El Pacto Eterno
   
  Por: Dr Luís Bueno
   
 
Sucedió hace unos 38 años. El pastor Cruz (un pastor de Centro-América que se encontraba en España estudiando medicina), dirigió a la clase de Escuela Sabática esta pregunta:
¿Estamos bajo el pacto Abrahámico, bajo el pacto Sinaítico, o estamos bajo los dos pactos?
La pregunta me tomó totalmente de improviso. Recuerdo el episodio como una de esas situaciones en las que uno se siente humillado ante uno mismo por darse cuenta de que no tiene las ideas bien definidas: no ya acerca de temas secundarios, sino acerca de lo principal - porque hablar del pacto es hablar del plan de la salvación: del evangelio. Tenía la esperanza de que fuera una pregunta retórica de aquellas que uno no necesita responder, y esperaba que el propio pastor diera la solución. Pero en lugar de eso el pastor Cruz permaneció en silencio mirándonos fijamente, y nos volvió a preguntar qué pensábamos francamente al respecto. Viendo que no había unanimidad en las pocas respuestas que hubo, pidió que levantáramos la mano los partidarios de cada una de las opciones. Hubo manos en las tres propuestas, pero ninguna se levantó con decisión. Nunca he olvidado aquel episodio, y cuanto más he estudiado el tema, más y más interesante lo he encontrado en términos prácticos de la vida cristiana. Se trata del pacto eterno, o evangelio eterno, que impregna cada texto de la Biblia, desde el Génesis al Apocalipsis.
Por pacto Abrahámico, el pastor Cruz entendía las promesas hechas a Abraham, y por pacto Sinaítico lo relacionado con la entrega de la ley en tablas de piedra, en Sinaí.
 
  • Abraham creyó las promesas de Dios: es la justicia por la fe.
  • En Sinaí tuvo lugar la proclamación de la ley, y el pueblo prometió obediencia.
 
Parecería que lo razonable fuera responder que estamos bajo los dos pactos...
 
I. Dos pactos
La Biblia es categórica: sólo uno de los pactos trae salvación. El otro es digno de rechazo:
 
a) En Gálatas 4 leemos que Abraham tuvo dos mujeres: Sara (la libre) y Agar (la esclava), y que "estas mujeres son los dos pactos; el uno ciertamente del monte Sinaí, el cual engendró para servidumbre, que es Agar" (v. 24).
 
¿Pudo Abraham ayudar al cumplimiento de la promesa divina (Sara, nuevo pacto) mediante Ismael, el hijo de la carne que tuvo con Agar (viejo pacto)?
 
“¿Qué dice la Escritura? Echa fuera a la sierva y a su hijo; porque no será heredero el hijo de la sierva con el hijo de la libre. De manera hermanos, que no somos hijos de la sierva, mas de la libre" (Gál. 4:30,31).
 
Ese razonamiento lo dirigió el apóstol Pablo a una iglesia que estaba pretendiendo añadir las "obras de la ley" al "oír de la fe" (3:1-7). Estaba pretendiendo añadir Agar (Sinaí) a Sara. Pablo les hizo ver que eso es imposible.
 
b) Se presenta el viejo pacto (Sinaí) como siendo defectuoso: "[Cristo] es mediador de un mejor pacto, el cual ha sido formado sobre mejores promesas. Porque si aquel primero [Sinaí, viejo pacto] fuera sin falta, cierto no se hubiera procurado lugar de segundo [nuevo pacto]" (Heb. 8:7).
 
c) En 2 Cor. 3 leemos sobre "un nuevo pacto" del que Dios nos "hizo ministros" (v. 6), y se refiere al otro, que ha de ser el viejo, el del Sinaí, como siendo "el ministerio de muerte en letra grabado en piedras" (v. 7). En el versículo 9 lo llama "ministerio de condenación".
 
d) Y hablando de los judíos en tiempo de Moisés, leemos en el versículo 14 que: "los sentidos de ellos se embotaron; porque hasta el día de hoy les queda el mismo velo no descubierto en la lección del antiguo testamento (o viejo pacto), el cual por Cristo es quitado".
 
"Nuevo pacto, dio por viejo al primero; y lo que es dado por viejo y se envejece, cerca está de desvanecerse" (Heb. 8:13).
 
¿Os interesa "el ministerio de muerte", "el ministerio de condenación", algo que "por Cristo es quitado"? ¿Pondréis vuestra esperanza en algo que tiene "falta", que está cercano a "desvanecerse"? ¿Podemos sumar eso al pacto eterno, al pacto de la gracia, sin corromperlo?
Hasta ahora aún no hemos analizado en qué consiste el nuevo y el viejo pactos. Pero ya sabemos una cosa: que uno de los dos - el viejo - es perfectamente inútil a efectos de traer salvación. Sólo puede traer esclavitud, y no podemos sumarlo al pacto que trae salvación.
 
II. Dispensacionalismo
Debido a que "el antiguo pacto... por Cristo es quitado", el mundo protestante, que en su mayoría identifica erróneamente el viejo pacto con la ley, ha producido la teoría del dispensacionalismo. En resumen, consiste en diferenciar la salvación según la época histórica: (1) Hasta Cristo, el Antiguo Testamento o dispensación de la ley –dicen-, en la que las personas se salvarían por las obras, obedeciendo; y (2) a partir de Cristo, el Nuevo Testamento o nuevo pacto, la dispensación de la gracia, de la fe, en la que quedaría abolida la ley, y las personas vienen a salvarse creyendo. Según esa teoría, quien pretenda que la ley sigue vigente -especialmente el sábado-, queda automáticamente estigmatizado como legalista y enemigo de Cristo. ‘Cayó de la gracia’...
 
Pero la Biblia nos enseña otra cosa bien diferente: Desde una época al menos tan antigua como la de Abraham (Sara y Agar), coexistían ya los dos pactos, tal como hemos visto en Gálatas.
1) La Biblia no hace ninguna distinción cronológica al respecto de la salvación: "Mas por cuanto por la ley ninguno se justifica para con Dios, queda manifiesto: Que el justo por la fe vivirá" (Gál. 3:11).
Pablo está citando Habacuc 2:4 (Antiguo Testamento). Lo volverá a citar en Romanos (1:17) y en Hebreos (10:38), al hablar de la justicia por la fe y el nuevo pacto.
2) El capítulo 11 de Hebreos da testimonio de la fe que tuvieron los creyentes que vivieron en el Antiguo Testamento. "Por la fe Abel... Enoc... Noé... Abraham... Isaac... Jacob... José... Moisés... Rahab..., etc". A Pablo le faltaría el tiempo hablando de la fe de "Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jephté, de David, de Samuel, y de los profetas". Todos estos, "por fe ganaron reinos, obraron justicia, alcanzaron promesas..."
"Es pues la fe la sustancia de las cosas que se esperan... por ella alcanzaron testimonio los antiguos" (Heb. 11:1,2).
 
c) Si fuera cierta la suposición de que en el Antiguo Testamento las personas podían salvarse mediante su obediencia a la ley, ¿qué necesidad había de hacer un cambio posteriormente? ¿Qué necesidad había de Cristo y de otro pacto?
 
"Si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley" (Gál. 3:21).
 
"Si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo" (Gál. 2:21)
 
d) Al contrario de lo que pretende el pensar dispensacionalista, el nuevo pacto no invalida la ley. Aquello que en el Sinaí grabó Dios con su propio dedo en tablas de piedra, en el nuevo pacto lo escribe él mismo en nuestro corazón:
 
"Sois letra de Cristo... escrita con el Espíritu del Dios vivo... no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón" (2 Cor. 3:3).
 
"Este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Daré mis leyes en sus corazones, y en sus almas las escribiré" (Heb. 10:16).
 
¿Os suena eso a que le ley haya sido abolida? El dispensacionalismo llega a conclusiones erróneas debido a que se basa en premisas falsas: (1) que la salvación es diferente en las diversas épocas, y (2) la de que el viejo pacto es la ley. No es así. El viejo pacto no es la ley dada en Sinaí, sino la defectuosa respuesta del pueblo de Dios en el Sinaí y en cualquier otro momento -pasado, presente o futuro- desde la entrada del pecado en Edén hasta el final del tiempo de gracia.
 
III. El pacto eterno
¿Puede Dios tener dos planes de salvación, según la época histórica en la que las personas vivan, salvando mediante la obediencia a la ley a unos, y mediante la fe en Cristo a otros? Dios nunca se equivocó. Sólo hay un evangelio, sólo uno es su "pacto eterno", sólo una su gracia y sólo Uno el Salvador: "En ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hech. 4:12)
Dios no nos habla en la Biblia de "mis pactos", sino de "mi pacto". Es su pacto eterno, el pacto de la gracia. Anunciado a nuestros primeros padres tras ser expulsados del Edén; prometido a Noé, a Abraham, a Jacob, a Moisés, a David, a Jeremías... y a nosotros.
 
a) Eterno: No es un trato o convenio acordado entre Dios y Abraham, o con ningún otro ser humano, sino que fue un compromiso acordado entre Dios Padre y Dios Hijo en los días de la eternidad, desde antes de la fundación del mundo. Es aquel "consejo de paz" entre el Padre y el Hijo del que nos habla Zacarías:
 
"El pacto de misericordia fue hecho antes de la fundación del mundo. Ha existido desde toda la eternidad, y es llamado el pacto eterno" (E. White, CBA VII, 946).
 
"El pacto de la gracia -favor inmerecido- existía en la mente de Dios desde los siglos eternos. Se lo llama el pacto eterno..." (E. White, A fin de conocerle, 369).
 
"He aquí el varón [el Hijo]... Él edificará el templo de Jehová [el Padre]... y consejo de paz será entre ambos a dos" (Zac. 6:12 y 13).
 
b) Ese compromiso mutuo contraído entre el Padre y el Hijo, cuando Dios lo presenta al hombre caído, tiene siempre el formato de una promesa.
 
"Esto pues digo: Que el contrato [pacto] confirmado de Dios para con Cristo, la ley que fue hecha cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa" (Gál. 3:17).
 
Observad que se emplean "pacto" y "promesa" de forma equivalente. En todos los lugares en que se lo encuentra en la Biblia, el pacto eterno tiene el formato de una promesa o declaración unilateral de parte de Dios. Se le comunica al hombre, pero la promesa en sí es tan anterior a la existencia del hombre como lo es la propia eternidad de Dios:
 
"Dios, que no puede mentir, prometió antes de los tiempos de los siglos" (Tito 1:2).
 
Aunque le es anunciado – prometido - al ser humano, no se trata de un negocio o contrato hecho con ningún ser humano: éste no aporta nada, pues nada tiene. No sólo por haber caído en el pecado, sino por ser una criatura, el hombre depende totalmente de su Creador: nunca está en un plano de igualdad con él. No hay una "parte humana" en el pacto eterno, pues el hombre no tiene eternidad alguna. No hay una "parte humana" en el pacto de la gracia, pues la gracia es exclusivamente de origen divino: el hombre es sólo el receptor, el destinatario de las promesas del pacto.
 
c) Pacto y testamento: La Biblia no contiene synthéke (convenio o acuerdo), sino diathéke (testamento). En un testamento, el receptor no pacta con el dador, sino que hereda de él, recibe, una vez que ha tenido lugar la muerte del testador.
Esta es la aclaración lingüística que hace F. Lacueva en su Nuevo Testamento Interlineal Griego-Español, en relación con Mat. 26:28: "Esta es mi sangre del nuevo pacto (diathéke), la cual es derramada por muchos para remisión de los pecados":
 
"El griego diathéke no implica un convenio con otro (sería synthéke)... Sólo Dios es el pactante, sólo el hombre es el beneficiario, y el pacto se formaliza mediante la sangre de la víctima".
 
"Así que, por eso [Cristo] es mediador del nuevo testamento [pacto], para que interviniendo muerte para la remisión de las rebeliones que había bajo del primer testamento [pacto], los que son llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Porque donde hay testamento, necesario es que intervenga muerte del testador" (Heb. 9:15 y 16).
 
Si somos de Cristo, somos herederos en ese testamento juntamente con el creyente Abraham (Gál. 3:29).
 
d) La primera vez que el hombre sabe acerca de ese pacto eterno, en la promesa de la enemistad que Dios pondría entre la serpiente y la mujer, no es oyendo palabras dirigidas por Dios a Adán y Eva, sino a la serpiente, lo que hace imposible que se trate de un acuerdo mutuo entre Dios y el hombre.
 
"El pacto de la gracia se estableció primeramente con el hombre en el Edén, cuando después de la caída se dio la promesa divina de que la simiente de la mujer heriría a la serpiente en la cabeza" (E. White PP, 386).
 
"Enemistad pondré entre ti [Satanás] y la mujer... ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gén. 3:15).
 
e) El pacto eterno incluye a los animales y a la tierra. Así le fue comunicado a Noé:
 
"Yo, he aquí que yo establezco mi pacto con vosotros, y con vuestra simiente después de vosotros; y con toda alma viviente que está con vosotros, de aves, de animales, y de toda bestia... todo animal de la tierra... Mi arco pondré en las nubes, el cual será por señal de convenio entre mí y la tierra" (Gén. 9:9-16).
 
¿Qué prometieron a cambio los animales y la tierra?, ¿o a qué se comprometieron? ¿Cuál es "nuestra parte" en el arco iris de la promesa? Recordad que el trono de Dios sigue estando rodeado del arco iris de la promesa, en señal de la inmutabilidad de su pacto (Apoc. 4:3).
 
f) La respuesta adecuada del ser humano a una promesa es creerla. Cuando intentamos sumarle "las obras de la ley", la promesa queda anulada:
"Porque si la herencia es por la ley, ya no es por la promesa: empero Dios por la promesa hizo la donación a Abraham" (Gál. 3:18).
 
"Si los que son de la ley son los herederos, vana es la fe, y anulada es la promesa" (Rom. 4:14).
 
O bien es por la ley, o bien por la promesa: es imposible añadir la una a la otra, como pretendían los Gálatas. O es todo de Cristo, o nada de él. Cuando hablamos de las promesas de Dios, estamos hablando de Cristo, del Verbo:
 
"Todas las promesas de Dios son en él [Cristo] Sí, y en él Amén" (2 Cor. 1:20).
 
"No hay mejor manera de agradar al Salvador que teniendo fe en sus promesas" (E. White, Dios nos cuida, 309).
 
IV. Nuevo pacto: pacto eterno renovado
Las promesas hechas a Abraham, a propósito de una descendencia incontable y de la posesión de la tierra, incluían:
 
a) La vida eterna necesaria para disfrutar dicha herencia inmortal. No se trataba simplemente de la posesión temporal de la tierra de Canaán, sino de la patria celestial:
 
"Fue dada la promesa a Abraham... que sería heredero del mundo" (Rom. 4:13).
 
"[Abraham] esperaba ciudad con fundamentos, el artífice y hacedor de la cual es Dios... Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido las promesas... confesando que eran peregrinos y advenedizos sobre la tierra" (Heb. 11:10-13).
 
b) Las promesas a Abraham incluían igualmente la justicia necesaria para poseer la herencia prometida:
 
"Esperamos cielos nuevos y tierra nueva, según sus promesas, en los cuales mora la justicia" (2 Ped. 3:13)
 
Incluían el perdón en Cristo, y el poder para resistir al pecado:
 
"Éste es el pacto que haré... daré mi ley en sus entrañas y escribiréla en sus corazones... perdonaré la maldad de ellos" (Jer. 31:33 y 34; comparar con v. 36).
 
"En tu simiente serán benditas todas las gentes de la tierra" (Gén. 22:18).
"No dice: Y a las simientes, como de muchos; sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo" (Gál. 3:16).
 
Al pacto eterno se lo llama "nuevo" en el sentido de renovado, en contraste con lo obsoleto del viejo pacto. El pacto que el Señor llama "nuevo", es el pacto eterno renovado: la única manera en la que él salva y ha salvado siempre en Cristo.
 
V. Viejo pacto
Sabemos que no hay más que un Salvador, un evangelio, una gracia, un plan de salvación. Si el pacto que Dios nos da, el que él describe como "mi pacto", su pacto eterno – o pacto de la gracia - es un solo pacto, ¿por qué en la Biblia encontramos dos pactos: el viejo, y el nuevo? ¿Qué es ese viejo pacto? ¿Por qué está en la Biblia? ¿Qué es eso que Pablo describe como ministerio de muerte, de condenación, que lleva a servidumbre, eso que es defectuoso y caduco? ¿Puede haber algo más importante que saber distinguir claramente entre lo que lleva a la esclavitud y lo que lleva a la salvación?
Así pues, en la Biblia se nos habla de dos pactos, pero el plan de la salvación y el evangelio es sólo uno, y Dios lo llama "mi pacto". Del otro pacto, del viejo, Pablo dice que está caduco, que tiene defecto, que produce esclavitud, que es un ministerio de muerte y de condenación. Claramente, hemos de rechazarlo. ¿Cuál es la explicación?
Es esta: Dios hizo un pacto, el que él llama "mi pacto". El otro pacto (el viejo), no lo estableció Dios, sino el hombre, en su vano esfuerzo por salvarse obedeciendo una ley que ya había transgredido. El pacto eterno -o nuevo- es la salvación por la gracia; el viejo, la quimera de la salvación por las obras, que no trae salvación sino esclavitud. Veamos cuál era el propósito de Dios al convocar a Israel al pie del Sinaí:
 
"Vosotros visteis lo que hice a los Egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra" (Éxo. 19:4 y 5).
 
Primeramente, Dios se presenta como su Libertador, como su Salvador. ¿Qué les pide?
 
a) "Si diereis oído a mi voz": les pide que lo reconozcan como a su Libertador y Salvador (esclavitud de Egipto = esclavitud del pecado). Parece una banalidad, pero no lo es: al ser humano le suceden muchas desgracias por "hacer" sin "escuchar" antes.
 
b) "...y guardareis mi pacto".
 
1)     "Guardar" no significa lo que solemos entender por "obedecer":
 
"Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase" (Gén. 2:15).
 
No podéis "obedecer" a un huerto; pero podéis apreciarlo y cuidarlo, podéis prestarle atención.
2) ¿A qué pacto puede referirse? Observad que aún no les ha dado las tablas de la ley. Dice "mi pacto". Ha de ser al único pacto que existía: al pacto eterno, al pacto de la gracia. Aparece en toda la Biblia como una gran promesa de parte de Dios. En los días de Moisés, al poco de salir de Egipto, el Señor ya había intentado llevar al pueblo de Israel a la experiencia del pacto de la gracia:
 
"Establecí mi pacto con ellos, de darles la tierra de Canaán... Heme acordado de mi pacto. Por tanto dirás a los hijos de Israel: Yo Jehová; y yo os sacaré... y os redimiré... os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios... yo os meteré en la tierra... yo os la daré por heredad. Yo Jehová... De esta manera habló Moisés a los hijos de Israel: mas ellos no escuchaban a Moisés..." (Éxo. 6:4-9).
 
Ya lo había procurado cuando salieron de Egipto, pero "ellos no escuchaban".
 
 Dios quería ahora, en el Sinaí, renovarles su pacto eterno. Quería llevarlos a la experiencia de Abraham:
 
"Mira ahora a los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu simiente... Y díjole: Yo soy Jehová, que te saqué de Ur de los Caldeos..." (Gén. 15:5-7).
 
"En aquel día hizo Jehová un pacto con Abraham diciendo: "A tu simiente daré esta tierra..." (v. 18).
 
La expresión: "hizo Jehová un pacto con Abraham" tiene el sentido de dar a conocer a Abraham el pacto eterno, el compromiso o acuerdo hecho desde la eternidad entre el Padre y el Hijo, según el cual, si el hombre pecaba, Dios se daría - en Cristo - para redimir al hombre mediante su sacrificio eterno. Le restituiría así la heredad perdida, la tierra, junto a la vida eterna para disfrutarla, y la justicia para poseerla.
¿Cuál fue la respuesta de Abraham?
 
"Creyó a Jehová..." (Gén. 15:6)
 
¿Era esa la respuesta que Dios esperaba de él? ¿Cómo acogió Dios la reacción de Abraham?:
 
"...Le fue contado por justicia" (Ibíd.).
 
No hay cosa mejor que os pueda suceder. La de Abraham fue exactamente la respuesta adecuada, tras serle comunicado el pacto eterno que trae salvación. Dios da, Dios promete, y el hombre cree y recibe: dice "Amén". Pablo citará ese texto ("y creyó a Jehová y le fue contado por justicia") como paradigma y resumen de la respuesta apropiada al evangelio o pacto eterno, en Romanos (4:3 y 9:22) y de nuevo en Gálatas (3:6). Hasta el propio Santiago lo citará (2:23). Volvamos al Sinaí:
 
"Vosotros visteis lo que hice a los Egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra" (Éxo. 19:4,5).
 
En el Sinaí, Dios quería renovarles el pacto de la gracia, tal como había hecho con Adán y Eva, con Noé, con Moisés, con Abraham, etc.
 
El Salmo 81 nos informa de cuál era el propósito de Dios al darles la ley (compara con Éxodo 20):
 
"Israel, si me oyeres, no habrá en ti dios ajeno, ni te encorvarás a dios extraño. Yo soy Jehová tu Dios, que te hice subir de la tierra de Egipto" (ver. 8-10).
 
Es como decir: ‘Israel, yo soy vuestro Redentor. No tenéis fortaleza ni bondad alguna por vosotros mismos; pero si me dais oído, si os confiáis a mí, si me recibís como a vuestro Señor y Salvador, yo pondré mis leyes en vuestros corazones. Yo os limpiaré, y os daré mi obediencia’.
En el Sinaí, Dios les dio diez grandes promesas "en la mano de un mediador" (Gál. 3:19). ¿Quién era el mediador?
 
"Hay un solo Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre" (1 Tim. 2:5).
 
En Cristo, aquellas "diez palabras" no eran diez órdenes, sino diez maravillosas promesas. Pero en su mentalidad del viejo pacto, los israelitas entendieron que no eran promesas, sino órdenes. Se sentían seguros de poder obedecerlas, y asumieron que esa era su parte en el "convenio".
¿Por qué podemos estar seguros de que la obediencia no es la condición previa para recibir las bendiciones del pacto? Es sencillo: porque si podemos obedecer antes de recibir esas bendiciones (tal como creían los israelitas), ya no hace falta el pacto, las promesas, ni Cristo: ¡entonces podríamos ser salvos por la ley! Esa obediencia no es la condición previa, sino precisamente aquello que nos promete el pacto.
Solemos identificar la expresión "Obedece y vivirás" con el viejo pacto. En realidad, "obedece y vivirás" es una ley o principio universal e inmutable. Es cierto por siempre para todo ser moralmente libre, al margen de la época en que viva. Es como decir: "la paga del pecado es la muerte", pero expresado en positivo. La vida sólo proviene de Dios, y la ley es la expresión del carácter de Dios. No hay vida posible en la desobediencia – al margen de Dios -.
La ley es justicia, pero no hay justicia ninguna en el pecador, y la ley no puede producir justicia en nosotros. Sólo puede condenarnos, y la misma ley que nos condena, no puede a la vez justificarnos. La ley, sin Cristo, significa muerte para el pecador. Era la lección del terremoto y los rayos en el Sinaí. La muerte habría sido el único resultado, si alguien se hubiera acercado al Sinaí, de no ser a través del Mediador, representado en aquella ocasión por Moisés.
Dios nos da el pacto de su gracia, porque somos incapaces de esa obediencia que demanda la ley.
Ahora bien, no podemos ser salvos en la desobediencia; por lo tanto, en el nuevo pacto - o pacto eterno -, aceptamos y confiamos plenamente en la perfecta y completa obediencia de Cristo en nuestro favor, y nos sometemos a ella. No es una doctrina separada de Cristo, sino que es la verdad en Cristo. No nos adherimos meramente a una doctrina, sino a Cristo. Aceptamos el perdón en su "sangre del nuevo pacto", y Dios escribe su ley en nuestro corazón: eso significa que nos hace obedientes a su ley. No nos salva en el pecado, sino del pecado.
 
"Las bendiciones del nuevo pacto están basadas únicamente en la misericordia para perdonar iniquidades y pecados... En el nuevo y mejor pacto Cristo ha cumplido la ley por los transgresores de la ley, si lo reciben por fe como Salvador personal... En el mejor pacto somos limpiados del pecado por la sangre de Cristo" (E. White, CBA, vol. VII, 943).
 
"Lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado... condenó al pecado en la carne. Para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros" (Rom. 8:3,4).
 
No se trata de ningún truco, o trata legal. ¿Qué es lo que recibimos, al recibir a Cristo?
 
"El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu Ley está en medio de mi corazón" (Sal. 40:8).
 
Puesto que el nuevo pacto promete escribir la ley en nuestros corazones –promete hacernos obedientes en Cristo-, es imposible que dicha obediencia sea la condición previa para recibir las bendiciones o promesas del pacto. ¿Sabéis cuáles son las condiciones del pacto?
 
"La expiación de Cristo selló para siempre el pacto eterno de la gracia. Fue el cumplimiento de todas las condiciones por las cuales Dios había suspendido la libre comunicación de la gracia con la familia humana" (E. White, 7CBA:  945).
 
"La muerte y la resurrección de Cristo completaron su pacto" (E. White, 7CBA: 944).
 
Volvamos al Sinaí. ¿Cuál fue la respuesta de Israel?
 
"Todo lo que Jehová ha dicho, haremos" (Éxo. 19:8); "...ejecutaremos todas las palabras que Jehová ha dicho" (24:3); "Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos" (24:7).
 
En principio no suena mal... pero ¿fue esa la respuesta de Abraham? ¿Fue respondiendo así, como "le fue contado por justicia"?
Hemos visto que el pacto de la gracia, el que Dios llama "mi pacto", consiste en promesas de parte de Dios. Pero ¿quién estaba prometiendo ahora? ¡El pueblo! Ese no era ya "mi pacto" (el pacto de Dios), sino "su pacto" (de ellos). Por eso se lamentaría el Señor: "no permanecieron en mi pacto" (Heb. 8:9).
Dios quería que apreciaran el don de la obediencia perfecta, de la muerte expiatoria de Cristo en lugar del pecador culpable, representada en el sistema sacrificial que dio al pueblo junto al Decálogo, puesto que sin Cristo jamás podrían obedecer ni vivir. Pero ellos entendieron que tenían la suficiencia para obedecer la ley, y en lugar de aceptar las promesas de Dios en Cristo (pacto eterno, nuevo pacto), prometieron ellos mismos obedecer a fin de vivir, configurando así el viejo pacto, en el que Cristo está ausente.
Esa es la razón por la que sólo uno es el pacto eterno, el de Dios, el que provee salvación; y sin embargo la Biblia nos habla de dos pactos. El "viejo pacto" no es más que una forma defectuosa y errónea de comprender el pacto eterno, por parte del hombre que desconoce cuál es la magnitud de su incapacidad, y cuán elevada la norma divina de justicia.
 
"Los israelitas no percibían la pecaminosidad de su propio corazón, y no comprendían que sin Cristo les era imposible guardar la ley de Dios; y con excesiva premura concertaron su pacto con Dios. Creyéndose capaces de ser justos por sí mismos, declararon: ‘Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos’ (Éxo. 24:7)" (E. White, PP: 388).
 
El pueblo de Israel había entrado, mediante su vana promesa, en la dinámica del "viejo pacto". No es que Israel quisiera dar la espalda a Dios. La disposición de Israel era positiva, y en ese sentido permanece como un ejemplo para nosotros. No era para nada un caso de indiferencia o perversidad en las intenciones: era un caso de ignorancia. Como afirmó Pablo:
 
"Mi oración a Dios sobre Israel, es para salud. Porque yo les doy testimonio que tienen celo de Dios, más no conforme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios" (Rom. 10:1-3).
 
Dios no desechó a Israel. Condescendió, y en cierto modo aceptó entrar en ese pacto iniciado por ellos, porque la única forma de aprender, para muchos de nosotros, es equivocándonos.
 
"Antes que viniese la fe, estábamos guardados bajo la ley... de manera que la ley nuestro ayo fue para llevarnos a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe" (Gál. 3:23,24).
 
Pocas semanas después de su promesa, el pueblo de Israel estaba adorando al becerro de oro al pie del Sinaí. Cuando existe un pacto entendido como un acuerdo entre dos partes, en el momento en que uno de los dos incumple su parte, el pacto queda anulado. Ese viejo pacto quedó entonces anulado, quebrantado, sin efecto. Pero sirve por siempre para que aprendamos que "por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de él; porque por la ley es el conocimiento del pecado" (Rom. 3:20).
Nos acercamos a un cambio de año. Son fechas en las que muchos parecen sentirse obligados a hacer promesas. Recordad que la Biblia está llena de amonestaciones a que creamos en las promesas que Dios nos hace en Cristo; sin embargo, no encontraréis ningún lugar en que se nos anime a hacerle promesas a él. Esto es lo más parecido que he encontrado:
 
"Cuando te abstuvieres de prometer, no habrá en ti pecado" (Deut. 23:22).
 
Recordad cuál es el resultado de las promesas –humanas- del viejo pacto: Pedro prometió al Señor, con su mejor intención (con celo, pero sin ciencia):
 
"Aunque todos sean escandalizados en ti, yo nunca seré escandalizado" (Mat. 26:33).
 
Nosotros solemos cantar: "Aunque todos te negaren, yo Señor, te seguiré". Si lo decimos confiando en nosotros mismos, en la fuerza de nuestra voluntad, de nuestra experiencia o conocimientos, somos como Abraham cuando pretendía ayudar a Dios a cumplir su promesa mediante Agar – apoyándose en la carne -, o como Caín intentando ofrecer lo mejor de nosotros mismos... El gran problema es que, como sucedía con el pacto que hizo el pueblo en el Sinaí,
"Caín pensó lograr el favor divino mediante una ofrenda que carecía de la sangre del sacrificio" (E. White, PP: 60).
 
Sólo Cristo trae la libertad, y las promesas humanas de los israelitas carecían de Cristo. Las promesas humanas contienen la vana pretensión de añadir la fuerza del ser humano al poder de Cristo. La esclavitud es el único resultado posible:
 
"Vuestras promesas y resoluciones son tan frágiles como telarañas. No podéis gobernar vuestros pensamientos, impulsos y afectos. El conocimiento de vuestras promesas no cumplidas y de vuestros votos quebrantados debilita la confianza que tuvisteis en vuestra propia sinceridad, y os induce a sentir que Dios no puede aceptaros; mas no necesitáis desesperar" (E. White, CC: 47).
 
Dios nos quiere llevar a ese "mejor pacto"; uno que está basado "en mejores promesas" (Heb. 8:6), porque no somos nosotros quienes prometemos, sino él, y "fiel es el que prometió". Nos quiere llevar a un mejor pacto, porque es duradero, al haber sido establecido entre Dios Padre y Dios Hijo desde la eternidad.
 
"Y este es el pacto que haré con ellos después de aquellos días, dice el Señor: Daré mis leyes en sus corazones, y en sus almas las escribiré; y añade: Y nunca más me acordaré de sus pecados e iniquidades" (Heb. 10:16,17).
 
En ese, su pacto eterno, Dios nos hace herederos de todas las riquezas del universo en Cristo, nos hace coherederos con él y con el creyente Abraham. Nos da el perdón en Cristo; nos limpia de nuestros pecados haciéndolos desaparecer; promete poner su ley en nuestros corazones, tal como sucedió con Abraham:
 
"Oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes" (Gén. 26:5).
 
VI. Inmutable
El viejo pacto, el que forma el hombre al prometerle obediencia a Dios, queda anulado desde el momento en que el hombre desobedece:
 
"Apenas unas pocas semanas después [del Sinaí], quebrantaron su pacto con Dios al postrarse a adorar una imagen fundida. No podían esperar el favor de Dios por medio de un pacto que ya habían roto" (E. White, PP: 388,389).
 
En contraste, el pacto eterno es inmutable. Permanece en plena vigencia a pesar de nuestras continuas desobediencias, pues no lo hicimos nosotros con Dios, sino que lo hizo nuestro amante Padre celestial con su Hijo unigénito. Por tratarse de un compromiso contraído por la propia Deidad desde los días de la eternidad, tiene el carácter inmutable de su Autor. Mientras que las promesas humanas envejecen desde el mismo momento en que las hacemos, las misericordias de Dios son nuevas cada mañana, y no porque las merezcamos:
 
"Porque yo Jehová, no me mudo; y así vosotros, hijos de Jacob, no habéis sido destruidos" (Mal. 3:6)
 
"Si fuéremos infieles, él permanece fiel: no se puede negar a sí mismo" (2 Tim. 2:13)
 
Podemos recibir o rechazar las bendiciones del pacto, pero jamás podemos revocar el pacto: afortunadamente es tan eterno e invariable como su Autor. Es soberano. "Nuestra" parte es aceptarlo y recibirlo.
 
"Queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento" (Heb. 6:17)
 
"Recibir y creer es nuestra parte en el contrato" (E. White, En los lugares celestiales, 12)
 
Así expresa el nuevo pacto Jeremías:
 
"Éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en sus entrañas, y escribiréla en sus corazones... perdonaré la maldad de ellos y no me acordaré más de su pecado" (Jer. 31:33,34).
 
Pero fijaos bien cómo continúa; es muy importante:
 
"Así ha dicho Jehová, que da el sol para luz del día, las leyes de la luna y de las estrellas para luz de la noche... Si estas leyes faltaren delante de mí, dice Jehová, también la simiente de Israel faltará para no ser nación delante de mí todos los días" (vv. 35,36).
 
"Así ha dicho Jehová: Si pudiera invalidarse mi pacto con el día y mi pacto con la noche, de tal manera que no hubiera día ni noche a su debido tiempo, podría también invalidarse mi pacto con mi siervo David..." (33:20 y 21, ver también vv. 25,26).
 
¿Tenéis miedo a que Dios se olvide esta tarde, o alguna tarde, de hacer que se ponga el sol? ¿Teméis que no amanezca mañana? La misma seguridad podéis tener que él perdonó vuestros pecados, de que borra vuestras iniquidades, y de que va a escribir su ley en vuestros corazones conforme a su promesa. Si alguna vez os sentís tentados a dudarlo, abrid la ventana de vuestra habitación y también la de vuestro corazón. Mirad al firmamento recordando estas Escrituras, y comprobaréis que:
"Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos. El un día emite palabra al otro día, y la una noche a la otra noche declara sabiduría... la ley de Jehová es perfecta, que vuelve el alma... Oh Jehová, roca mía, y redentor mío" (Sal. 19).
 
Abraham no aprendió a creer en un día. Su fe vaciló al principio. Dios le había prometido descendencia, pero el patriarca tenía ya cien años, así que dijo al Señor: ‘Parece que resulta imposible eso que me prometes... Tengo fe en ti, pero te voy a ayudar: acepta a Ismael’. Ismael significaba lo mejor que Abraham podía hacer. Pero lo mejor que nosotros podemos hacer no alcanzará jamás la norma divina.
Dios nos promete poner su ley en nuestros corazones, que significa hacernos obedientes a su ley. ¿Le vamos a decir: ‘Lo que prometes es imposible... Acepta a cambio lo mejor que yo puedo hacer’? Nuestra incredulidad es el gran obstáculo para que Dios cumpla su propósito en nosotros.
¿Creéis que Dios os perdona los pecados en Cristo? ¿Creéis que os limpia de todo pecado? ¿Estáis plenamente convencidos de que Dios va a escribir sus leyes en vuestros corazones?, ¿que os va a hacer obedientes, tal como ha prometido?
La fe de Abraham superó finalmente la prueba. Ahora, ni el sacrificio de su hijo Isaac le haría dudar de la promesa del Señor:
 
"[Abraham] Tampoco en la promesa de Dios dudó con desconfianza: antes fue esforzado en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que todo lo que había prometido, era también poderoso para hacerlo. Por lo cual también le fue atribuido a justicia" (Rom. 4:20-22).
 
Dios espera de nosotros la misma respuesta que obtuvo de Abraham; la respuesta que tanto deseó obtener de Israel; aquella que su pueblo le negó en el Sinaí. Es la respuesta con la que su pueblo escogido, remanente, lo va a honrar por fin tal como él merece. En lugar de responder: ‘Todas las cosas que tú has dicho, nosotros las haremos’...
Para gloria de Dios, responderemos: 
 
‘Todas las cosas que tú has dicho, tú las harás en nosotros’.
Amén. 
 
"Y haré con ellos pacto eterno, que no tornaré atrás de hacerles bien, y pondré mi temor en el corazón de ellos, para que no se aparten de mí. Y me alegraré con ellos haciéndoles bien" (Jer. 32:40,41). 
 
Para detalles adicionales sobre los Dos pactos véase los siguientes artículos:
El Antiguo y el Nuevo Pacto   I   Los Dos Pactos de la Promesa;
Historia de la Ley y los Pacto
   
 

Cortesía de: www.libros1888.com

   
 

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