La Problemática del Pecado -I
 
El Origen y la Naturaleza del Pecado
   
  Por: Héctor A. Delgado
   
 
Antes de comenzar el estudio sobre la Justificación por la Fe es bueno dar un vistazo a lo que la Biblia enseña sobre el origen y la naturaleza del pecado y la forma en la que afectó nuestra naturaleza humana. Una premisa teológica sostiene que si no tenemos un entendimiento correcto sobre la doctrina del pecado nunca podremos comprender plenamente la verdad del Evangelio. De manera perspicaz se ha observado que “la naturaleza que atribuyamos al pecado determina en gran medida nuestra comprensión de la obra de Dios para erradicarlo”.1
 
Las Escrituras no nos dicen cómo pudo surgir el pecado en medio de la perfección, pero sí nos revelan en quién surgió la afección. También nos revela la manera en la que se propagó el pecado en el cielo y luego aquí en nuestro planeta. Resulta “imposible explicar el origen del pecado y dar razón de su existencia. Sin embargo, se puede comprender suficientemente lo que atañe al origen y a la disposición final del pecado, para hacer enteramente manifiesta la justicia y la benevolencia de Dios en su modo de proceder contra el mal. Nada se enseña con mayor claridad en las Sagradas Escrituras que el hecho de que Dios no fue en nada responsable de la introducción del pecado en el mundo, y que no hubo retención arbitraria de su gracia, ni error alguno en el gobierno divino que diera lugar a la rebelión. El pecado es un intruso, y no hay razón que pueda explicar su presencia. Es algo misterioso e inexplicable; excusarlo equivaldría a defenderlo. Si se pudiera señalar la causa de existencia, dejaría de ser pecado”.2 El surgimiento del pecado es un misterio para nuestra mente finita.
Las Sagradas Escrituras nos dicen que en el principio “todo era bueno en gran manera” (Gén. 1:31). Y este estado de perfección reinaba en todo el Universo. No existía una nota discordante en toda la creación de Dios. Todo latía en perfecta armonía. La naturaleza de nuestros primeros padres era buena, santa y pura, no existía en ellos ningún principio corrupto que les impulsara a hacer lo malo. Entre Dios y el hombre había absoluta armonía. Había perfecta amistad.
Pero el hombre fue en contra de la voluntad de Dios en forma extraña. ¿Cómo fue posible que seres puros y sin tendencias al pecado pudieran ir en contra de la voluntad de Dios? Lo más que podemos decir es que el “pecado original” consistió en una elección de independencia de Dios a una vida centrada en el yo; en una elección de rebelión hacia Él y su señorío. Así leemos en la Biblia: “Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino” (Isa. 53:6, BJ). Desde entonces, nuestros propios caminos son preferibles a los caminos de Dios. Ellos constituyen el todo de nuestra existencia.
Satanás logró entrampar a nuestros primeros padres con sus sofismas mentirosos. Aunque Eva cayó primero siendo engañada (2 Cor. 11:3), evidentemente se convirtió en un instrumento por medio del cual Satanás llegó hasta el hombre para provocar su caída también en el pecado.3 Aunque Adán pecó a sabiendas, no es incorrecto decir que fue engañado también por el enemigo de Dios, pues su pensar antes de la desobediencia fue que el gran amor de Dios los salvaría de las consecuencias del pecado.4 Adán no fue engañado frente al árbol del conocimiento del bien y del mal, pero fue atrapado en su equivocado razonamiento sobre el amor de Dios. Y movido por una “presunción” fatal cayó en pecado (Gén. 3:6). Su mente fue fascinada por la oferta pecaminosa.
Aunque al momento de comer del árbol del “conocimiento del bien y del mal” Adán y Eva sintieron cierta “fuerza vivificante” como si hubieran estado entrando a un plano de “existencia superior”, el efecto del pecado no tardó en aparecer. Muy pronto fueron presa del sentido de culpabilidad e incertidumbre.5 El pecado produce cierto sabor agradable primero, pero termina en la fatal “separación” entre Dios y el hombre (Isa. 59:1).
Cuando Dios vino a reunirse con ellos como de costumbre, sintieron miedo y se “escondieron” de su presencia “entre los árboles del huerto” (Gén. 3:8-11). El pecado también produce temor e inseguridad.
          Lo primero que hicieron Adán y Eva en un intento por solucionar su desobediencia y cubrir la “vergüenza de su desnudez” fue coserse unos “ceñidores” de “hojas de higueras” (Gén. 3:7, BJ). Entonces Dios les reveló que lo único que podía cubrir su desnudez era las “túnicas de piel” que Él les ofreció de la víctima sacrificada por causa de su pecado (Gén. 3:21). Estas “túnicas de piel” con las que Dios “vistió” a nuestros primeros padres eran un símbolo del manto perfecto de la justicia de Cristo, ese manto con el que Dios “viste” o cubre a todo aquel que acepta a Cristo como su Salvador personal (Apoc. 19:7-8; Gál. 3:27). Dice el profeta Isaías: “En gran manera me gozaré en Jehovah, mi alma se alegra en mi Dios; porque me ha revestido con vestiduras de salvación, me ha rodeado de un manto de justicia, como un novio se pone su diadema y como una novia se adorna con sus joyas” (Isa. 61:10, el énfasis es nuestro).
          Dios había provisto una solución adecuada para la transgresión, pero también advirtió a Adán y a Eva sobre las consecuencias de su pecado sobre ellos y el resto de la creación (Gén. 3:11-19, 22-24). También les advirtió sobre el daño que su naturaleza humana había sufrido, la manera en que se había debilitado por la trasgresión. Se había hecho carnal, pecaminosa, esclava del poder dominante del pecado y enemiga de Dios y su santa Ley (Rom. 8:7; 7:12). El Espíritu de Profecía nos dice:
 
“Después de su pecado, Adán y Eva no pudieron seguir morando en el Edén. Suplicaron fervientemente a Dios que les permitiese permanecer en el hogar de su inocencia y regocijo. Confesaron que habían perdido todo derecho a aquella feliz morada, y prometieron prestar estricta obediencia a Dios en el futuro. Pero se les dijo que su naturaleza humana se había depravado por causa del pecado, que había disminuido su poder para resistir el mal, y que habían abierto las puertas para que Satanás tuviera más fácil acceso a ellos. Si siendo inocentes habían cedido a la tentación; ahora en su estado de consciente culpabilidad, tendrían menos fuerza para mantener su integridad”.6
 
Nótese que ellos confesaron que habían perdido todo derecho de morar en el Edén, pero pidieron que se les dejara vivir allí sobre la base de una débil y egocéntrica promesa: “Desde ahora te obedeceremos estrictamente”. Pero Dios les dijo que había una razón por la que debían salir de allí: su naturaleza humana se había “depravado” por la desobediencia y ahora eran tan débiles que no podían por sus propias fuerzas resistir al pecado. Si Dios los hubiera dejado en el Jardín del Edén, no habría pasado mucho tiempo sin que fueran inducidos por el Diablo y sus propias inclinaciones internas a comer del árbol de la vida. Así se habría eternizado el mal sobre la tierra. Por esto leemos que Dios dijo: “He aquí que el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal” (Gén. 3:22). Y para evitar “que alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, coma, y viva para siempre”, los sacó del Jardín de Edén.
Dios, sencillamente puso al hombre donde este eligió estar. ¡Fuera del Edén! (Gén. 3:23-24). ¿Acaso lo que Dios quería no era que el hombre tuviera vida eterna? ¿Por qué no le dejó comer entonces del árbol de la vida? Si, Dios le había dado vida eterna al hombre, pero no una vida eterna manchada por el pecado y envuelto en la maraña del error. Dios tuvo que quitarles a nuestros primeros padres el privilegio de morar en el Edén y participar del árbol de la vida, los salvó de una vida miserable. Ahora Él nos “ha dado vida eterna” nuevamente. Y esa vida está en su Hijo Jesucristo. El que tiene al Hijo de Dios, tiene esa vida que es bendita por los siglos sin fin (1 Juan 5:11-12). La vida de Cristo es una vida santa y pura. Veamos lo que dicen las siguientes citas:
 
“El hombre estaba dotado originalmente de facultades nobles y de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo reemplazó el amor”.7
 
 “Cuando el hombre quebrantó la Ley divina, su naturaleza se hizo mala y llegó a estar en armonía y no en divergencia con Satanás”.8
 
         Estas declaraciones nos revelan los efectos del pecado sobre la naturaleza humana y también nos ayudan a comprender que el hombre, por causa de su debilidad inherente y esclavitud al pecado, no puede salvarse así mismo. Necesita desesperadamente un Salvador. Es difícil para el ser humano reconocer su problema de pecado y acudir a Dios en busca de solución, pues posee una naturaleza humana “mala” y está en completa armonía con el autor del pecado. Es egocéntrico inherentemente. Toda la fuerza o impulso de nuestra naturaleza está contaminada por el egoísmo, está dirigida totalmente en dirección opuesta a las cosas de Dios y su santa Ley. En el lenguaje bíblico, los seres humanos son “por naturaleza hijos de ira”, desobedientes por naturaleza (Efe. 2:1-3).
“Los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la Ley de Dios, y tampoco pueden” (Rom. 8:7-8). “La carne lucha” contra los impulsos del Espíritu Santo (Gál. 5:17). Es claro que el hombre sin la ayuda de Dios es un esclavo del poder y dominio del pecado (Rom. 7:12; Juan 8:34; Rom. 6:16).
La caída de Adán en el pecado tiene también sus implicaciones negativas sobre sus descendientes. Como sus hijos nacieron después de la caída, ellos no pueden heredar de él una naturaleza humana pura. Nuestra naturaleza humana también es pecaminosa y rebelde a la voluntad de Dios. La Biblia dice que cuando Dios creó al hombre, fue formado a su “imagen y semejanza” (Gén. 1:26-27). El hombre era semejante a Dios “tanto en la semejanza exterior, como en el carácter”.9 Pero el pecado estropeó esta semejanza. El hombre se degradó a un nivel inimaginable. Entonces, los hijos de Adán y Eva heredan una naturaleza degradada y debilitada por el pecado. Cada uno de sus hijos nace “a su semejanza, conforme a su imagen” (Gén. 5:3).
Ya dijimos que las Escrituras no explican cómo pudo originarse el pecado en la mente de seres santos, pero  sí nos habla lo bastante sobre la problemática del pecado como para que no nos confundamos con este terrible mal. Por ejemplo, la Palabra de Dios define al pecado en términos de rebelión cuando dice: “El pecado es transgresión de la Ley” (1 Juan 3:4). El vocablo “transgresión” (griego párabasis) se refiere a la transgresión o violación de una Ley conocida. Se reconoce que puede haber pecado “absoluto, sin una ley conocida, pero no hay transgresión o rebelión sin el conocimiento de la Ley”. Un “transgresor de la Ley” es aquel que la conoce, pero que decide en actitud rebelde no tomar en cuenta lo que ella dice.
Las Sagradas Escrituras nos hablan del pecado de omisión: “Al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Sant. 4:17). También se nos refiere el pecado “no intencional” causado por la debilidad inherente de los seres humanos, o por la ignorancia de la voluntad revelada de Dios. El contenido de Lev. 4:2,13,22,27 se refiere a este tipo de pecado. El apóstol Pablo reconoció después de ser cristiano que en su antigua vida fue “blasfemo, perseguidor e injuriador” pero que como lo había hecho movido por la “ignorancia, en incredulidad” fue “recibido a misericordia” (1 Tim.  1:13). Dios no nos condenará por los pecados que cometimos por “ignorancia”. Si hemos aceptado a Cristo por la fe, esos pecados serán borrados por su sangre. En este tenor nos dice el Espíritu de Profecía: 
“Jesús, en sus sufrimientos y muerte, ha hecho expiación para todos los pecados de ignorancia; pero no se ha preparado remedio para la ceguera voluntaria”.10
El pecado tiene que ver además con los motivos. A esto se refería Pablo cuando dijo: “Todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Rom. 14:23). Este tipo de pecado es mirado por Dios exclusivamente, pues el hombre sólo puede ver lo exterior, pero “Jehovah mira el corazón” (1 Sam. 16:7). Bien ha observado la Inspiración: “Es el motivo lo que le da carácter a nuestros actos, marcándolo con ignominia o alto valor moral”.11
 
El Pecado, un Problema más Profundo
         Ahora miremos más de cerca la forma en la que el apóstol Pablo habla del pecado en la carta a los Romanos. En el cap. 7 él define (o personifica) el pecado como un poder que se enseñorea del hombre y lo lleva sujeto o esclavizado a donde él quiere. El pecado, según el razonamiento del Apóstol, “mora en mi” (Rom. 7:17,20). “En mi carne (naturaleza humana) no mora el bien”. El sabe esto por lo siguiente: “El querer hacer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (v. 18).
Pablo identifica el pecado como una “ley” o principio pecaminoso (“una ley en mis miembros”). Y este principio o ley, se revela contra la Ley que mora en su mente o corazón, y lo lleva cautivo a la “ley del pecado” que está en sus miembros (vv. 23). Por esto él pregunta: “¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (v. 24). En el cap. 8:2 a este principio de pecado Pablo lo llama “la ley del pecado y de la muerte”.
Después de conocer al pecado como una ley o principio de rebelión que mora en nuestra naturaleza humana, estamos en condiciones de entender la siguiente cita del Espíritu de Profecía:
 
“La única definición de pecado es la que la Palabra de Dios da: ‘El pecado es transgresión de la Ley’; es la manifestación exterior de un principio en pugna con la gran ley de amor que es el fundamento del gobierno divino”.12

En esta declaración se encuentran combinadas dos verdades que hemos analizado en esta sección: 1) El pecado es “transgresión de la Ley” y 2) Es “un principio en pugna con la gran Ley de amor” de Dios (cf. Rom. 7:22-23). Esta cita ha sido manipulada de manera extraordinaria por quienes perciben que el pecado consiste sólo en la ejecución de “actos incorrectos”. Es citada de la siguiente manera: “La única definición de pecado es la que la Palabra de Dios da: ‘El pecado es transgresión de la Ley’”. Le cortan la última parte, limitando así el pecado a actos externos. Pero la conclusión de la cita dice: “...es la manifestación exterior de un principio en pugna con la gran Ley de amor que es el fundamento del gobierno divino”. Esto es lo que Pablo revela sobre el pecado en Romanos 7.

Se nota que la cita es mutilada precisamente en el punto que continúa diciendo: “es...” Esto se hace en el afán por sostener un punto particular de doctrina justificando así una idea incompleta de la doctrina del pecado. Pero el sentido de la cita es clara: La transgresión de la ley de Dios, ese acto contumaz y rebelde en contra de su expresa voluntad no es más que la “manifestación exterior de un principio en pugna con la Ley” de Dios. Este principio en pugna es lo que Pablo llama “el mal que mora en mi”, la “ley del pecado”, “la ley del pecado y de la muerte”. Por esto él reconoce: “Yo se que en mí, esto es en mi carne, no mora el bien”.

Este principio que mora en nuestra naturaleza es lo que hace débil y depravada nuestra humanidad, a tal punto que no somos capaces de “hacer lo que queremos, sino lo que no queremos, eso es lo que hacemos” (Rom. 7:17-18).

El pecado tiene connotaciones mucho más abarcantes de las que generalmente le damos. Cristo hizo claro que el pecado implica un mal interno del ser cuando dijo: “Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mat. 15:19). Por esto encontramos a Dios hablando a su pueblo del Antiguo Testamento en los siguientes términos: “Lava tu corazón de maldad, oh Jerusalén, para que seas salva. ¿Hasta cuándo permitirás dentro de ti los pensamientos de iniquidad?”. “Engañoso es el corazón más que todas las cosas y perverso, ¿quién lo conocerá?” (Jer. 4:14; 17:9). Cuando Dios habló por medio del profeta Ezequiel que quitaría del pueblo el corazón de piedra para darle uno de carne, estaba diciendo que eliminaría de en medio de ellos el pecado de rebelión (Eze. 11:19,20; 36:25-27). Una vez subyugada esta disposición rebelde, los actos incorrectos y pecaminosos tienen solución. Según las Escrituras nuestra naturaleza pecaminosa será destruida en ocasión de la glorificación cuando Cristo regrese por segunda vez (1 Cor. 15:50-55; 1 Tes. 4:13-17; 2 Cor. 5:4; 1 Juan 3:2).

No debemos entonces limitar el concepto de pecado a ciertos actos externos solamente, pues las Escrituras lo presentan como implicando una condición de nuestro ser (Núm. 15:39; Os. 7:13; Rom. 3:23; Sal. 51:5). El pecado, en esencia, es una condición de rebelión del corazón que se manifiesta en nuestra conducta externa.

Antes de pasar a la siguiente sección queremos llamar la atención de nuestro amable lector a la siguiente cita: “Algunos están engañados. No se percatan de lo que está por suceder en la tierra. Los que se han dejado confundir en lo que concierne a la naturaleza del pecado son víctimas de un error fatal”.13

Esta cita debiera hacernos reflexionar sobre la premisa teológica que comentamos al principio de esta sección. Entender mal la naturaleza del pecado nos inducirá inevitablemente a un entendimiento equivocado del Evangelio de la gracia de Cristo.

Véase el artículo: La problemática del Pecado - II

Notas y Referencias:

1 Hermes Tavera B., Dios, su Pueblo y su Santuario, 26.
2 Elena de White, El Conflicto de los Siglos, pp. 546,547, las cursivas son nuestras.
3 -----------, Patriarcas y Profetas, p. 39.
4 ------------, El Deseado de Todas las Gentes, p. 102. Se ha observado que no es correcto decir que Adán fue engañado por Satanás porque la Escritura dice que fue Eva quien fue engañada: “Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión” (1 Tim. 2:14). En 2 Cor. 11:3 se ratifica que “la serpiente con su astucia engañó a Eva”. Es cierto que la caída de Adán ocurrió sobre una base diferente a la de Eva, pero ambos fueron presa de sus razonamientos equivocados. Ella, ante la Serpiente; y él, ante su compañera convertida ya en instrumento del mal. Debe notarse que Pablo define el pecado de Eva como una “transgresión”. “El vocablo ‘transgresión’ (griego párabasis) se refiere a la transgresión o violación de una Ley conocida” (ver pág. 22). La declaración del Apóstol implica que Eva aunque fue engañada, al igual que Adán, tenía pleno conocimiento de la voluntad de Dios expresada en su Ley. Fue engañada, pero no por falta de conocimiento. La palabra “transgresión” la usa Pablo también en relación con el pecado de Adán en Rom. 5:14-15, 17 lo que implica que para él, nuestros primeros padres, fueron rebeldes potenciales al pecar contra la Ley. Esta relación los coloca en posición de igualdad. Sin embargo, ¿cómo podemos explicar que Adán no fue engañado, pero que Eva sí lo fue? Lo primero que debemos tomar en cuenta es que esta declaración paulina está en el contexto de uno de los pasajes más difíciles del Nuevo Testamento. Pero podemos obtener una idea al leer el versículo anterior: “Porque Adán fue formado primero, después Eva” (1 Tim. 2:13). Ambos declaraciones, la de los versos 13 y el 14 constituyen las “razones” por las que – según el Apóstol – “no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el marido” (v. 12). La palabra “primero” del v. 13 puede aclarar todo el asunto. Miremos el v. 14 otra vez insertando la palabra “primero” entre corchetes: “Adán no fue engañado [primero], sino que la mujer, siendo engañada [primero], incurrió en transgresión”. El hecho de que Adán fue formado “primero”, no quiere decir que Eva no fue formada también. De igual manera, el hecho de que Eva fue engañada “primero” no quiere decir que Adán no lo fuera. En la creación se siguió un orden: Adán primero, Eva después. La entrada del pecado revirtió este orden: Eva pecó primero, Adán después.
5 ------------, Patriarcas y Profetas, pp. 39,40.
6 ------------, Ibíd., p. 46.
7 ------------, El Camino a Cristo, p. 17.
8 ------------, El Conflicto de los Siglos, p. 559. La última parte de esta cita termina diciendo: “Ambos (el hombre y el Diablo) se hicieron malos como consecuencia de la caída”. Se podría llegar a la conclusión entonces, de que el hombre desde la caída es tan malo como el mismo “autor del pecado”. Pero este razonamiento es delicado, pues puede llevar a la conclusión que como el hombre hace cosas buenas a veces a pesar de que es malo, ¿no será el Diablo “bueno” a veces a pesar de ser tan “malo”? La cita debe ser entendida en su verdadero contexto. Y esta declaración está precisamente en el contexto de Génesis 3:15 que dice: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente tuya...” Luego dice: “Esta enemistad no es fomentada de forma natural... Si Dios no se hubiese interpuesto especialmente, Satanás y el hombre se habrían aliado contra el Cielo; y en lugar de albergar enemistad contra Satanás, toda la familia humana se habría unido en oposición a Dios”. Es claro entonces que cuando el pecado afectó a nuestros primeros padres originalmente los dejó tan desprovisto de justicia y santidad como Satanás mismo. Ambos eran “malos”. La desobediencia los hizo enemigos perfectos de Dios. Pero Dios implantó “enemistad” entre nuestros primeros padres y la serpiente. Entonces, se puede concluir que desde que el hombre desobedeció hasta el momento en que Dios implantó en ellos “enemistad” el hombre y el autor del pecado, ambos eran malos. Luego el hombre sigue siendo malo por naturaleza, pero siente y tiene en su interior, a diferencias de Satanás, un poder sobrenatural que le impulsa a resistir al maligno y a desear la justicia y la comunión con el Cielo.
9 ------------, Patriarcas y Profetas, p. 25.
10 Comentario Bíblico Adventista, tomo V, p. 1118.
11 Elena de White, El Deseado de Todas las Gentes, p. 567.
12 -----------, El Conflicto de los Siglos, p. 547, las cursivas son nuestras.
13 -----------, Joyas de los Testimonio, tomo 3, p. 414.
   
 

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