La Problemática del Pecado -II
 
El Pecado como Rebelión Contra el Amor y la Ley
   
  Por: Héctor A. Delgado
   
 
En esta sección daremos un vistazo más al pecado en el contexto de la rebelión de Satanás contra del gobierno divino. El análisis que sigue procura explorar y establecer los siguientes puntos: 1) El pecado: rebelión contra el principio de amor de Dios. 2) El amor y la Ley están intrínsecamente relacionados. 3) El Conflicto entre Cristo y Satanás implica directamente la Ley de Dios.
 
El Pecado: Rebelión Deliberada contra el Principio de Amor
 La Biblia habla abundantemente del singular amor de Dios (Isa. 63:9; Jer. 31:3; Os. 1:1-4, etc.). 1 Juan 4:8 es uno de los pasajes más conocidos de toda las Escrituras: “El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (cf. v. 16). Este texto es el que inspira las Palabras: “Su naturaleza y su Ley son amor. Lo han sido por siempre, y lo serán para siempre”.1 En 1 Corintios 13:4-8 leemos una descripción más amplia y maravillosa del amor de Dios.
 
“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece [‘el amor no es ostentoso, ni se hace arrogante’, RVA]; no hace nada indebido, no busca lo suyo [‘lo suyo propio’, RVA], no se irrita, no guarda rencor [‘ni lleva cuentas del mal’, RVA]; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser”.
 
Cuando comparamos estas declaraciones con las que nos hablan de la rebelión de Satanás registradas en el libro de Isaías 14 y Ezequiel 28, descubrimos el marcado contraste entre el principio de pecado y el principio de amor de Dios. Veamos.
 

EL PRINCIPIO DE AMOR

 
EL PRINCIPIO DE PECADO 

El amor “es benigno”, no hay maldad en él ni deseos homicidas. En el amor de Dios no hay lugar para el odio.
 
 “Perfecto era en todos sus caminos hasta que se halló en ti la maldad”. “Te llenaste de iniquidad”. “El diablo... ha sido un asesino desde el principio...” [Juan 8:44].

El amor de Dios “no tiene envidia”. No impulsa a desear las posiciones de los demás.
 
 “Junto a las estrellas de Dios levantaré mi trono,... y seré semejante al Altísimo”.

“El amor no es jactancioso” [‘ostentoso’]. La humildad y la sencillez caracterizaron la vida y los actos de Cristo.
 
“A causa de la multitud de tus contratos se llenó tu interior de violencia y pecaste”. “Con la multitud de tus maldades y con la iniquidad de tus contratos, profanaste tu santuario”.

El amor “no se envanece; no hace nada indebido”. Cristo mantuvo siempre su vida sumisa a la voluntad de Dios.
 
“Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor”.

El amor no “busca los suyo propio”, no es egoísta. Busca el bien de los demás.
 
“Sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo” [Cf. Mat. 16:23].

El amor de Dios “no se irrita” y tampoco “guarda rencor”.
 
Después que Satanás no pudo avanzar más con sus argumentos mentirosos, dio otro paso: usó la fuerza. “Hubo una gran batalla en el cielo...” [Apoc. 12:7-9].

El amor “no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad”. Es puro y no esconde malas intenciones.
 
“Toda injusticia es pecado”. [1 Juan 4:17]. “El Diablo... no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él…” [Juan 8:44].

“El amor nunca deja de ser”. Es eterno como Dios mismo cuya naturaleza “es amor” por los siglos de los siglos (1 Juan 4:8,16).
 
“Yo, pues, saqué fuego de en medio de ti, el cual te consumió y te puse en ceniza sobre la tierra... espanto será y para siempre dejarás de ser”.  “Aquel día que vendrá los abrazará... y no quedará raíz ni rama... serán ceniza” [Mal. 4:1-3].
 
        Esta comparación entre lo que es el amor de Dios y el pecado nos permite descubrir que la esencia misma de la rebelión de Satanás es una desviación abierta y consciente del principio eterno del amor de Dios. Hasta el día en que se halló en Lucifer la maldad, el principio de amor de Dios era la única ley conocida y vivida por todos los seres creados.
El libro Patriarcas y Profetas (que es el primero de la serie del Gran Conflicto) dice en su primera página: “Dios es amor. Su naturaleza y su Ley son amor. Lo han sido por siempre, y lo serán para siempre”.2 Y El Conflicto de los Siglos (el último libro de esta serie), termina de la siguiente manera: “El Gran Conflicto ha terminado. Ya no hay más pecado ni pecadores... desde el átomo más imperceptible hasta el mundo más vasto, todas las cosas animadas e inanimadas, declaran en su belleza sin mácula y en júbilo perfecto, que Dios es amor”.3 No es casualidad que la Inspiración comienza y termina el relato del Gran Conflicto milenial entre Cristo y Satanás con la declaración “Dios es amor”.
 
El Amor y la Ley están Intrínsecamente Relacionados
En el Evangelio de Mateo (cap. 22:34-40) encontramos que Cristo reveló la relación que existe entre la Ley y el amor de Dios. Respondiendo la pregunta de un maestro de la ley: “¿Cuál es el gran mandamiento en la Ley?” Él dijo: “Amarás al Señor tu Dios con tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (la cursiva es nuestra). Luego concluyó: “De estos dos mandamientos depende toda la Ley y los profetas” (las cursivas son nuestras). Así se puede ver que la esencia de la Ley es el amor. La Ley y el amor coexisten relacionados intrínsecamente.
          El apóstol Pablo, en sus escritos, también habló de esta intima relación. En Romanos 13:8-10 leemos que hay que amarse unos a otros, pues el “que ama al prójimo, ha cumplido la ley”. Aunque el Apóstol no hace distinción directa entre los dos grandes mandamientos deja entrever implícitamente a cuál de ellos se está refiriendo: “Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Él está hablando del segundo gran mandamiento, el que tiene que ver con nuestro prójimo. Aquél que está abarcado por la segunda tabla de la Ley. Entonces, el Apóstol concluye su idea así: “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la Ley es el amor”.
Por consiguiente, el amor al prójimo revela la existencia del amor de Dios en nuestros corazones. De manera automática y simultánea la Ley se cumple en nosotros revelándose externamente en amor a Dios y a nuestros prójimos. Cuando la revuelta de Satanás en el cielo desencadenó en una “gran batalla” en la que intentó asesinar a Dios y así destronarlo de su gobierno (Apoc. 12:7-9; Juan 8:44, cf. 1 Juan 3:15) reveló que el principio de amor había muerto en su corazón y había sido sustituido por el egoísmo, el principio de pecado. El pecado es odio intenso e injustificado hacia Dios y su santa Ley. Si se le diera oportunidad de llegar hasta sus últimas consecuencias terminaría matando a Dios mismo. Esto es lo que revela dramáticamente la cruz de Cristo.
En este contexto, el Plan eterno de Salvación implicaba necesariamente la restauración de la Ley de Dios ante todo el Universo y también en el corazón de todos los seres humanos. Por esto, el peor de todos los engaños satánicos consiste en afirmar que la Ley de Dios no está vigente, que quedó anulada con la muerte de Cristo como un código anticuado y obsoleto. Otro engaño parecido y no menos peligroso que este, es el que aun aceptando la vigencia de la Ley niega la posibilidad de que pueda ser guardada perfectamente por el hombre, dada la debilidad inherente de su naturaleza humana. Esta creencia delega la doctrina de la Justificación por la Fe a una mera declaración legal de absolución. Aceptar la vigencia de la Ley y al mismo tiempo negar la posibilidad de obedecerla aun estando regenerados por la gracia divina es una grotesca farsa que tuvo su origen en la misma mente del Maligno.
Satanás siempre se ha opuesto a la verdad, y en cada época ha preparado sus engaños para confundir las mentes de los hombres. Su propósito siempre ha sido que tanto la naturaleza del pecado como la verdad del Evangelio sean desestimadas. Siempre ha arrojado sombras sobre el carácter amoroso y paternal de Dios, y ha inducido a los hombres ha rebajar o ignorar el carácter sagrado de su Ley. Siempre que el amor de Dios ha sido apocado de la vista de los seres humanos algunas cosas aparecen simultáneamente: 1) El Evangelio Eterno se corrompe y convierte en “buenos consejos” de salvación por obras. 2) Se malentiende el papel de la Ley en el Plan de la Salvación. En lugar de apreciarla como el principio rector de la vida, la norma del carácter, ha sido vista como un medio de salvación. Este fue el engaño en el que Satanás atrapó a los judíos de los días de Cristo (Rom. 9:30-32; 10:2,3). El mismo engaño en el que estaba sumido el mismo apóstol Pablo antes de su conversión al cristianismo (Fil. 3:4-9). 3) La otra cara de esta moneda es también asombrosa, y se puede apreciar en las enseñanzas evangélicas protestantes de nuestros días. Nos referimos a la popular creencia que propone que la Ley quedó anulada con la muerte de Cristo. En un intento desesperado por justificar lo injustificable se recurre a pasajes bíblicos de difícil interpretación al tiempo que se ignoran otros con declaraciones meridianas que sostienen la vigencia de la Ley como norma de vida para el cristiano. Así se cae en interpretaciones contrapuestas de la Palabra que no desencadenan más que un absurdo contradecir. La Palabra misma les juzgará en el día final.
Los engaños de Satanás son asombrosos, indujo a la nación judía a rechazar a Cristo mientras pregonaban a voces en cuello la vigencia de la Ley. Creyendo que su observancia les aseguraba la gloria, rechazaban al Autor de la Ley. En este tiempo, el enemigo de toda justicia ha cambiado de táctica: Induce a los cristianos a aceptar a Cristo como Salvador mientras que de manera indirecta los empuja a rechazar su señorío sobre ellos al rechazar la vigencia de la Ley. En medio de los saltos de alegría por estar salvados y ser supuestamente “libres” los ha sumido en la más patética esclavitud del error. No pueden ver que no existe un mensaje de parte de Dios que pueda salvar donde aparece Cristo sin la Ley, pero tampoco existe uno donde aparece la Ley sin Cristo. Los dos están íntimamente vinculados y no hay manera de tener uno y rechazar el otro. Son dos paquetes que conforman el Regalo Eterno de Dios a la raza humana. Tener a Cristo, implica tener la Ley. De ahí que se hace evidente de que si la Justificación por la Fe reconcilia a los hombres con Dios, esta reconciliación es también con su Ley. Es imposible estar reconciliado con Dios y no estarlo con su Ley a la vez. De esto volveremos hablar en detalle en las próximas secciones.
 
El Gran Conflicto entre Cristo y Satanás Implica la Ley de Dios
 La insurrección del gran Tirano contra el principio de amor de Dios implicaba un desacuerdo también contra su Ley, ya que el gobierno divino está fundado sobre la justicia y la misericordia (Sal. 11:4; 89:14; 103:19; Jer. 17:12). La Ley de Dios es la justicia sobre la cual está fundado el trono de Dios (Sal. 119:142,160; 19:9).
Ezequiel 28:12 dice que Lucifer fue creado como “sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado en hermosura...” Este versículo también se ha traducido como: “Tu echas el sello a la proporción”. Se reconoce que no es muy claro lo que ésta declaración puede significar y que puede interpretarse de diversas maneras. Sin embargo, se admite que este pasaje demuestra cuan grande era el privilegio y la posición que Satanás tenía cuando estaba en el cielo. Era como una especie de primer ministro.
Este texto también ha sido traducido por algunos como: “Tu aplicabas el sello al mandamiento”, lo que revelaría entonces el cargo de Satanás antes de su rebelión en el cielo: Guardián del sello de la Ley de Dios. Esto demuestra la razón de su odio milenial contra la Ley de los Diez Mandamientos. Por esto es necesario que entendamos la relación que existe entre la Ley de Dios y su amor. Sólo así podremos tener una vislumbre clara del porqué Satanás ha atacado la Ley de forma implacable desde el mismo comienzo del Gran Conflicto.
En 1 Juan 3:4, un pasaje que ya analizamos en la pasada sección, descubrimos que un transgresor de la Ley es aquel que la conoce, pero que decide en actitud rebelde no tomar en cuenta lo que ella dice. El pecado, en su más pura esencia, es rebelión contra el principio de amor de la Ley. Esta es la manifestación más común del pecado. Leemos: “Cada cual se apartó por su propio camino” (Isa. 53:6). “Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo” (Fil. 2:21). “Se desviaron los impíos desde la matriz, se descarriaron... desde el nacimiento” (Sal. 58:3). Pero el consejo de la Palabra es que, en armonía con el amor de Dios que “no busca lo suyo propio”, ninguno “busque su propio bien, sino el de los demás” (1 Cor. 10:24). Esto sería una expresión y una evidencia de que el principio rector en nuestro diario vivir es el amor de Dios y no el pecado. Es imposible separar el amor de la Ley. Ambas cosas son las dos caras de la misma moneda.
Hay un pasaje dónde se relaciona de manera directa la enemistad de Satanás contra Dios y su Ley. El pasaje es Rom. 8:7: “La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la Ley de Dios, ni es capaz de hacerlo” (NVI). Nótese que la evidencia de que la “mentalidad pecaminosa” es “enemiga de Dios” es que “no se somete a la Ley de Dios”. Y lo peor de todo es “que no puede”. Cuando el principio de amor ha sido suplantado por el principio de egoísmo, no existen ya deseos ni amor ni respeto por las cosas de Dios. No puede haber sometimiento a la Ley. Para que el hombre, esclavo del pecado, vuelva a vivir en armonía con Dios, y reciba de nuevo el principio de amor en su corazón, y la Ley pase a ser su delicia, debe experimentar la acción sobrenatural de un poder externo a él.
Desde la perspectiva de Romanos 8:7, el pecado es una condición, un estado de rebelión en contra de Dios y su Ley. Para que haya armonía entre el Creador y sus criaturas, estas tienen que pasar por un proceso de transformación y reconciliación. Entonces, puede haber comunión otra vez entre Dios y los seres humanos. Esta experiencia vivificadora y reconciliadora se llama “Justificación por la Fe”. El mismo apóstol Pablo lo expresa de la siguiente manera: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios” (Rom. 5:1). Por esto, la justificación tiene íntima relación con la Ley (cf. Rom. 2:13). Veamos ahora otros detalles relacionados al tema que nos ocupa.
Hay en las Escrituras otros pasajes que nos permiten ver la relación que tiene el pecado con la violación de la Ley de Dios. Otros de ellos son Rom. 5:13; 4:15.
 
“Antes de promulgarse la Ley, ya existía el pecado en el mundo. Es cierto que el pecado no se toma en cuenta donde no hay Ley” (Rom. 5:13, NVI).
 
Veamos ahora algunas precisiones sobre este pasaje: 
a-     Es claro que el pecado hacía ya sus estragos en los hombres antes de que la Ley fuera promulgada en tablas de piedras sobre el monte Sinaí.
b-    Aunque hubo un tiempo en el que la Ley no existió en forma escrita, no implica necesariamente que no había manera de saber qué era el pecado.
c-     Aunque la Ley no estaba como un código estipulado y explicado no quiere decir que los hombres no tenían conocimiento de ella.
d-    La existencia del pecado en sí misma revela de manera automática que existe una Ley, un código que está siendo violado. Esta es la idea contenida en la última parte de nuestro texto: “El pecado no se toma en cuenta donde no hay Ley”.
e-     Existe evidencia bíblica de que los fieles del Señor tenían conocimiento claro y preciso de la Ley desde la entrada del pecado hasta el Sinaí (cf. Gén. 26:5 Ex. 16:4). Y conocían la Ley más plenamente de lo que muchos de nosotros piensa y conoce hoy.  
Es ingenuo pensar que por el hecho de que no hubo revelación escrita durante los primeros 2,500 años de la historia del hombre, el pecado era más notable que los principios del gobierno divino. De hecho, la Palabra nos dice que “donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia” (Rom. 5:20). No puede existir el conocimiento del pecado sin una Ley que lo revele como tal. Veamos ahora el contenido del otro pasaje:
 
“La Ley, en efecto, acarrea castigo. Pero donde no hay Ley tampoco hay transgresión” (Rom. 4:15, NVI).
 
Aunque hay algunas connotaciones negativas directas en este pasaje, existen algunas verdades interesantes que se desprenden del mismo. Las connotaciones positivas en este fragmento están entretejidas con las negativas. Veamos:
 
a-     Que la Ley acarrea castigo es evidente, pues revela la existencia del pecado. Pero la parte final del texto no debe mal entenderse como si dijera que puesto que hubo un tiempo en el que la Ley no existía (por lo menos en forma escrita) no hubo nadie que pudiera ser juzgado como pecador. El Apóstol hace claro en sus declaraciones que “antes de promulgarse la Ley, ya existía el pecado en el mundo” y que la “paga del pecado es la muerte” (Rom. 5:13; 6:23).
b-    El mismo apóstol Pablo tuvo una clara y patente percepción del castigo que acarrea la Ley, pues en otro pasaje de Romanos dijo: “En otro tiempo yo tenía vida aparte del de la Ley; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado y yo morí” (Rom. 7:9, NVI). En este pasaje Pablo reconoce que en un tiempo él tenía vida “aparte de la Ley”. Él tenía su conciencia tranquila con relación a la naturaleza del pecado y la justicia hasta que el conocimiento real de la Ley llegó a su vida. En su pasada vida él creía estar en perfecta armonía con la Ley (Fil. 3:4-6), pues ignoraba la naturaleza real del pecado y de la verdadera justicia. Pero cuando Dios lo confrontó por medio de una revelación patente de su problema - justicia propia (Fil. 3:6) - él entendió que todo lo que consideraba “ganancia” realmente era “basura”. El afán por sostener su “propia justicia” que era por la Ley quedó atrás (Fil. 3:7-11). Pablo tenía la Ley, pero no a Cristo, todo era inútil, estaba dando patadas contra una punta de espada (Hech. 9:5). Por lo tanto, es cierto que él tenía una “vida aparte de la Ley” (Rom. 7:9), pero no una vida perfecta ni intachable como la de Cristo, sino una vida contaminada con el trapo de inmundicia de su Justicia propia (Fil. 3:9). Luego, él mismo confesó: “Se me hizo evidente que el mismo mandamiento que debía darme vida me llevó a la muerte; porque el pecado se aprovechó del mandamiento (la Ley), me engañó, y por medio de él me mató” (Rom. 7:10,11, NVI). Con esta declaración el Apóstol no niega la vigencia de la Ley, ni sostiene como muchos en la actualidad que es útil en el Plan de Salvación, pues su conclusión después de decir esto es: “Concluimos, pues, que la Ley es santa, y que el mandamiento es santo justo y bueno” (v. 12). Esta es la conclusión del gran Apóstol. Su declaración en los versos 10 y 11 es sumamente interesante. Él reconoce que aquella Ley en la que él se había fijado como el medio de obtener “la vida” o la justicia y la salvación, resultó para muerte, pues descubrió que la estaba usando de forma incorrecta. Se fijó en la Ley como el medio para que los hombres fueran salvos al margen de Cristo, el verdadero Salvador del pecado y la muerte. En este pasaje de Filipenses Pablo personifica el pecado como un ser inteligente que viendo su confusión lo animó a seguir hacia delante para tan sólo atraparlo al final del camino y matarlo. Pero Dios, por medio de la misma Ley lo condujo a Cristo (cf. Gál. 3:24) para que fuera justificado por la Fe. ¡Libre al fin! Durante su vida de fariseo, Pablo no vislumbraba que todos los seres humanos al igual que él necesitan un Salvador de todos los aspectos del pecado, ya que no existe en la naturaleza humana fuerza alguna que lo lleve a la obediencia de la Ley como Cristo puede hacerlo. Descubrió además que Cristo, ni siquiera es un “instrumento” para lograr la obediencia perfecta de la Ley y así estar listo para la gloria; sino que entendió que al aceptar a Cristo, el cristiano entra en un intercambio de cosas con Él. Deponemos nuestra “justicia propia” que es “por [medio de la obediencia de] la Ley” como “trapos de inmundicia”, para “ser hallado en Él” y en su justicia “la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil. 3:9). Nuestra justicia, desde esta óptica, no es entonces el fruto de nuestra obediencia perfecta a la Ley de Dios, sino el fruto de la fe que trae a Cristo y su justicia a nuestros corazones. Esto que entendió el gran Apóstol en relación con la Ley fue lo que debió experimentar la nación hebrea y no lo hizo. Se concentró en la Ley como el medio de reconciliación y obtención de la justicia en lugar de mirar a Cristo a quien la misma Ley la estaba llevando día a día (cf. Gál. 3:24). Por esto dice la Escritura: “Israel, que seguía la Ley de justicia, no alcanzó la justicia. ¿Por qué? Porque no la seguían por la fe, sino por las obras. Por eso tropezaron en la piedra de tropiezo [Cristo]” (Rom. 9:31,32). Y con esta misma “piedra de tropiezo” chocaremos nosotros si no aprendemos la lección y seguimos desdeñando el “precioso mensaje” de la Justificación por la Fe.
c-     Otro detalle interesante que aparece en nuestro texto es que donde “no hay Ley tampoco hay transgresión”. Recuerde que la palabra “transgresión” es la misma que usa el apóstol Juan en su primera carta en el cap. 3:4. “Transgresión” es la palabra que revela el pecado como rebelión deliberada y consciente contra la Ley. Si todos somos contados por transgresores, es evidente que existe una Ley. Por consiguiente, el surgimiento del pecado implica una disconformidad contra una Ley existente. En este caso la santa y eterna Ley de Dios, que es el fundamento de su gobierno en todo el Universo y un reflejo perfecto de su carácter.
 
          Por lo que hemos estudiados hasta aquí es claro que el pecado implica una rebelión deliberada en contra del principio eterno del amor de Dios plasmado en su santa y justa Ley. El pecado es una propuesta diabólica que invita a las criaturas de Dios a vivir al margen de su Ley, de su voluntad y sus principios de verdad y justicia. Una rebelión tal tiene que ser borrada de la faz de la tierra si se ha de restablecer la justicia perdurable por los siglos de la eternidad. Por lo tanto, es inaceptable a la luz del mensaje bíblico la propuesta de que la muerte de Cristo anuló la Ley de los Diez Mandamientos, pues esta es una idea dislocada que se niega a reconocer ante la evidencia de la Palabra que no puede haber paz duradera ni verdadera libertad al margen de la Ley. La verdadera liberta es aquella que se disfruta libremente dentro de los límites que la Ley impone. No somos dioses, sino criaturas dependientes de nuestro amante Creador. Es nuestro privilegio aprender lo que significa vivir y ser felices bajo su señorío. Él nos invita a hacerlo.

Véase el artículo: La problemática del Pecado -I

Referencias:
1-  Elena White, Patriarcas y Profetas, pág. 11.
2 ------------, Ibíd.
3 ------------, El Conflicto de los Siglos, pág. 738.
   
 

I N I C I O