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Antes de comenzar el estudio sobre la Justificación por la Fe es bueno
dar un vistazo a lo que la Biblia enseña sobre el origen y la naturaleza
del pecado y la forma en la que afectó nuestra naturaleza humana. Una
premisa teológica sostiene que si no tenemos un entendimiento correcto
sobre la doctrina del pecado nunca podremos comprender plenamente la
verdad del Evangelio. De manera perspicaz se ha observado que “la
naturaleza que atribuyamos al pecado determina en gran medida nuestra
comprensión de la obra de Dios para erradicarlo”.1
Las Escrituras no nos dicen cómo pudo surgir el pecado en medio de la
perfección, pero sí nos revelan en quién surgió la afección. También nos
revela la manera en la que se propagó el pecado en el cielo y luego aquí
en nuestro planeta. Resulta “imposible explicar el origen del pecado y
dar razón de su existencia. Sin embargo, se puede comprender
suficientemente lo que atañe al origen y a la disposición final del
pecado, para hacer enteramente manifiesta la justicia y la benevolencia
de Dios en su modo de proceder contra el mal. Nada se enseña con mayor
claridad en las Sagradas Escrituras que el hecho de que Dios no fue en
nada responsable de la introducción del pecado en el mundo, y que no
hubo retención arbitraria de su gracia, ni error alguno en el gobierno
divino que diera lugar a la rebelión. El pecado es un intruso, y no hay
razón que pueda explicar su presencia. Es algo misterioso e
inexplicable; excusarlo equivaldría a defenderlo. Si se pudiera señalar
la causa de existencia, dejaría de ser pecado”.2
El surgimiento del pecado es un misterio para nuestra mente finita.
Las Sagradas Escrituras nos dicen que en el principio “todo era bueno en
gran manera” (Gén. 1:31). Y este estado de perfección reinaba en todo el
Universo. No existía una nota discordante en toda la creación de Dios.
Todo latía en perfecta armonía. La naturaleza de nuestros primeros
padres era buena, santa y pura, no existía en ellos ningún principio
corrupto que les impulsara a hacer lo malo. Entre Dios y el hombre había
absoluta armonía. Había perfecta amistad.
Pero el hombre fue en contra de la voluntad de Dios en forma extraña.
¿Cómo fue posible que seres puros y sin tendencias al pecado pudieran ir
en contra de la voluntad de Dios? Lo más que podemos decir es que el
“pecado original” consistió en una elección de independencia de Dios a
una vida centrada en el yo; en una elección de rebelión hacia Él y su
señorío. Así leemos en la Biblia: “Todos nosotros como ovejas erramos,
cada uno marchó por su camino” (Isa. 53:6, BJ). Desde entonces, nuestros
propios caminos son preferibles a los caminos de Dios. Ellos constituyen
el todo de nuestra existencia.
Satanás logró entrampar a nuestros primeros padres con sus sofismas
mentirosos. Aunque Eva cayó primero siendo engañada (2 Cor. 11:3),
evidentemente se convirtió en un instrumento por medio del cual Satanás
llegó hasta el hombre para provocar su caída también en el pecado.3
Aunque Adán pecó a sabiendas, no es incorrecto decir que fue engañado
también por el enemigo de Dios, pues su pensar antes de la desobediencia
fue que el gran amor de Dios los salvaría de las consecuencias del
pecado.4
Adán no fue engañado frente al árbol del conocimiento del bien y del
mal, pero fue atrapado en su equivocado razonamiento sobre el amor de
Dios. Y movido por una “presunción” fatal cayó en pecado (Gén. 3:6). Su
mente fue fascinada por la oferta pecaminosa.
Aunque al momento de comer del árbol del “conocimiento del bien y del
mal” Adán y Eva sintieron cierta “fuerza vivificante” como si hubieran
estado entrando a un plano de “existencia superior”, el efecto del
pecado no tardó en aparecer. Muy pronto fueron presa del sentido de
culpabilidad e incertidumbre.5
El pecado produce cierto sabor agradable primero, pero termina en la
fatal “separación” entre Dios y el hombre (Isa. 59:1).
Cuando Dios vino a reunirse con ellos como de costumbre, sintieron miedo
y se “escondieron” de su presencia “entre los árboles del huerto” (Gén.
3:8-11). El pecado también produce temor e inseguridad.
Lo primero que hicieron Adán y Eva en un intento por
solucionar su desobediencia y cubrir la “vergüenza de su desnudez” fue
coserse unos “ceñidores” de “hojas de higueras” (Gén. 3:7, BJ). Entonces
Dios les reveló que lo único que podía cubrir su desnudez era las
“túnicas de piel” que Él les ofreció de la víctima sacrificada por causa
de su pecado (Gén. 3:21). Estas “túnicas de piel” con las que Dios
“vistió” a nuestros primeros padres eran un símbolo del manto perfecto
de la justicia de Cristo, ese manto con el que Dios “viste” o cubre a
todo aquel que acepta a Cristo como su Salvador personal (Apoc. 19:7-8;
Gál. 3:27). Dice el profeta Isaías: “En gran manera me gozaré en Jehovah,
mi alma se alegra en mi Dios; porque me ha revestido con vestiduras de
salvación, me ha rodeado de un manto de justicia, como un novio se pone
su diadema y como una novia se adorna con sus joyas” (Isa. 61:10, el
énfasis es nuestro).
Dios había provisto una solución adecuada para la transgresión,
pero también advirtió a Adán y a Eva sobre las consecuencias de su
pecado sobre ellos y el resto de la creación (Gén. 3:11-19, 22-24).
También les advirtió sobre el daño que su naturaleza humana había
sufrido, la manera en que se había debilitado por la trasgresión. Se
había hecho carnal, pecaminosa, esclava del poder dominante del pecado y
enemiga de Dios y su santa Ley (Rom. 8:7; 7:12). El Espíritu de Profecía
nos dice:
“Después de su pecado, Adán y Eva no pudieron seguir morando en el Edén.
Suplicaron fervientemente a Dios que les permitiese permanecer en el
hogar de su inocencia y regocijo. Confesaron que habían perdido todo
derecho a aquella feliz morada, y prometieron prestar estricta
obediencia a Dios en el futuro. Pero se les dijo que su naturaleza
humana se había depravado por causa del pecado, que había disminuido su
poder para resistir el mal, y que habían abierto las puertas para que
Satanás tuviera más fácil acceso a ellos. Si siendo inocentes habían
cedido a la tentación; ahora en su estado de consciente culpabilidad,
tendrían menos fuerza para mantener su integridad”.6
Nótese que ellos confesaron que habían perdido todo derecho de morar en
el Edén, pero pidieron que se les dejara vivir allí sobre la base de una
débil y egocéntrica promesa: “Desde ahora te obedeceremos
estrictamente”. Pero Dios les dijo que había una razón por la que debían
salir de allí: su naturaleza humana se había “depravado” por la
desobediencia y ahora eran tan débiles que no podían por sus propias
fuerzas resistir al pecado. Si Dios los hubiera dejado en el Jardín del
Edén, no habría pasado mucho tiempo sin que fueran inducidos por el
Diablo y sus propias inclinaciones internas a comer del árbol de la
vida. Así se habría eternizado el mal sobre la tierra. Por esto leemos
que Dios dijo: “He aquí que el hombre es como uno de nosotros, sabiendo
el bien y el mal” (Gén. 3:22). Y para evitar “que alargue su mano, y
tome también del árbol de la vida, coma, y viva para siempre”, los sacó
del Jardín de Edén.
Dios, sencillamente puso al hombre donde este eligió estar. ¡Fuera del
Edén! (Gén. 3:23-24). ¿Acaso lo que Dios quería no era que el hombre
tuviera vida eterna? ¿Por qué no le dejó comer entonces del árbol de la
vida? Si, Dios le había dado vida eterna al hombre, pero no una vida
eterna manchada por el pecado y envuelto en la maraña del error. Dios
tuvo que quitarles a nuestros primeros padres el privilegio de morar en
el Edén y participar del árbol de la vida, los salvó de una vida
miserable. Ahora Él nos “ha dado vida eterna” nuevamente. Y esa vida
está en su Hijo Jesucristo. El que tiene al Hijo de Dios, tiene esa vida
que es bendita por los siglos sin fin (1 Juan 5:11-12). La vida de
Cristo es una vida santa y pura. Veamos lo que dicen las siguientes
citas:
“El hombre estaba dotado originalmente de facultades nobles y de un
entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con
Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por la
desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo reemplazó el
amor”.7
“Cuando el hombre quebrantó la Ley divina, su naturaleza se hizo mala y
llegó a estar en armonía y no en divergencia con Satanás”.8
Estas declaraciones nos revelan los efectos del pecado sobre la
naturaleza humana y también nos ayudan a comprender que el hombre, por
causa de su debilidad inherente y esclavitud al pecado, no puede
salvarse así mismo. Necesita desesperadamente un Salvador. Es difícil
para el ser humano reconocer su problema de pecado y acudir a Dios en
busca de solución, pues posee una naturaleza humana “mala” y está en
completa armonía con el autor del pecado. Es egocéntrico inherentemente.
Toda la fuerza o impulso de nuestra naturaleza está contaminada por el
egoísmo, está dirigida totalmente en dirección opuesta a las cosas de
Dios y su santa Ley. En el lenguaje bíblico, los seres humanos son “por
naturaleza hijos de ira”, desobedientes por naturaleza (Efe. 2:1-3).
“Los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se
sujetan a la Ley de Dios, y tampoco pueden” (Rom. 8:7-8). “La carne
lucha” contra los impulsos del Espíritu Santo (Gál. 5:17). Es claro que
el hombre sin la ayuda de Dios es un esclavo del poder y dominio del
pecado (Rom. 7:12; Juan 8:34; Rom. 6:16).
La caída de Adán en el pecado tiene también sus implicaciones negativas
sobre sus descendientes. Como sus hijos nacieron después de la caída,
ellos no pueden heredar de él una naturaleza humana pura. Nuestra
naturaleza humana también es pecaminosa y rebelde a la voluntad de Dios.
La Biblia dice que cuando Dios creó al hombre, fue formado a su “imagen
y semejanza” (Gén. 1:26-27). El hombre era semejante a Dios “tanto en la
semejanza exterior, como en el carácter”.9
Pero el pecado estropeó esta semejanza. El hombre se degradó a un nivel
inimaginable. Entonces, los hijos de Adán y Eva heredan una naturaleza
degradada y debilitada por el pecado. Cada uno de sus hijos nace “a su
semejanza, conforme a su imagen” (Gén. 5:3).
Ya dijimos que las Escrituras no
explican cómo pudo originarse el pecado en la mente de seres santos,
pero sí nos habla lo bastante sobre la problemática del pecado como
para que no nos confundamos con este terrible mal. Por ejemplo, la
Palabra de Dios define al pecado en términos de rebelión cuando dice:
“El pecado es transgresión de la Ley” (1 Juan 3:4). El vocablo
“transgresión” (griego párabasis)
se refiere a la transgresión o violación de una Ley conocida. Se
reconoce que puede haber pecado “absoluto, sin una ley conocida, pero no
hay transgresión o rebelión sin el conocimiento de la Ley”. Un
“transgresor de la Ley” es aquel que la conoce, pero que decide en
actitud rebelde no tomar en cuenta lo que ella dice.
Las Sagradas Escrituras nos hablan del pecado de omisión: “Al que sabe
hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado” (Sant. 4:17). También se nos
refiere el pecado “no intencional” causado por la debilidad inherente de
los seres humanos, o por la ignorancia de la voluntad revelada de Dios.
El contenido de Lev. 4:2,13,22,27 se refiere a este tipo de pecado. El
apóstol Pablo reconoció después de ser cristiano que en su antigua vida
fue “blasfemo, perseguidor e injuriador” pero que como lo había hecho
movido por la “ignorancia, en incredulidad” fue “recibido a
misericordia” (1 Tim. 1:13). Dios no nos condenará por los pecados que
cometimos por “ignorancia”. Si hemos aceptado a Cristo por la fe, esos
pecados serán borrados por su sangre. En este tenor nos dice el Espíritu
de Profecía:
“Jesús, en sus sufrimientos y muerte, ha hecho expiación para todos
los pecados de ignorancia; pero no se ha preparado remedio para la
ceguera voluntaria”.10
El pecado tiene que ver además con los motivos. A esto se refería Pablo
cuando dijo: “Todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Rom. 14:23).
Este tipo de pecado es mirado por Dios exclusivamente, pues el hombre
sólo puede ver lo exterior, pero “Jehovah mira el corazón” (1 Sam.
16:7). Bien ha observado la Inspiración: “Es el motivo lo que le da
carácter a nuestros actos, marcándolo con ignominia o alto valor moral”.11
El Pecado, un Problema más Profundo
Ahora miremos más de cerca la forma en la que el apóstol Pablo habla del
pecado en la carta a los Romanos. En el cap. 7 él define (o personifica)
el pecado como un poder que se enseñorea del hombre y lo lleva sujeto o
esclavizado a donde él quiere. El pecado, según el razonamiento del
Apóstol, “mora en mi” (Rom. 7:17,20). “En mi carne (naturaleza humana)
no mora el bien”. El sabe esto por lo siguiente: “El querer hacer el
bien está en mí, pero no el hacerlo” (v. 18).
Pablo identifica el pecado como una “ley” o principio pecaminoso (“una
ley en mis miembros”). Y este principio o ley, se revela contra la Ley
que mora en su mente o corazón, y lo lleva cautivo a la “ley del pecado”
que está en sus miembros (vv. 23). Por esto él pregunta: “¿Quién me
librará de este cuerpo de muerte?” (v. 24). En el cap. 8:2 a este
principio de pecado Pablo lo llama “la ley del pecado y de la muerte”.
Después de conocer al pecado como una ley o principio de rebelión que
mora en nuestra naturaleza humana, estamos en condiciones de entender la
siguiente cita del Espíritu de Profecía:
“La única definición de pecado es la que la Palabra de Dios da: ‘El
pecado es transgresión de la Ley’; es la manifestación exterior de un
principio en pugna con la gran ley de amor que es el fundamento del
gobierno divino”.12
En esta declaración se encuentran combinadas dos verdades que hemos
analizado en esta sección: 1) El pecado es “transgresión de la Ley” y 2)
Es “un principio en pugna con la gran Ley de amor” de Dios (cf.
Rom. 7:22-23). Esta cita ha sido manipulada de manera extraordinaria por
quienes perciben que el pecado consiste sólo en la ejecución de “actos
incorrectos”. Es citada de la siguiente manera: “La única definición de
pecado es la que la Palabra de Dios da: ‘El pecado es transgresión de la
Ley’”. Le cortan la última parte, limitando así el pecado a actos
externos. Pero la conclusión de la cita dice: “...es la manifestación
exterior de un principio en pugna con la gran Ley de amor que es el
fundamento del gobierno divino”. Esto es lo que Pablo revela sobre el
pecado en Romanos 7.
Se nota que la cita es mutilada precisamente en el punto que continúa
diciendo: “es...” Esto se hace en el afán por sostener un punto particular
de doctrina justificando así una idea incompleta de la doctrina del
pecado. Pero el sentido de la cita es clara: La transgresión de la ley de
Dios, ese acto contumaz y rebelde en contra de su expresa voluntad no es
más que la “manifestación exterior de un principio en pugna con la Ley” de
Dios. Este principio en pugna es lo que Pablo llama “el mal que mora en
mi”, la “ley del pecado”, “la ley del pecado y de la muerte”. Por esto él
reconoce: “Yo se que en mí, esto es en mi carne, no mora el bien”.
Este principio que mora en nuestra naturaleza es lo que hace débil
y depravada nuestra humanidad, a tal punto que no somos capaces de
“hacer lo que queremos, sino lo que no queremos, eso es lo que hacemos” (Rom.
7:17-18).
El pecado tiene connotaciones mucho más abarcantes de las que generalmente
le damos. Cristo hizo claro que el pecado implica un mal interno del ser
cuando dijo: “Del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios,
los adulterios, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mat.
15:19). Por esto encontramos a Dios hablando a su pueblo del Antiguo
Testamento en los siguientes términos: “Lava tu corazón de maldad, oh
Jerusalén, para que seas salva. ¿Hasta cuándo permitirás dentro de ti los
pensamientos de iniquidad?”. “Engañoso es el corazón más que todas las
cosas y perverso, ¿quién lo conocerá?” (Jer. 4:14; 17:9). Cuando Dios
habló por medio del profeta Ezequiel que quitaría del pueblo el corazón de
piedra para darle uno de carne, estaba diciendo que eliminaría de en medio
de ellos el pecado de rebelión (Eze. 11:19,20; 36:25-27). Una vez
subyugada esta disposición rebelde, los actos incorrectos y pecaminosos
tienen solución. Según las Escrituras nuestra naturaleza pecaminosa será
destruida en ocasión de la glorificación cuando Cristo regrese por segunda
vez (1 Cor. 15:50-55; 1 Tes. 4:13-17; 2 Cor. 5:4; 1 Juan 3:2).
No debemos entonces limitar el concepto de pecado a ciertos actos externos
solamente, pues las Escrituras lo presentan como implicando una
condición de nuestro ser (Núm. 15:39; Os. 7:13; Rom. 3:23; Sal. 51:5).
El pecado, en esencia, es una condición de rebelión del corazón que se
manifiesta en nuestra conducta externa.
Antes de pasar a la siguiente sección queremos llamar la atención de
nuestro amable lector a la siguiente cita: “Algunos están engañados. No se
percatan de lo que está por suceder en la tierra. Los que se han dejado
confundir en lo que concierne a la naturaleza del pecado son víctimas de
un error fatal”.13
Esta cita debiera hacernos reflexionar sobre la premisa teológica que
comentamos al principio de esta sección. Entender mal la naturaleza del
pecado nos inducirá inevitablemente a un entendimiento equivocado del
Evangelio de la gracia de Cristo.
Véase el artículo:
La problemática del Pecado - II
Notas y
Referencias:
Hermes Tavera B., Dios, su Pueblo y su Santuario, 26.
Elena de White, El Conflicto de los Siglos, pp. 546,547, las
cursivas son nuestras.
-----------, Patriarcas y Profetas, p. 39.
------------, El Deseado de Todas las Gentes, p. 102. Se ha
observado que no es correcto decir que Adán fue engañado por Satanás
porque la Escritura dice que fue Eva quien fue engañada: “Adán no
fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en
transgresión” (1 Tim. 2:14). En 2 Cor. 11:3 se ratifica que “la
serpiente con su astucia engañó a Eva”. Es cierto que la caída de
Adán ocurrió sobre una base diferente a la de Eva, pero ambos fueron
presa de sus razonamientos equivocados. Ella, ante la Serpiente; y
él, ante su compañera convertida ya en instrumento del mal. Debe
notarse que Pablo define el pecado de Eva como una “transgresión”.
“El vocablo ‘transgresión’ (griego
párabasis)
se refiere a la transgresión o violación de una Ley conocida” (ver
pág. 22). La declaración del Apóstol implica que Eva aunque fue
engañada, al igual que Adán, tenía pleno conocimiento de la voluntad
de Dios expresada en su Ley. Fue engañada, pero no por falta de
conocimiento. La palabra “transgresión” la usa Pablo también en
relación con el pecado de Adán en Rom. 5:14-15, 17 lo que implica
que para él, nuestros primeros padres, fueron rebeldes potenciales
al pecar contra la Ley. Esta relación los coloca en posición de
igualdad. Sin embargo, ¿cómo podemos explicar que Adán no fue
engañado, pero que Eva sí lo fue? Lo primero que debemos tomar en
cuenta es que esta declaración paulina está en el contexto de uno de
los pasajes más difíciles del Nuevo Testamento. Pero podemos obtener
una idea al leer el versículo anterior: “Porque Adán fue formado
primero, después Eva” (1 Tim. 2:13). Ambos declaraciones, la de los
versos 13 y el 14 constituyen las “razones” por las que – según el
Apóstol – “no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre
el marido” (v. 12). La palabra “primero” del v. 13 puede aclarar
todo el asunto. Miremos el v. 14 otra vez insertando la palabra
“primero” entre corchetes: “Adán no fue engañado [primero], sino que
la mujer, siendo engañada [primero], incurrió en transgresión”. El
hecho de que Adán fue formado “primero”, no quiere decir que Eva no
fue formada también. De igual manera, el hecho de que Eva fue
engañada “primero” no quiere decir que Adán no lo fuera. En la
creación se siguió un orden: Adán primero, Eva después. La entrada
del pecado revirtió este orden: Eva pecó primero, Adán después.
------------, Patriarcas y Profetas, pp. 39,40.
------------, Ibíd., p. 46.
------------, El Camino a Cristo, p. 17.
------------, El Conflicto de los Siglos, p. 559. La última parte de
esta cita termina diciendo: “Ambos (el hombre y el Diablo) se
hicieron malos como consecuencia de la caída”. Se podría llegar a la
conclusión entonces, de que el hombre desde la caída es tan malo
como el mismo “autor del pecado”. Pero este razonamiento es
delicado, pues puede llevar a la conclusión que como el hombre hace
cosas buenas a veces a pesar de que es malo, ¿no será el Diablo
“bueno” a veces a pesar de ser tan “malo”? La cita debe ser
entendida en su verdadero contexto. Y esta declaración está
precisamente en el contexto de Génesis 3:15 que dice: “Enemistad
pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente
tuya...” Luego dice: “Esta enemistad no es fomentada de forma
natural... Si Dios no se hubiese interpuesto especialmente, Satanás
y el hombre se habrían aliado contra el Cielo; y en lugar de
albergar enemistad contra Satanás, toda la familia humana se habría
unido en oposición a Dios”. Es claro entonces que cuando el pecado
afectó a nuestros primeros padres originalmente los dejó tan
desprovisto de justicia y santidad como Satanás mismo. Ambos eran
“malos”. La desobediencia los hizo enemigos perfectos de Dios. Pero
Dios implantó “enemistad” entre nuestros primeros padres y la
serpiente. Entonces, se puede concluir que desde que el hombre
desobedeció hasta el momento en que Dios implantó en ellos
“enemistad” el hombre y el autor del pecado, ambos eran malos. Luego
el hombre sigue siendo malo por naturaleza, pero siente y tiene en
su interior, a diferencias de Satanás, un poder sobrenatural que le
impulsa a resistir al maligno y a desear la justicia y la comunión
con el Cielo.
------------, Patriarcas y Profetas, p. 25.
Comentario Bíblico Adventista, tomo V, p. 1118.
Elena de White, El Deseado de Todas las Gentes, p. 567.
-----------, El Conflicto de los Siglos, p. 547, las cursivas son
nuestras.
-----------, Joyas de los Testimonio, tomo 3, p. 414.
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