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Con lo que hemos estudiado hasta aquí sobre la doctrina de la
Justificación por la Fe, estamos listos para analizar la experiencia de la
Santificación por la Fe y su relación con la justificación. Es necesario
saber que ambas experiencias constituyen la doctrina de la Justicia por
fe. Según el apóstol Pablo la santificación es el fruto inevitable de
haber sido “libertado del pecado y ser hechos siervos de la justicia” (ser
justificado por la Fe) (Rom. 6:22). Miremos la doctrina de la
Santificación por la Fe en forma de comparación con la Justificación por
la Fe.
En Primer Lugar.
La Justificación por la Fe tiene que ver con la imputación de la justicia
de Cristo (justicia imputada), como fruto de nuestra unión con Él
(1 Cor. 1:30). La Santificación por la Fe tiene que ver con el
impartimiento (justicia impartida) de la misma justicia de Cristo (Rom.
6:18,22).
En Segundo Lugar.
Por medio de la Justificación por la Fe estamos legalmente justos delante
de Dios (Rom. 3:21-26; Fil. 3:9). Por medio de la Santificación por la Fe
Dios hace posible que vivamos siendo justos en nuestro diario vivir (Efe.
2:10).
En Tercer Lugar.
La Justificación por la Fe es meritoria, es decir, califica al
creyente para el cielo ahora y en el juicio. Es su “pasaporte” para la
eternidad (Col. 2:10; Juan 3:15-16). Por su lado, la Santificación por la
Fe hace idóneo para la morada celestial al creyente que se ha unido
con Cristo por la fe. Gracias a la Santificación por la Fe el creyente
justificado alcanza a vivir aquí en la tierra la calidad de vida que
existirá en el cielo y la tierra nueva (Rom. 8:14-17).
En Cuarto Lugar.
Por medio de la Justificación por la Fe el don del Espíritu Santo es
derramado en nosotros y se entroniza el amor de Dios en nuestros corazones
(Rom. 5:5). La Santificación por la Fe hace que este amor se exprese hacia
Dios y el prójimo (Juan 13:34-35).
En Quinto Lugar.
La Justificación por la Fe es la obra de un momento (Hech. 13:38,39; Rom.
5:1). Pero la Santificación por la Fe es una obra permanente que dura toda
la vida (Rom. 6:4; Fil. 3:12-16).
En Sexto Lugar.
Por medio de la experiencia de la Justificación por la Fe Dios cambia el
corazón del creyente de egocéntrico a cristocéntrico produciendo en él el
nuevo nacimiento (Juan 3:3-5). Por medio de la experiencia de la
Santificación por la Fe Dios lleva a feliz término la obra que empezó
(Fil. 1:6). Desde esta perspectiva, la Santificación por la Fe es la
profundización y siempre creciente experiencia de la Justificación por la
Fe.
Aclarando ideas erróneas
Antes de concluir esta sección debemos aclarar brevemente algunas cosas
que causan confusión en la mente de muchos cristianos. Una de ella es la
que sostiene que cada vez que una persona comete algún tipo de pecado
pierde el privilegio de la Justificación por la Fe.
Una cosa es cierta, nuestros pecados hieren profundamente a Cristo y lo
ofenden grandemente al representarlo mal delante de quienes nos miran (Heb.
6:6). Cada pecado nuestro por pequeño que sea estuvo implicado en su
muerte. Pero el amor de Cristo es grande por nosotros, es un amor que "no
se irrita, [y] no lleva cuentas del mal” (1 Cor. 13:5). Además su puro
amor “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo soporta, todo lo espera” (vers.
7). El Espíritu de Profecía nos dice al respecto:
“Hay quienes han conocido el amor perdonador de Cristo y desean realmente
ser hijos de Dios; sin embargo, reconocen que su carácter es imperfecto y
su vida defectuosa, y están propensos a dudar de que sus corazones hayan
sido regenerados por el Espíritu Santo. A los tales quiero decirles que
no se abandonen a la desesperación. Tenemos a menudo que postrarnos y
llorar a los pies de Jesús por causa de nuestras culpas y errores; pero no
debemos desanimarnos. Aun si somos vencidos por el enemigo,
no somos arrojados, ni abandonados, ni rechazados por Dios. ¡No!
Cristo está a la diestra de Dios e intercede por nosotros”.1
Al promover la idea de que cada pecado nos quita el privilegio de la
justificación, damos la impresión de estar enseñando que retenemos la
justificación en nuestro diario vivir por nuestra obediencia, que es lo
que Cristo hace en nosotros y no por lo que Él ya hizo en la cruz a
nuestro favor. Evidentemente debemos ser obedientes a la voluntad de Dios
diaria y continuamente, pero la justificación, tanto como la
santificación, se experimentan por la fe solamente; por “la fe que actúa
por medio del amor”, no por fe más obras (Gál. 5:6). Lo que sí separa al
alma de Dios e interrumpe la obra del Espíritu Santo en nuestros
corazones, es el pecado cometido y no confesado aunque haya sido cometido
involuntariamente. La resistencia a la convicción del Espíritu separa
finalmente al alma de Dios y su amor perdonador y transformador. Pero esto
es fruto de la iniciativa humana, no divina.
Otra idea inquietante está relacionada con la expresión “la santificación
es obra de toda la vida”. Muchos la entienden como que la santificación es
una obra que se toma “toda la vida”. Pero esta no es la idea contenida en
esta declaración. Esta declaración realmente implica que la santificación
es una obra diaria como el comer es una obra de cada día. Si no comes hoy,
estás débil para mañana. Y así sucesivamente.
La vida que Dios “ha preparado de antemano” (Efe. 2:10) para cada creyente
es “Cristo en mi” viviendo por la fe su vida perfecta de obediencia. Esto
es lo que la Escritura llama “la esperanza de gloria” (Col. 1:27).
La obra de Dios no termina en la Justificación, esto es sólo
el comienzo. El propósito de Dios es llevar a feliz término la obra de
transformación que ejecutó en el creyente en la experiencia de la
Justificación por la Fe por medio de la Justicia imputada de Cristo.
Esto se logra a través del proceso de la santificación. Además la
santificación le permite a Dios hacer en el creyente lo que hizo en
Cristo: Vivir una vida que honre y glorifique su nombre.
Véase
información adicional sobre el tema de la Santificación por fe en el
artículo
La Justificación y la Santificación
por la Fe
Referencias:
1- Elena de White, El Camino a Cristo, p. 25, las cursivas son nuestras.
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