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Aunque la Ley sea incapaz de dar vida, no va contra las
promesas de Dios. Al contrario, las confirma con voz atronadora
"Acordaos de la Ley de Moisés, mi siervo, al cual encargué, en Horeb,
ordenanzas y leyes para todo Israel. Yo os envío al profeta Elías antes
que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará volver el corazón
de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los
padres, no sea que yo venga y castigue la tierra con maldición" (Mal.
4:4-6).
Considera cuán íntimamente relacionada está la Ley que fue proclamada
desde Horeb, con la tierna y subyugadora obra del Espíritu Santo. Horeb
es Sinaí, como es fácil ver en Deuteronomio 4:10-14, donde leemos las
palabras de Moisés, el siervo del Señor:
"El día que estuviste delante de Jehová, tu Dios, en Horeb, cuando Jehová
me dijo: ‘Reúneme el pueblo, para que yo les haga oír mis palabras, las
cuales aprenderán para temerme todos los días que vivan sobre la tierra,
y las enseñarán a sus hijos’, os acercasteis y os pusisteis al pie del
monte, mientras el monte ardía envuelto en un fuego que llegaba hasta el
mismo cielo, entre tinieblas, nube y oscuridad. Entonces Jehová habló
con vosotros de en medio del fuego; oísteis la voz de sus palabras, pero
a excepción de oír la voz, ninguna figura visteis. Y él os anunció su
pacto, el cual os mandó poner por obra: los diez mandamientos, y los
escribió en dos tablas de piedra. A mí también me mandó Jehová en aquel
tiempo que os enseñara los estatutos y juicios, para que los pusierais
por obra en la tierra a la que vais a pasar para tomar posesión de ella"
(Deut. 4:10-14).
Cuando el Señor nos dice que recordemos la Ley que promulgó en Horeb, o
Sinaí, es para que podamos conocer el poder con el que va a volver el
corazón de los padres y de los hijos, a fin de que estén preparados para
el terrible día de su venida. "La Ley de Jehová es perfecta, que vuelve
el alma" (Sal. 19:7).
La Roca herida
Cuando Dios proclamó la Ley desde el Sinaí, ese manantial de agua viviente
que había brotado de la roca herida en Horeb, seguía fluyendo. De
haberse secado, los Israelitas se habrían encontrado en una situación
tan desesperada como antes, pues carecían de otro suministro de agua,
esa era su única esperanza de vida. Fue desde Horeb, lugar en donde manó
el agua que les restituyó la vida, que Dios pronunció la Ley. La Ley
vino de la misma roca de la que estaba ya fluyendo agua, y "esa Roca era
Cristo" (1 Cor. 10:4).
A Sinaí se lo considera con razón como un sinónimo de la Ley; pero no lo
es menos de Cristo, puesto que en él hay vida. Dijo Jesús: "el hacer tu
voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu Ley está en medio de mi
corazón" (Sal. 40:8). Dado que del corazón "mana la vida" (Prov. 4:23),
la Ley era la vida de Cristo.
"Él fue herido por nuestras rebeliones", y "por sus llagas fuimos nosotros
curados". Cuando fue golpeado y herido en el Calvario, fluyó de su
corazón la sangre que da vida, y esa corriente sigue hoy manando para
nosotros. Pero la Ley está en su corazón, de forma que cuando bebemos
por la fe de ese manantial que da vida, estamos bebiendo la justicia de
la Ley de Dios. La Ley viene a nosotros como un manantial de gracia,
como un río de vida. "La gracia y la verdad vinieron por medio de
Jesucristo" (Juan 1:17). Cuando creemos en él, la Ley no es para
nosotros meramente "letra", sino una fuente de vida.
Observa que todo eso estaba en Sinaí. Cristo, el dador de la Ley, era la
Roca herida en Horeb, que es Sinaí. Ese manantial significaba la vida
para aquellos que bebían de él, y a ninguno de los que lo recibían con
profundo agradecimiento se le podía ocultar que provenía directamente de
su Señor, del Señor de toda la tierra. Así, podían haber resultado
convencidos del tierno amor del Señor por ellos, y del hecho de que él
era su vida, y por consiguiente, su justicia. Así, aún siendo cierto que
no podían acercarse al monte sin morir –una evidencia de que la Ley, sin
Cristo, significa la muerte para el hombre –, podían no obstante beber
del manantial que de él brotaba, y de esa forma, al beber de la vida de
Cristo podían beber la justicia de la Ley.
Las palabras pronunciadas desde el Sinaí, proviniendo de la misma Roca de
la cual manó el agua que fue la vida del pueblo, manifestaban la
naturaleza de la justicia que Cristo les impartiría. Si bien era una
"Ley de fuego", era al mismo tiempo un saludable manantial de vida. Dado
que el profeta Isaías sabía que Jesús era la roca herida en Sinaí, y que
ya entonces era el sólo Mediador, "Jesucristo hombre, el cual se dio a
sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido
tiempo", pudo afirmar que fue "molido por nuestros pecados", "y por sus
llagas fuimos nosotros curados".
Los israelitas de antaño tenían allí expuesta la lección de que es sólo
mediante la cruz de Cristo como la Ley es vida para el hombre. Idéntica
lección se nos aplica a nosotros, junto a la otra cara del mismo hecho:
que la justicia que nos viene mediante la vida derramada en la cruz en
favor nuestro, es precisamente la requerida por los diez mandamientos,
ni más ni menos. Leámoslos:
1. "Yo soy Jehová, tu Dios, que te saqué de la tierra de
Egipto, de casa de servidumbre. No tendrá dioses ajenos delante de mí"
2. "No te harás imagen ni ninguna semejanza de lo que esté
arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la
tierra. No te inclinarás a ellas ni las honrarás, porque yo soy tu Dios,
fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta
la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago
misericordia por millares a los que me aman y guardan mis mandamientos"
3. "No tomarás el nombre de Jehová, tu Dios, en vano,
porque no dará por inocente Jehová al que tome su nombre en vano"
4. "Acuérdate del sábado para santificarlo. Seis días
trabajarás y harás toda tu obra, pero el séptimo día es de reposo para
Jehová, tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija,
ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni el extranjero que está
dentro de tus puertas, porque en seis días hizo Jehová los cielos y la
tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el
séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el sábado y lo santificó"
5. "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se
alarguen en la tierra que Jehová, tu Dios, te da"
6. "No matarás"
7. "No cometerás adulterio"
8. "No hurtarás"
9. "No dirás contra tu prójimo falso testimonio"
10. "No codiciarás la casa de tu prójimo: no codiciarás la
mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno,
ni cosa alguna de tu prójimo".
Esa fue la Ley que fue proclamada entre los terrores del Sinaí, por los
labios de Aquel de quien provino y proviene la vida en ese manantial que
allí estaba brotando; su propia vida dada por ellos. La Cruz, con su
manantial sanador, que da vida, estaba en el Sinaí, por consiguiente la
Cruz no puede efectuar cambio alguno en la Ley. La vida procedente de
Cristo, tanto en el Sinaí como en el Calvario, muestra que la justicia
revelada en el Evangelio no es otra que la de los diez mandamientos. Ni
una jota ni una tilde de ellos pueden pasar. Los terrores del Sinaí
estuvieron en el Calvario en la densa oscuridad, en el terremoto, y en
la gran voz del Hijo de Dios. La roca herida y el manantial abierto en
el Sinaí representan al Calvario; el Calvario estuvo allí; es un hecho
cierto que desde el Calvario fueron proclamados los mandamientos
idénticamente a como sucedió en el Sinaí. El Calvario, no menos que el
Sinaí, revela la terrible e invariable santidad de la Ley de Dios, tan
terrible y tan invariable que no perdonó siquiera al mismo Hijo de Dios,
al ser "contado con los pecadores". Pero por grande que pudiera ser el
terror inspirado por la Ley, la esperanza de la gracia es todavía mayor,
ya que "cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia" (Rom. 5:20).
Detrás de todo permanece el juramento del pacto de la gracia de Dios,
que asegura la perfecta justicia y vida de la Ley en Cristo; de forma
que, aunque la Ley decretaba muerte, estaba en realidad mostrando las
grandes cosas que Dios había prometido hacer por aquellos que creen. Nos
enseña a no poner nuestra confianza en la carne, sino a adorar a Dios en
el Espíritu, y a gozarnos en Jesucristo. Así, Dios estaba probando a su
pueblo, a fin de que pudieran saber que "no sólo de pan vivirá el
hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre"
(Deut. 8:3).
Por lo tanto, aunque la Ley sea incapaz de dar vida, no va contra las
promesas de Dios. Al contrario, las confirma con voz atronadora; ya que
según el invariable juramento de Dios, el mayor requerimiento de la Ley
no es para el oído de la fe más que una promesa de su cumplimiento. Y de
ese modo, enseñados por el Señor Jesús, podemos saber "que su
mandamiento es vida eterna" (Juan 12:50) (The Present Truth, 26 –
9 - 1896).
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