La Santificación por la Fe
   
  Por: Héctor A. Delgado
   
 

Con lo que hemos estudiado hasta aquí sobre la doctrina de la Justificación por la Fe, estamos listos para analizar la experiencia de la Santificación por la Fe y su relación con la justificación. Es necesario saber que ambas experiencias constituyen la doctrina de la Justicia por fe. Según el apóstol Pablo la santificación es el fruto inevitable de haber sido “libertado del pecado y ser hechos siervos de la justicia” (ser justificado por la Fe) (Rom. 6:22). Miremos la doctrina de la Santificación por la Fe en forma de comparación con la Justificación por la Fe.  

En Primer Lugar. La Justificación por la Fe tiene que ver con la imputación de la justicia de Cristo (justicia imputada), como fruto de nuestra unión con Él (1 Cor. 1:30). La Santificación por la Fe tiene que ver con el impartimiento (justicia impartida) de la misma justicia de Cristo (Rom. 6:18,22). 

En Segundo Lugar. Por medio de la Justificación por la Fe estamos legalmente justos delante de Dios (Rom. 3:21-26; Fil. 3:9). Por medio de la Santificación por la Fe Dios hace posible que vivamos siendo justos en nuestro diario vivir (Efe. 2:10). 

En Tercer Lugar. La Justificación por la Fe es meritoria, es decir, califica al creyente para el cielo ahora y en el juicio. Es su “pasaporte” para la eternidad (Col. 2:10; Juan 3:15-16). Por su lado, la Santificación por la Fe hace idóneo para la morada celestial al creyente que se ha unido con Cristo por la fe. Gracias a la Santificación por la Fe el creyente justificado alcanza a vivir aquí en la tierra la calidad de vida que existirá en el cielo y la tierra nueva (Rom. 8:14-17). 

En Cuarto Lugar. Por medio de la Justificación por la Fe el don del Espíritu Santo es derramado en nosotros y se entroniza el amor de Dios en nuestros corazones (Rom. 5:5). La Santificación por la Fe hace que este amor se exprese hacia Dios y el prójimo (Juan 13:34-35). 

En Quinto Lugar. La Justificación por la Fe es la obra de un momento (Hech. 13:38,39; Rom. 5:1). Pero la Santificación por la Fe es una obra permanente que dura toda la vida (Rom. 6:4; Fil. 3:12-16). 

En Sexto Lugar. Por medio de la experiencia de la Justificación por la Fe Dios cambia el corazón del creyente de egocéntrico a cristocéntrico produciendo en él el nuevo nacimiento (Juan 3:3-5). Por medio de la experiencia de la Santificación por la Fe Dios lleva a feliz término la obra que empezó (Fil. 1:6). Desde esta perspectiva, la Santificación por la Fe es la profundización y siempre creciente experiencia de la Justificación por la Fe

Aclarando ideas erróneas

Antes de concluir esta sección debemos aclarar brevemente algunas cosas que causan confusión en la mente de muchos cristianos. Una de ella es la que sostiene que cada vez que una persona comete algún tipo de pecado pierde el privilegio de la Justificación por la Fe.

Una cosa es cierta, nuestros pecados hieren profundamente a Cristo y lo ofenden grandemente al representarlo mal delante de quienes nos miran (Heb. 6:6). Cada pecado nuestro por pequeño que sea estuvo implicado en su muerte. Pero el amor de Cristo es grande por nosotros, es un amor que "no se irrita, [y] no lleva cuentas del mal” (1 Cor. 13:5). Además su puro amor “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo soporta, todo lo espera” (vers. 7). El Espíritu de Profecía nos dice al respecto:  

“Hay quienes han conocido el amor perdonador de Cristo y desean realmente ser hijos de Dios; sin embargo, reconocen que su carácter es imperfecto y su vida defectuosa, y están propensos a dudar de que sus corazones hayan sido regenerados por el Espíritu Santo. A los tales quiero decirles que no se abandonen a la desesperación. Tenemos a menudo que postrarnos y llorar a los pies de Jesús por causa de nuestras culpas y errores; pero no debemos desanimarnos. Aun si somos vencidos por el enemigo, no somos arrojados, ni abandonados, ni rechazados por Dios. ¡No! Cristo está a la diestra de Dios e intercede por nosotros”.1 

Al promover la idea de que cada pecado nos quita el privilegio de la justificación, damos la impresión de estar enseñando que retenemos la justificación en nuestro diario vivir por nuestra obediencia, que es lo que Cristo hace en nosotros y no por lo que Él ya hizo en la cruz a nuestro favor. Evidentemente debemos ser obedientes a la voluntad de Dios diaria y continuamente, pero la justificación, tanto como la santificación, se experimentan por la fe solamente; por “la fe que actúa por medio del amor”, no por fe más obras (Gál. 5:6). Lo que sí separa al alma de Dios e interrumpe la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones, es el pecado cometido y no confesado aunque haya sido cometido involuntariamente. La resistencia a la convicción del Espíritu separa finalmente al alma de Dios y su amor perdonador y transformador. Pero esto es fruto de la iniciativa humana, no divina.

Otra idea inquietante está relacionada con la expresión “la santificación es obra de toda la vida”. Muchos la entienden como que la santificación es una obra que se toma “toda la vida”. Pero esta no es la idea contenida en esta declaración. Esta declaración realmente implica que la santificación es una obra diaria como el comer es una obra de cada día. Si no comes hoy, estás débil para mañana. Y así sucesivamente.

La vida que Dios “ha preparado de antemano” (Efe. 2:10) para cada creyente es “Cristo en mi” viviendo por la fe su vida perfecta de obediencia. Esto es lo que la Escritura llama “la esperanza de gloria” (Col. 1:27).

          La obra de Dios no termina en la Justificación, esto es sólo el comienzo. El propósito de Dios es llevar a feliz término la obra de transformación que ejecutó en el creyente en la experiencia de la Justificación por la Fe por medio de la Justicia imputada de Cristo. Esto se logra a través del proceso de la santificación. Además la santificación le permite a Dios hacer en el creyente lo que hizo en Cristo: Vivir una vida que honre y glorifique su nombre.
 
 Véase información adicional sobre el tema de la Santificación por fe en el artículo
La Justificación y la Santificación por la Fe
 
Referencias: 
1- Elena de White, El Camino a Cristo, p. 25, las cursivas son nuestras.
 

I N I C I O