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Apoc. 14:8 y 18:1-5
Mensaje del segundo ángel.
Se repite en el mensaje del 4º ángel: es el último mensaje; no
hay otro después de él.
Dice en esencia: ‘Salid de Babilonia’ (en sentido espiritual)
·
Es una amonestación divina a que su pueblo se mantenga separado de
Babilonia.
·
Es también un mensaje que hemos de dar a personas que están aún en
Babilonia, a fin de que salgan de ella. Son personas a las que Dios ve
ya como "pueblo mío".
Cuanto más cerca estamos del fin, más importante es comprender en qué
consiste Babilonia. ¿De dónde, o de qué hay que salir? ¿Qué es lo que
hay que evitar?
Si leéis el libro ‘El conflicto de los siglos’, comprenderéis que
Babilonia es una institución compuesta por una madre y por sus
hijas. La identificación es inequívoca. Es exactamente tal como el libro
dice, y os animo encarecidamente a que lo leáis. Cuanto más avanza el
tiempo, más actualidad tiene su mensaje. No basta con "haberlo leído": ¡El
Conflicto siempre hay que leerlo otra vez!
Ahora bien, podemos conformarnos identificando a Babilonia con
una institución -o con varias-, y pasarnos desapercibida la
esencia de lo que constituye Babilonia. Podemos dormitar confiados
en que poseemos algún tipo de inmunidad a Babilonia, puesto que no
pertenecemos a ella como institución.
Pero hay un problema:
En Apoc. 17:5 y 6 leemos que: "[tiene] En su frente un nombre
escrito: ‘Misterio, Babilonia la grande, la madre de las fornicaciones y
de las abominaciones de la tierra’. Y vi a la mujer embriagada de la
sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús: y cuando
la vi, quedé maravillado de grande admiración".
¡Y quién no se sorprende! Es un poder perseguidor formidable. Es lo
opuesto a Dios: simboliza la capital del reino del mal de Satanás, así
como la Jerusalén celestial es capital del reino de Dios. La profecía la
presenta como ebria de la sangre de los mártires.
Pero en Apocalipsis 18, cuando describe la destrucción de
Babilonia, especifica más, y da un detalle muy importante (vers. 24):
"En ella fue hallada la sangre de los profetas y de los santos, y
de todos los que han sido muertos en la tierra".
En Babilonia se encuentra toda la sangre derramada en la tierra, pero se
cita a un grupo especial: "la sangre de los profetas".
¿Quién mató a los profetas?
¿Fueron los filisteos, los caldeos, los egipcios, los asirios...?
La Biblia especifica que al llegar el día de su ajuste de cuentas, la
sangre de los profetas se encuentra en Babilonia. Pero, ¿quién mató a
los profetas? ¿Podemos dejar que sea el propio Jesús quien responda?
Mat. 23:37:
"¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a
los que son enviados a ti!"
El texto no dice que Jerusalén sea Babilonia, ni que lo fuese jamás,
pero queda claro que Jerusalén no fue inmune, no es inmune al
espíritu de Babilonia, puesto que cedió a la persecución, que es el
fruto amargo y constante que acompaña invariablemente a Babilonia.
Nuestro objetivo hoy no es identificar a Babilonia, la institución,
sino identificar cuál es el principio fundamental que define a
Babilonia; cuál es la característica básica y esencial, a fin de "salir
de ella". Puesto que Babilonia representa lo opuesto a Dios,
comprenderla correctamente nos ayudará a conocer mejor el camino del
Señor, camino al que debemos invitar a quienes demos el mensaje del
segundo y del cuarto ángeles de Apocalipsis.
Leemos que "ha caído Babilonia". Para comprender en qué consiste ese
estado de caída espiritual de Babilonia, hay que analizar cómo cayó
la Babilonia literal.
Encontramos los antecedentes de esa caída en la Escuela Sabática de esta
semana.
En el capítulo 4 de Daniel, Nabucodonosor, rey de Babilonia, da
testimonio personal de su conversión. El propio rey refiere su
fascinante experiencia. Relata su sueño, la interpretación de Daniel, y
su cumplimiento, pero sobre todo la causa de todo ello.
Ved cuál era el espíritu del monarca, en el versículo 30 (el
espíritu de Babilonia):
"Habló el rey y dijo: ¿No es ésta la gran Babilonia, que yo
edifiqué para casa del reino, con la fuerza de mi poder, y
para gloria de mi grandeza?"
Le costó andar siete años como los animales y ser temporalmente
desposeído de su razón, pero aceptó la lección. La gloria del hombre fue
abatida hasta el polvo, se humilló, y aunque no disponía del libro de
Apocalipsis, oyó el mensaje de los tres ángeles cuando confesó (vers.
37):
"Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del
cielo [ya no se engrandecía a sí mismo, no pensaba en su gloria,
sino en la gloria de Dios], porque todas sus obras son verdad, y sus
caminos juicio; y humillar puede a los que andan con soberbia". Como ya
predecía el sueño profético del rey (vers. 26), no se trataba aún
de la caída de Babilonia, sino de una advertencia divina, que fue
recibida con provecho por aquel gran monarca. En Jeremías 25:9,
Dios lo llama así: "Nabucodonosor, rey de Babilonia, mi siervo".
Espiritualmente hablando, el que antes fuera orgulloso rey de Babilonia,
había "salido de Babilonia". Aunque físicamente permaneciera allí, había
cambiado de capital: ahora pertenecía a la Nueva Jerusalén, y allí lo
encontraremos en el día anhelado.
Pero el capítulo 5 de Daniel –objeto de estudio de la Escuela
Sabática de la próxima semana-, nos introduce otra escena, que tiene
lugar unos 30 años más tarde. El protagonista es Belsasar, nieto de
Nabucodonosor.
(v. 1): Estaba "celebrando".
(vv. 1-4): La celebración consistía en una fiesta sacrílega en la
que se profanaron con altanería y desafío los vasos de uso sagrado
sustraídos del templo de Dios.
(v. 5): aparece aquella mano misteriosa que escribe en lo
encalado de la pared, y que hace que el rey se ponga a temblar (MENE
MENE TEKEL UPHARSIN).
Una vez más se llama a Daniel para declarar el significado de aquel
mensaje críptico que anunciaba precisamente la caída de Babilonia.
Pero antes de eso, Daniel hizo saber a Belsasar cuál fue la causa
de la caída:
(vv. 18-21): Daniel recuerda a Belsasar la experiencia de su
abuelo, Nabucodonosor. Leemos en el vers. 20: "Mas cuando su
corazón se ensoberbeció, y su espíritu se endureció con altivez, fue
depuesto del trono de su reino..."
(vv. 22 y 23): "Y tú, su hijo Belsasar, no has humillado tu
corazón, sabiendo todo esto: antes contra el Señor del cielo te
has ensoberbecido, e hiciste traer delante de ti los vasos de su casa, y
tú y tus príncipes, tus mujeres y tus concubinas, bebisteis vino
en ellos..."
Belsasar empleó las cosas sagradas, dedicadas a dar gloria a Dios, para
su propia gloria y exaltación. ¿Veis en qué consiste el vino que
Babilonia ha dado de beber a todas las naciones? Es el vino de la
exaltación del yo, el vino del engrandecimiento personal. Contra eso nos
advierte el mensaje de los tres ángeles.
(vv. 30 y 31): "La misma noche fue muerto Belsasar, rey de los
Caldeos. Y Darío de Media tomó el reino".
Y se cumplió Proverbios 16:18: "Antes del quebrantamiento es la
soberbia; y antes de la caída la altivez de espíritu".
En Apocalipsis 14:8 hemos leído que Babilonia ha dado de beber a
todas las naciones su ideología, ese principio básico sobre el que
opera Babilonia, y así, si vamos a la cadena profética que presenta la
visión de Daniel junto al río Ulai (cap. 8):
(vv. 3 y 4): carnero (Medo-Persia): "engrandecíase"
(vv. 5-8): macho cabrío (Grecia): "engrandecióse"
(vv. 9-11): cuerno pequeño (Roma): "engrandecióse hasta el
ejército del cielo", "aun contra el príncipe de la fortaleza se
engrandeció".
En la visión junto al río Hidekel (cap. 10 y 11 de Daniel) se
repite lo mismo:
Dan. 11:36, hablando de ese mismo poder, representado por el
cuerno pequeño: "el rey hará a su voluntad, y se ensoberbecerá, y se
engrandecerá sobre todo dios, y contra el Dios de los dioses hablará
maravillas..."
O si lo preferís en el lenguaje del Nuevo Testamento (2 Tes. 2:3 y 4),
"apostasía, hombre de pecado, hijo de perdición... se asiente en el
templo de Dios como Dios, haciéndose parecer Dios".
Eso no es nuevo. Ya hubo uno en la historia, retrocediendo tan atrás
como el registro bíblico nos lo permite, uno que quiso encumbrarse y
ser como Dios. Naturalmente, esas intenciones iban camufladas bajo
una apariencia de adoración a Dios.
Culto a Baal: el engaño (¿autoengaño?) de la adoración al yo, camuflada
como adoración a Dios. Servicio al yo, presentado como servicio a Dios.
(Isaías 14:13 y 14): "Tú que decías en tu corazón: Subiré al
cielo, en lo alto junto a las estrellas de Dios ensalzaré mi solio, y en
el monte del testimonio me sentaré, a los lados del aquilón; sobre las
alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo".
La primera torre de Babel no se edificó en esta tierra. Se edificó piso
a piso en el cielo, en la mente de Lucifer, y eso sucedió junto al trono
de Dios. Sabemos que se trata de la rebelión de Lucifer, pero ¿sabéis
cómo lo identifica la Biblia? Vedlo en el versículo 4:
"el rey de Babilonia".
Satanás es el rey de Babilonia, y su principio fundamental es el amor y
la exaltación del yo, que usurpa y ocupa el lugar de Dios. En el corazón
de Babilonia está el "yo".
Mat. 16:21-24:
Cuando Jesús anunció a sus discípulos sus sufrimientos y su muerte,
Pedro reconvino así al Señor: ¡no permitas que te suceda eso!, que es
como decirle: ¡ámate a ti mismo! El Señor le respondió: "Quítate de
delante de mí, Satanás". Luego añadió: "Si alguno quiere venir en pos de
mí, niéguese a sí mismo". Pedro estaba siendo un instrumento del
rey de Babilonia, y Jesús estaba virtualmente respondiendo: "Salid de
Babilonia". Es el mensaje que repetirían los ángeles al apóstol Juan en
Patmos, una vez que Jesús hubiera ascendido.
En 2 Tim. 3:2 leemos que en los postreros días vendrían tiempos
peligrosos, debido a que habría hombres perversos, aunque con apariencia
de piedad. Encabezando la lista, figura esta característica: "amadores
de sí mismos". Los amadores de sí mismos tienen "apariencia de
piedad", pero:
"El que se ama a sí mismo es un transgresor de la ley" (PVGM
323).
Todo el mundo vive hoy bajo ese principio, el de amarse a uno mismo, el
de confiar en el yo, la búsqueda del beneficio propio, adular y recibir
adulación, la promoción personal, el reforzamiento del "ego".
Eso no es monopolio de ninguna institución. Es un principio que
nuestros primeros padres permitieron que Satanás introdujera en la raza
humana, e infiltra nuestra propia naturaleza.
Encontrado en la Guía personal abreviada de procedimientos de un médico
de guardia joven:
"Autoestima:
Soy consciente de que soy una [persona] [fabulosa]
Tengo grandes valores
Puedo conseguir lo que me propongo
Cuando llegue a la meta intentaré ser humilde
Pero ahora la inseguridad no me beneficia en nada.
Repetirlo cada 8 horas, 3 veces, frente al espejo".
La sociedad actual trata sus males con esa medicina, que podríamos
llamar "extracto de Babilonia". El mundo en el que vivimos valora la
afirmación personal, la confianza propia, el orgullo de sí, el amarse a
uno mismo. La humildad y la negación del yo no son valores
apreciados en el mundo competitivo de hoy. Lo digo con todo respeto:
creo que el Señor Jesús no habría obtenido buenas calificaciones en las
pruebas psicotécnicas que nos hacen cuando aspiramos a un puesto
en el mercado del trabajo, porque parte de lo que valoran esos
cuestionarios es nuestro amor al yo, y Jesús no se distinguió por eso,
puesto que si se hubiera amado a sí mismo tenía tiempo para quedarse en
el cielo, en lugar de venir a salvarnos.
Pero en Fil. 2:5-8, leemos:
"Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús:
el cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a
Dios: sin embargo, se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho
semejante a los hombres; y hallado en la condición de hombre se humilló
a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz".
La idea de Babilonia del amor y exaltación del "yo" es una perversión
del sublime principio divino. Es un desafío al gobierno de Dios,
gobierno que está basado en su carácter de amor abnegado, un amor que se
humilla, que no duda en sacrificarse. Vemos la negación del yo
manifestada en el don eterno de su Hijo unigénito a los hombres, el
principio de la cruz que caracteriza al evangelio eterno. Es lo
contrario a la torre de Babel: no trepa, sino que desciende
(condesciende). Leemos en 1 Cor. 13:5 que "el amor...no busca lo
suyo".
El mensaje de los tres ángeles pone en contraste la adhesión a ese
principio del amor abnegado de Dios, versus la aceptación del principio
satánico: esa perversión en la que el amor confunde su objeto, y en
lugar de amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a sí
mismo, se ama uno a sí mismo. Es la complacencia del "ego", el egoísmo,
el engrandecimiento del yo.
Todo ídolo y toda idolatría es en realidad una forma de adoración al
"yo", y debido a la paternidad de ese principio, es una forma de
adoración a Satanás.
·
Marca de la bestia:
principio de la exaltación del yo (Apoc. 13:8).
·
Sello de Dios:
principio del amor abnegado, principio de la negación del yo,
principio de "la cruz" (Apoc. 14:1).
El CBA vol. 7, Comentarios de E. White sobre Apoc. 7,
que trata del sello de Dios:
"¿Qué es el sello del Dios viviente que se coloca en las frentes de los
suyos? Es una marca que pueden leer los ángeles, pero no los ojos
humanos, pues el ángel destructor debe ver esa marca de redención. La
mente inteligente ha visto la señal de la cruz del Calvario en
los hijos y las hijas que el Señor ha adoptado" (p. 980).
¿No tiene que ver con el sábado, y el domingo como falso día de reposo?
–Ciertamente.
·
Domingo:
hijo de una institución humana que, en demostración de su propia
exaltación y autoridad, cambió el verdadero día de reposo y adoración
instituido por el Señor, poniendo en su lugar uno falso instituido por
el hombre (de pecado) en homenaje al sistema religioso que representa.
Es una perfecta expresión y símbolo de la exaltación del yo, del
"engrandecimiento" humano. Leemos en Daniel 7:25: "hablará palabras
contra el Altísimo... pensará en mudar los tiempos y la ley", y en 8:9 y
10: "se engrandeció hasta el ejército del cielo... aún contra el
príncipe de la fortaleza se engrandeció".
·
Sábado:
es el reposo del creyente, el reposo de la fe en la obra perfecta del
Señor Jesús, en la creación y en la redención. No es la exaltación de la
obra del hombre, puesto que la institución del sábado como día de reposo
no es obra del hombre, sino de Dios. Quien guarda el sábado de Dios
expresa su humildad al poner toda su confianza en la obra de Dios. El
sábado es el perfecto símbolo de la entrega y sumisión del creyente a su
Creador y Salvador Jesús. Quien guarda el sábado del Señor, da fe de que
su salvación es por la sola gracia, y la recibe por la sola fe,
de acuerdo con lo que dice la sola Escritura.
En el terreno espiritual, la expresión máxima de la exaltación del yo es
la salvación por las obras, en sus innumerables versiones, casi
todas ellas pretendiendo ser "justificación por la fe". Por
contraste, la auténtica justificación por la fe en el Redentor
lleva el sello de la cruz, y es lo opuesto a la exaltación del yo
propia de Babilonia. Es la humildad, en contraposición con el orgullo.
"Varias personas me han escrito preguntando si el mensaje de la
justificación por la fe es el mensaje del tercer ángel, y les he
respondido: ‘Es ciertamente el mensaje del tercer ángel’" (Ev:
143).
"¿Qué es la justificación por la fe? Es la obra de Dios que
abate en el polvo la gloria del hombre, y hace por el hombre lo que
este no puede hacer por sí mismo" (TM: 456).
La justificación por la fe abate en el polvo la gloria del hombre,
mientras que Babilonia edifica el "ego" para gloria del hombre.
¿Significa lo anterior que en el reino de Dios desaparece la
autoestima? ¡No! Pero tiene un sentido distinto: tiene como única
base el que hemos sido creados y redimidos por Cristo –es decir, el amor
que Dios tiene por nosotros-, y eso no nos distingue, no nos exalta,
sino que nos hace iguales a todos los componentes de la raza humana.
Cuando basamos nuestra autoestima en algo que nosotros hemos
logrado, en algún pretendido mérito personal que nos distingue
de otros, en ese punto tenemos el mismo problema que hizo que Lucifer se
convirtiera en Satanás, aunque no lo estemos repitiendo cada 8 horas
delante del espejo, y aunque estemos al lado del altar de Dios. Estamos
confiando en la carne, y necesitamos hacer lo mismo que nuestro padre
Abraham, uno de los primeros que oyó el mensaje: "sal de Babilonia" (Ur
de los caldeos), y aprendió a vivir humildemente en la senda de la fe,
desconfiando de la carne y confiando enteramente en toda palabra que
sale de la boca de Dios.
Terminamos con la lectura de un fragmento de la predicación de uno de
los pastores que el Señor eligió para presentar el mensaje de la
justificación por le fe en el contexto del tiempo del fin, tal como
aparece en el General Conference Daily Bulletin nº 18, p. 129
-Asamblea de la Asociación General de 1893-. Es una alegoría del gran
Día que esperamos:
"En ese día habrá dos grupos. Ante la puerta cerrada, algunos querrán
entrar, y dirán: -'Señor, ábrenos; queremos entrar'. Alguien les
preguntará: '¿Qué habéis hecho para entrar aquí? ¿Qué derecho tenéis
para entrar en la heredad?'
-'Te conocemos bien. Hemos comido y bebido en tu presencia; tú has
enseñado en nuestras calles. Sí. Además, hemos profetizado en tu nombre,
y en tu nombre hemos echado demonios, y hemos hecho muchas maravillas.
Señor, ¿no es esa evidencia suficiente? Ábrenos la puerta'.
¿Cuál es la respuesta? "Apartaos de mí, obradores de maldad". ¿Cuáles
fueron sus razones? Nosotros hemos hecho muchas y grandes cosas.
Nosotros somos buenos. Nosotros somos justos. Ábrenos la
puerta.
Pero allí de nada vale el 'nosotros'.
Habrá otra compañía en ese día, una gran multitud que nadie puede
contar, de entre toda nación, tribu, pueblo y lengua, dispuesta a entrar
por las puertas. Y si alguien les pregunta, '¿Qué habéis hecho para
entrar aquí? ¿Qué derecho tenéis para entrar en la heredad?', su
respuesta será:
-Oh, no he hecho nada en absoluto para merecerlo. Soy un pecador,
dependiendo sólo de la gracia del Señor. Era tan desgraciado, tan
rematadamente cautivo, estaba en tal esclavitud, que nadie hubiese
podido librarme, excepto el Señor mismo; tan miserable que todo
cuanto podía hacer era tener al Señor siempre a mi lado para consolarme;
tan pobre fui que tuve que pedir constantemente al Señor; tan
ciego que sólo el Señor pudo hacerme ver; tan desnudo que
nadie pudo vestirme, sino el Señor mismo: Todo cuanto puedo aducir es lo
que Jesús ha hecho por mí. Pero el Señor me ha amado. Cuando en mi
desesperación clamé, él me libró; cuando en mi miseria busqué amparo, él
me consoló sin cesar; cuando en mi pobreza le pedí, él me dio riquezas;
cuando en mi ceguera le pedí que me mostrara el camino, él me llevó a
todo lo largo de la senda, y me hizo ver; cuando estuve tan desnudo que
nadie podía vestirme, me dio este manto que llevo puesto; y así, todo
cuanto puedo presentar, lo único que me permite la entrada, es nada más
que lo que él hizo por mí. Si eso no es suficiente, entonces me quedaré
sin entrar, y eso me parecerá justo. Si soy dejado fuera, no tengo
ninguna queja que hacer, pero ¡Oh!, ¿acaso eso no me dará entrada en la
heredad?
Pero una voz dice: 'Hay personas muy particulares aquí, y querrían estar
satisfechas con cada uno de los que entren aquí. Tenemos a diez
examinadores. Cuando consideran a un hombre y dan el visto bueno,
entonces puede pasar. ¿Estáis dispuestos a que examinen vuestro caso?'
Entonces responderemos: -‘Sí, sí. Estoy dispuesto a pasar el examen que
sea necesario, puesto que incluso si soy dejado fuera, no tendré queja
alguna: dejado a mí mismo, estoy perdido de todas maneras'.
'Está bien, llamaremos a los diez'. Al llegar estos, exclaman: -‘Sí,
estamos perfectamente satisfechos con él. La liberación que obtuvo de su
esclavitud es la que trajo nuestro Señor; el consuelo que siempre tuvo,
y que tanto necesitó, es el que dio nuestro Señor; las riquezas que
posee, todo cuanto posee, pobre como estaba, es lo que nuestro Señor le
dio; y la vista que recibió en su ceguera, es la que el Señor le dio, y
sólo ve lo que es del Señor; y desnudo como estaba, esta vestidura que
lleva es la que el Señor le dio: el Señor la tejió, es toda ella divina.
Es sólo Cristo. Sí. ¡Que entre!’
[En ese momento, de forma espontánea, dos o tres en la sala se pusieron
en pie, y comenzaron a entonar un himno, al que toda la congregación se
añadió en seguida. La letra dice así: "Jesús pagó el precio / todo lo
debo a él / el pecado había dejado una mancha carmesí / él la hizo
blanca como la nieve"]
Entonces, hermanos, sobre las puertas se oirá una voz como el canto más
dulce que se pueda imaginar, la voz llena de simpatía y compasión del
Salvador, diciendo: ‘¡Venid, benditos de mi Padre! ¿Por qué estáis
fuera?’ Y las puertas se abrirán de par en par, y "de esta manera os
será concedida amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro
Señor y Salvador Jesucristo" (2 Ped. 1:11).
Amén. |