis rebeliones y mi pecado está siempre delante
de mí” (Sal. 51:3). En este texto el pecado y la rebelión son dos
realidades sinónimas. En otro paralelismo el profeta Isaías nos insta a
“anunciar a mi pueblo su rebelión y a la casa de Jacob su pecado”
(Isa. 58:1. Cf. Miq. 3:8) El profeta Miqueas nos presenta otro juego de
paralelos; pregunta: “¿daré a mi primogénito por mi rebelión, el
fruto de mis entrañas por el pecado de mi alma?”. (Miq. 6:7).
En estos textos se muestra claramente que el
pecado es pesa’, rebelión contra Dios. Analicemos entonces lo que
implica la palabra pesa’. Un destacado estudioso de las palabras
hebreas ha observado que “ciertamente pesa’ es el más activo” de
“todos los términos empleados para pecado y pecar” en el Antiguo
Testamento (Kittel, 1964: 273). Eichrodt (1975: 380) concuerda al afirmar
que “la raíz ps’, utilizada como verbo y como nombre pesa’
para caracterizar el pecado en cuanto ‘rechazo’ y ‘rebelión’, tiene la
mayoría de las veces un sentido activo.” Este sentido activo indica que el
pecado, pesa’, es un acto deliberado de rechazo y rebelión.
Cuando leemos la historia de la crucifixión nos
horrorizamos con los sufrimientos de Cristo. En realidad, pocos tienen
una idea de lo que realmente ocurrió en el Calvario. El profeta Isaías nos
dice que el Mesías sería un “varón de dolores”, “azotado”, “herido”, “angustiado”,
“afligido”, “desechado”, “molido”, “abatido” “castigado”, “llagado”,
“quebrantado” y “menospreciado” (Isa. 53: 3-76). Cristo realmente “sufrió”
la cruz.
“Satanás, con ángeles suyos en forma humana, estaba
presente al lado de la cruz” (DTG: 696). Las incontables torturas que
sufrió nuestro Salvador le fueron infligidas directamente por Satanás. Él
dirigió, en persona, la más grande tragedia de la historia del universo.
La Biblia nos habla de una batalla en el cielo (Apoc. 12:7), esto implica
intenciones de dar muerte. Cuando los fariseos quisieron matar a Cristo,
él los descubrió y le dijo que ellos eran de “vuestro padre, el Diablo,
porque los deseos de vuestro padre queréis cumplir” (Juan 8:44). En otras
palabras, era Satanás quien quería matarlo. Luego dice en forma
categórica que Satanás “es homicida desde el principio” (Juan 8:44).
Evidentemente este principio se refiere al inicio de la controversia en el
cielo. Aunque Satanás no mató a nadie en el cielo las palabras de Jesús al
menos implican que el deseo de Satanás matarlo viene desde el cielo.
El pecado de Satanás en el cielo, consistió en
su deseo de matar al Hijo de Dios. Esto es pesa’, esto es rebelión.
No siéndole posible matar a Cristo en el cielo, lo intentó hacer varias
veces cuando Cristo se encarnó (Mat. 2:12-16; Luc. 4:28, 29; Juan 10:31;
Cf. Apoc. 12:1-4). La cruz le dio a Satanás la oportunidad de demostrar
cuánto odiaba a Dios y a Cristo. En la cruz se descargó sobre Cristo todo
el peso de la rebelión y el odio de Satanás.
“El cielo mismo ha sentido los efectos de su rebelión
contra Dios. El Calvario se yergue como un monumento del asombroso
sacrificio requerido como propiciación por la trasgresión de la ley
divina. No estimemos el pecado como una cosa trivial. Las manos,
los pies y el costado del Hijo del Dios infinito, ¿no constituyen un
testimonio eterno ante el universo de la malignidad y maldición del
pecado?” (RH: 27-3–1888; cf. CC: 31,32).
En realidad Cristo “fue herido por nuestras rebeliones”
(Isa. 53:5). Nuestro pecado no es más que un eco del odio de Satanás hacia
Cristo. “No siéndole posible continuar con su rebelión en el cielo,
Satanás halló un nuevo campo de acción para su enemistad contra
Dios, al tramar la ruina de la raza humana.” (PP: 34) Con esto lograría
involucrar a los hombres en su enemistad contra Dios, “trataría de cambiar
su amor en desconfianza, y sus cantos de alabanzas en oprobio para
su Creador (PP: 34). Cuando Adán pecó, Satanás consiguió que los hombres
“se uniesen con él en su rebelión contra Dios, y la noche de
desgracia se asentó sobre el mundo.” (DTG: 13). La existencia de una
enemistad entre Dios y los hombres se nota ya en el Edén cuando el hombre
y la mujer se esconden de Dios como si este les fuera hacer daño (Ge.
3:8). Desde este momento los hombres se constituyeron en “los pecadores”
(1 Tim. 1:15), es decir “la hueste de la rebelión” (Signs of the
Times, 24-4-1890).
Por el hecho de que el pecado es rebelión contra Dios, la
Biblia describe a los pecadores como “aborrecedores de Dios” (Rom. 1:30).
La palabra traducida como “aborrecer (theostugueis)” sugiere un
“odio intenso” hacia Dios. El Apóstol agrega que “los designios de la
carne son enemistad contra Dios” (Rom. 8:7). “Por naturaleza
estamos enemistados con Dios” (CC: 42).
Alguien ha dicho que “el pecado es el puño
apretado de un ser creado puesto frente a la cara de su Creador; el pecado
es la criatura desconfiando de su Dios, destituyéndolo como Señor de su
vida” (Douglass, 1987: 53). “Es como el hijo que golpea la cara de su
padre con enojo...es la atrevida imposición de la voluntad del hijo por
encima de la del padre” (Brunner, 1952: 92)
Cuando las diez tribus de Israel se separaron de Judá y
abandonaron al rey Roboam este envió un mensajero para apaciguar la
situación, “pero lo apedreó todo Israel, y murió. Entonces el rey Roboam
se apresuró a subirse en un carro y huir a Jerusalén” (1 Rey. 12:18). El
relato bíblico señala que así “se apartó Israel de la casa de David
hasta hoy” (1 Rey. 12:19). La palabra traducida en el texto como “se
apartó” es una traducción de la palabra pesa’, por lo que el texto
debió decir “así se reveló Israel contra la casa de David”. En este
incidente encontramos la naturaleza del pecado, de la rebeldía. El pueblo
actúa violentamente, mata a un enviado del rey, como señal de que lo
rechazan y no lo quieren como su rey. El pecado es rechazar a Dios, es
matar a su enviado, es actuar como los labradores malvados y decir
“matemos a su hijo” (Luc. 20:13,14); es decirle al Universo en cuanto a
Dios, “no queremos que este reine sobre nosotros” (Luc. 19:14).
El pueblo de Edóm era gobernado por el reino de
Judá. En 2 Reyes 8:20 se nos habla de un tiempo cuando “se rebeló (heb.
pesa’) Edóm contra el dominio de Judá, y pusieron rey sobre ellos”.
En esto consiste el pecado, en revelarnos contra Dios y poner a otro como
rey en nuestras vidas. Es, por así decirlo, dar una herida mortal a Cristo
mientras pronunciamos un “te amo” a Satanás. “No consideremos el pecado
como cosa trivial” (CC: 32).
Otro aspecto de la caída y rebelión del hombre
Hemos estudiado que el “cumplimiento de la ley
es el amor” (Rom. 13:10). El que no ama no puede cumplir la ley (Juan
16:15) pues la obediencia que Dios pide de sus criaturas no es la de un
esclavo, obligatoria. Dios quiere que le obedezcamos libremente. Los
mandamientos de Dios son “la ley de libertad” (Sant. 2:12).
Esto implica que no obedecemos a Dios porque no
le amamos. Es decir, pecamos, por que le odiamos. El Apóstol explica esto
en el siguiente verso: “los designios de la carne son enemistad contra
Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios ni tampoco pueden” (Rom. 8:7).
No obedecemos a Dios porque somos sus enemigos. Obedecer a Dios es
agradarlo y es difícil querer agradar a un enemigo, por eso es que “los
que viven según la carne (los enemigos) no pueden agradar a Dios” (Rom.
8:8).
El texto de Rom. 8:7 nos muestra dos
dimensiones del pecado. Se nos dice que no “queremos” (es la voluntad, los
designios de la carne) ni “podemos” obedecer. Cometemos actos de pecado
porque no queremos, pero el pecado va más allá de un acto de pecado, tiene
que ver con una naturaleza impotente para obedecer; el pecador, no solo no
quiere sino que “tampoco puede” obedecer.
La solución definitiva al problema del pecado,
por lo tanto, va más allá de una educación de la voluntad para querer
obedecer. Involucra un cambio en la naturaleza misma del hombre que lo
habilite efectivamente para poder obedecer. Va más allá de un
perdón de los actos de pecado, es el recibimiento en el corazón del poder
transformador del evangelio (Rom. 1:16).
La solución al problema del pecado más que la
mera obediencia, es ser objetos del amor de Dios y responder amándolo. El
santuario es el lugar donde se resuelve el problema del pecado porque es
el lugar donde Dios se encuentra con el hombre (Ex. 25:8) le muestra su
amor y el hombre se amista con él.
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