¿Es Posible Vivir sin Pecar?

 

(2da. Parte)

  Por: Robert Wieland
   
 
¿Qué significa cesar de pecar? La respuesta es clara: No significa dejar de tener una naturaleza pecaminosa o dejar de ser tentado. No significa dejar de experimentar las consecuencias de una herencia pecaminosa o dejar de sentir el llamado de las seducciones desde adentro y desde afuera, que son consecuencia de haber pecado. Significa, en cambio, que por la gracia de Cristo, ¡podemos cesar de responder a esas presiones! Significa que podemos decir "¡No!" a toda tentación interior o exterior, y "¡Sí!" al Espíritu Santo. Significa que podemos ser hechos verdaderamente obedientes a la ley de Dios, de manera que podemos decir con Cristo, "el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mis entrañas" (Sal. 40:8).
No significa perfección de la carne. Quizá Jesús, como carpintero, erró el martillazo alguna vez, mellando la madera en lugar de clavar el clavo. ¡Sería una necedad calificar eso de pecado! El pecado tiene relación con la voluntad, con la elección. Obsérvense las expresiones volitivas:
 
"El pecado de la maledicencia comienza acariciando los malos pensamientos... Un pensamiento impuro tolerado, un deseo insano acariciado, contamina el alma, compromete su integridad... Si no hemos de cometer pecado, debemos cortarlo desde el mismo principio. Todo deseo y emoción deben mantenerse en sujeción a la razón y la conciencia. Debe desecharse inmediatamente todo pensamiento impío...
Nadie puede ser forzado a transgredir. Antes debe ser conquistado su consentimiento; el alma debe proponerse el acto pecaminoso antes de que la pasión pueda dominar la razón, o la iniquidad triunfar sobre la conciencia. La tentación, por fuerte que sea, no es nunca una excusa para el pecado" (Testimonies, vol. V, p. 177).
 
Lutero dijo sabiamente que no podemos evitar que los pájaros vuelen sobre nuestra cabeza, pero podemos evitar que aniden en ella. El Señor no nos pide que hagamos más de lo que hizo nuestro Salvador. Él también fue "tentado en todo como nosotros", pero eligió decir "¡No!" a la tentación: "no busco mi voluntad, mas la voluntad del que me envió, del Padre" (Juan 5:30). "¡No!" al yo egoísta y a todos sus clamores, por más insistentes que sean. Así podemos elegir nosotros constantemente, por su gracia. Y eso es precisamente a lo que conduce la fe del Nuevo Testamento. "Considerar a Cristo de forma continua e inteligente, tal como él es, transformará a uno en un perfecto cristiano, ya que ‘mirando... somos transformados’" (Waggoner, Cristo y su justicia, p. 5).
Alguien preguntará "¿significa eso que el pueblo de Dios vencerá solamente los pecados conocidos?, ¿o bien vencerán todo pecado, incluyendo el que ahora se oculta a su conocimiento?" Jones y Waggoner comprendieron con claridad que la "expiación final" del ministerio de Cristo capacitará a su pueblo para que venza todo pecado, incluyendo el que actualmente pasa inadvertido. Los dos mayores pecados de la historia humana son pecados de carácter inconsciente. Jesús oró "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Luc. 23:34), refiriéndose a quienes lo crucificaban; y el terrible pecado laodicense de la tibieza se refiere a una condición de la que Cristo declara que la iglesia "no conoce" (Apoc. 3:17). El Señor no puede trasladar el pecado a su reino eterno, ya que de hacerlo así, la semilla escondida brotaría nuevamente, contaminando el universo.
En la Asamblea de la Asociación de 1893, Jones explicó de forma simple y práctica el ministerio del Señor en la hora actual de purificación del santuario:
 
"Bien, ahora avancemos un poco más en el tema. Él [Cristo] se dio a sí mismo por nuestros pecados; pero... él no va a tomar nuestros pecados –aunque los llevó todos ellos– sin nuestro permiso... la elección relativa a si prefiero mis pecados más bien que a Cristo es enteramente mía, ¿no es así? [Congregación: "Sí"]... Por lo tanto, a partir de ahora ¿habrá alguna vacilación en despedir todo aquello que Dios muestre que es pecado? ¿lo dejaremos ir, cuando nos sea así manifestado? Cuando se os señale el pecado, decid: "prefiero a Cristo que al pecado". Y echadlo [Congregación: "Amén"]. Decid al Señor: "Señor, hago la elección ahora mismo, acepto el trato, te elijo a ti. ¡Fuera el pecado! Tengo algo muy superior"... ¿Qué necesidad tenemos de desanimarnos, en relación con nuestros pecados?
Eso mismo es lo que han hecho algunos de los hermanos aquí reunidos. Llegaron siendo libres, pero el Espíritu de Dios hizo manifiesto algo no visto hasta entonces. El Espíritu de Dios fue más profundamente que nunca antes y reveló cosas que antes no conocían; y entonces, en lugar de agradecer al Señor que eso fuese así, y desechar todo lo impío, y agradecer al Señor por tener más de él que nunca antes, comenzaron a desanimarse. Dijeron "¡Oh!, ¿que haré?, son tan grandes mis pecados..."...
¿Qué preferís? ¿Ser llenos de toda la plenitud de Jesucristo? ¿O tener menos que eso, quedar con algunos de vuestros pecados encubiertos, sin que nunca sepáis de ellos?...
¿Cómo se nos podría poner el sello de Dios, que es la marca de su carácter perfecto revelado en nosotros, siendo que aun albergamos pecados? Dios no nos puede poner el sello, el distintivo de su perfecto carácter sobre nosotros, hasta que no lo vea efectivamente así. Y es así como Dios ha profundizado hasta los lugares ocultos de los que ni soñábamos anteriormente, porque nosotros no podemos comprender nuestros corazones... Él limpiará el corazón, y expondrá el último vestigio de impiedad. Permitámosle avanzar, hermanos, permitámosle continuar en esa obra de investigación...
Si el Señor quitase nuestros pecados sin nuestro conocimiento, ¿qué bien nos haría eso? Eso sería simplemente hacernos autómatas...
Somos instrumentos inteligentes, no... máquinas. Somos seres dotados de inteligencia. Dios nos empleará de acuerdo con nuestra propia elección activa" (Bulletin, pp. 404, 405).
 
Pablo se refiere a eso, cuando dice: “¿Cuanto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de las obras de muerte para que sirváis al Dios vivo?” (Heb. 9:14)
E. White apoya consistentemente esa maravillosa idea, "las circunstancias han servido para poner en su conocimiento nuevos defectos en su carácter; pero nada se ha revelado que no estuviera en usted" (Review and Herald, 6-8-1889). "Su ojo... escudriña todo rincón de la mente, detectando todo autoengaño oculto" (That I May Know Him, p. 290). "Cada uno posee rasgos de carácter todavía ignorados y que deben ser puestos en evidencia por la prueba" (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 191). "Él les revela en su misericordia sus defectos ocultos... Dios quiere que sus siervos se familiaricen con el mecanismo moral de su propio corazón" (Ibíd., vol. I, p. 457). "...durante la terminación del gran día de la expiación... La iglesia remanente... Sus miembros serán completamente conscientes del carácter pecaminoso de sus vidas..." (Ibíd., vol. II, pp. 175,176). Véase también cómo el ministerio del santuario es un tipo de la remoción de los pecados del corazón, pecados de los que anteriormente no se era consciente. (Patriarcas y Profetas, pp. 199-202, 371, 372). La crucifixión de Cristo es el pecado más profundo e inconsciente que puede existir (El Deseado de Todas las Gentes, p. 40; Review and Herald, 12-6-1900); y el juicio final expondrá a la vista el oculto contenido de lo desconocido, en la mente del pecador impenitente (Review and Herald, 10-11-1896).
Es muy estrecha la relación entre esa verdad y la revelación de 1888 de la justicia de Cristo:
 
"Cristo estuvo en lugar y tuvo la naturaleza de toda la raza humana. En él confluyeron todas las debilidades del género humano, de manera que todo hombre sobre la tierra que pueda ser tentado, encuentra en Cristo Jesús poder contra esa tentación. En Cristo Jesús hay victoria contra la tentación para toda alma, y liberación del poder de ella. Esa es la verdad" (Jones, General Conference Bulletin, 1895, p. 234).
 
Permitamos que el propio Waggoner aclare que "la victoria sobre toda tentación" de ninguna manera significa "carne santa" o "perfeccionismo":
 
"Ahora bien, no equivoquéis la idea. No vayáis a concluir que vosotros y yo vamos a ser tan buenos que podamos vivir independientemente del Señor; no vayáis a suponer que este cuerpo se va a convertir. Si llegáis a esa conclusión, estaréis en grave quebranto y caeréis en pecado flagrante. No penséis que podéis hacer incorruptible lo corruptible. Esto corruptible será hecho incorruptible en la venida del Señor, no antes... Cuando el hombre piensa que su carne es impecable, y que todos sus impulsos vienen de Dios, está confundiendo su carne pecaminosa con el Espíritu de Dios. Está sustituyendo a Dios por sí mismo, colocándose en el lugar de éste, lo que constituye la esencia misma del papado" (General Conference Bulletin, 1901, p. 146).
 
Jesús vivió una vida sin pecado en semejanza de carne de pecado. Y el pueblo guardador de sus mandamientos tendrá su fe. Waggoner continúa así:
 
"Condenó el pecado en la carne, demostrando que puede vivir una vida sin pecado en carne pecaminosa. Su vida perfecta será manifestada en carne mortal, de forma que será visible a todos cuando ocurran las siete últimas plagas...
Si su poder no pudiese ser manifestado antes del fin del tiempo de gracia, no habría testimonio útil ante la gente, no sería para ellos un testimonio. Pero antes de que termine el tiempo de gracia habrá un pueblo tan completo en él, que no obstante su carne pecaminosa, vivirá vidas sin pecado. Vivirá vidas sin pecado en carne mortal, porque quien demostró tener poder sobre toda carne vive en ellos, vive una vida sin pecado en carne pecaminosa, y una vida irreprochable en carne mortal, y eso será un testimonio incontrovertible, el mayor que puede darse. Entonces vendrá el fin" (Ibíd., p. 146, 147).
 
¿Significa eso que el pueblo de Dios que venza como Cristo venció estará compuesto en los últimos días por "pequeños Cristos", asumiendo una posición blasfema? Una deducción tal carece de fundamento. Si bien los mensajeros de 1888 insistieron en que Dios tendrá un pueblo que "copiará el Modelo", en ningún momento insinuaron que lo fuesen a igualar. Cristo como Hijo de Dios infinito y eterno, vivió una vida y murió en un sacrificio irrepetible por la eternidad. Pero siendo cierto que ningún pecador rescatado puede duplicarlo, "...por una justicia vino la gracia a todos los hombres para justificación de vida" (Rom. 5:18) ¿Es que nadie va a llegar jamás a apreciarlo?
Es posible limpiar y pulir un viejo fragmento de espejo para que refleje el brillo del sol hasta deslumbrarnos. Sería disparatado deducir de ahí que el espejo puede igualar al sol. De la Esposa de Cristo, se dice en Cantares 6:10 que está "esclarecida como el sol", pero se trata siempre de luz reflejada, con su origen en Jesús.
La cuestión importante es ¿se puede limpiar y pulir el viejo fragmento de espejo antes del retorno de Cristo? O mejor, ¿pueden los 144.000 viejos trozos de espejo ser finalmente pulidos hasta reflejar unísonamente el carácter del Salvador a modo de preciosa gema corporativa en la que él "verá del trabajo de su alma y será saciado"? ¿Pueden ser purificados los fragmentos al fin? ¿O bien deben permanecer sucios y contaminados con el pecado continuado?
Si Cristo fue "tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado", ¿será posible cuando cese su ministerio como Sumo Sacerdote que su pueblo también cese de pecar estando todavía en carne pecaminosa, con naturaleza pecaminosa? Si la respuesta es sí, entonces su Esposa puede estar preparada para su venida. Si es que no, las "bodas del Cordero" no pueden jamás tener lugar y la segunda venida tiene que dejar de ser una esperanza realizable. La esperanza y anhelo del mensaje de 1888 se expresan así:
 
"Alguien formará parte de ese perfecto reino de Dios. Podemos o no formar parte. La elección es nuestra. Somos libres de escoger en un sentido u otro, pero el evento ocurrirá de todas formas. Habrá un pueblo compuesto por representantes de toda tribu y nación (de raza negra, blanca, amarilla, aceitunada, la mayor parte pobres), algunos ricos, pocos grandes hombres, y muchos pequeños hombres. Gente de todas las disposiciones y nacionalidades, de entre todo el mundo. Todos hablando en unidad, sobre el mismo tema, todos manifestando las características del Señor Jesucristo. Eso está todavía por suceder. Si sabemos y creemos que tiene que ocurrir, entonces es posible que ocurra" (Waggoner, General Conference Bulletin, 1901, p. 149).
 
"Cuando Dios haya dado al mundo ese testimonio de su poder para salvar hasta lo sumo, de salvar seres pecaminosos y vivir una vida perfecta en carne pecaminosa, entonces quitará las dificultades y nos proporcionará mejores circunstancias en las cuales vivir. Pero esa maravilla debe producirse primeramente en el hombre pecaminoso, no solamente en la persona de Jesucristo, sino en Jesucristo reproducido y multiplicado en sus miles de seguidores. De forma que, no solamente en unos pocos casos esporádicos, sino en todo el cuerpo de la iglesia, la perfecta vida [carácter] de Cristo se manifestará al mundo, y eso será el último y culminante acto que determinará la salvación, o bien la condenación de los hombres" (Ibíd., p. 406).
 
E. White coincide con esa alentadora idea. Véase la siguiente declaración, hacia el final del libro Palabras de vida del gran Maestro:
 
"La luz de su gloria – su carácter – ha de brillar en sus seguidores... El mundo está envuelto por las tinieblas de la falsa concepción de Dios... En este tiempo, ha de proclamarse un mensaje de Dios, un mensaje que ilumine con su influencia y salve con su poder.. Su carácter ha de ser dado a conocer...
Aquellos que esperan la venida del Esposo han de decir al pueblo: "¡He aquí vuestro Dios! Los últimos rayos de luz misericordiosa, el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo, es una revelación de su carácter de amor. Los hijos de Dios han de manifestar su gloria. En su vida y carácter han de revelar lo que la gracia de Dios ha hecho por ellos.
La luz del Sol de Justicia ha de brillar en buenas obras, en palabras de verdad y hechos de santidad" (pp. 341, 342).
 
El pensamiento del Esposo se teje ampliamente en la escena bíblica del pueblo de Dios anticipando la venida de Cristo. "Las acciones justas de los santos" constituyen el "lino fino" con el que se viste por fin la Esposa del Cordero (Apoc. 19:8 y 7). El pueblo de Dios viene a ser hecho obediente a su santa ley, de forma voluntaria y gozosa. Y hay algo escatológico único en esta victoria, aplicable a la última generación. No es que el Señor haya prohibido a generaciones anteriores que llegasen a "un varón perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo", sino sencillamente que ninguna generación anterior ha alcanzado de hecho la condición que el Apocalipsis postula para la Esposa de Cristo: "su esposa se ha aparejado" (Apoc. 19:7).
En una boda hay una gran diferencia entre la novia, y la niña que lleva las flores. Ambas son humanas, y ambas femeninas; pero una de ellas, tomando prestada la frase paulina de Efesios 4:13, ha dejado de ser una niña. Ha alcanzado "la medida de la edad de la plenitud de" su Esposo, por cuanto está por fin preparada para permanecer a su lado en simpatía y apreciación. Puede ahora entrar en sus propósitos y cooperar con él. Jamás puede igualarlo, pero a diferencia de la niña que lleva las flores, puede apreciarlo.
¿Nos ha creado Dios quizá varón y hembra, y ha compartido con nosotros los misterios del amor, a fin de enseñar su propósito escatológico a quienes aprecian su gran sacrificio? Cuando su Esposa se haya preparado, vendrá a reclamarla. Dice el Esposo que "os tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy, vosotros también estéis". De alguna manera habrá por fin un amor y simpatía mutuos, una identificación, una verdadera unión con Cristo. En eso estaba la fuerza del mensaje de 1888.
La verdadera perfección cristiana es el desarrollo de la fe en los corazones del pueblo de Dios, hasta el punto que la niñita que lleva las flores crezca "en todas cosas en aquel que es la cabeza, a saber, Cristo" (Efe. 4:15). "Unos pocos en cada generación" han vencido de forma evidente, en el sentido de conquistar el yo y reflejar el carácter de Cristo. Enoc y Elías son ejemplos claros. Pero esos pocos nunca hubieron de vérselas con todo el espectro de tentaciones que el pueblo de Dios deberá enfrentar en las escenas finales. La última generación beberá, en un sentido muy particular, de la copa que Cristo bebió, y será bautizada con su bautismo (Primeros Escritos, pp. 282-284; Joyas de los Testimonios, vol. I, p. 64; Mat. 20:20-23; S. N. Haskell, en su libro Story of Daniel the Prophet, aplicó esas palabras de Jesús a los creyentes, en el tiempo de la angustia de Jacob, tras haber finalizado el tiempo de gracia).
Desde el Génesis al Apocalipsis, la Biblia es una vibrante historia de amor, con su trágico complot que se desarrolla en los primeros tres capítulos, y el clímax de la resolución en los cuatro últimos. La victoria se ganó en el sacrificio de Cristo. Lo que debe hacer su pueblo es tener fe en tan maravillosa realización por parte de su Señor.
¿Por qué ninguna generación previa, o comunidad de santos ha estado nunca preparada para las bodas del Cordero? No porque Dios les negase alguna cosa. No más de lo que impide que la niña portadora de las flores se convierta en la novia. La profecía indica que el singular ministerio del gran Sumo Sacerdote en el lugar santísimo coincide con el desarrollo de la novia, que por fin llega a estar preparada: "Hasta dos mil y trescientos días de tarde y mañana; y el santuario será purificado" (Dan. 8:14). En el día típico de la expiación, en el sistema simbólico, al pueblo le ocurría algo. Dijo el Señor, "en ese día se os reconciliará para limpiaros; y seréis limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová" (Lev. 16:30). De manera que en el día antitípico – el real – de la expiación, el sacerdote "limpiará los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata; y ofrecerán a Jehová ofrenda con justicia" (Mal. 3:3). Esas serán ofrendas exentas de preocupación egocéntrica, que es el radio de acción propio del pecado. Una auténtica novia no va a la boda interesada en la billetera de su novio, sino que lo aprecia por lo que él es. Su solicitud va dirigida hacia él, no hacia ella misma.
Pero hoy por hoy, la iglesia remanente es más una damita que lleva las flores que una novia. La mayoría de cristianos son aun interesados, están preocupados por obtener el premio, su trozo de tarta. Pocos están más motivados por Cristo mismo que por disfrutar en compañía de su familia de las delicias de la nueva Jerusalén. Ese es el motivo por el que rara vez toman su cruz en servicio, para seguirle a él. Pocos sienten la preocupación por el honor y la vindicación del Esposo. Cantamos "aunque en esta vida no tengo riquezas, sé que allá en la gloria tengo mi mansión". Rara vez "Sea él coronado, por los siglos".
Esa noción verdaderamente Cristocéntrica de interés por él, marcó singularmente las presentaciones de los mensajeros de 1888. Considérese el ejemplo siguiente, que constituye una "gran idea", (1) pocas veces expresada en nuestra literatura [Nota: La expresión está tomada de una cita de E. White: "La belleza de la verdad... es tan grande, tan abarcante, profunda y amplia, que el yo se pierde de vista... Predíquese de forma que la gente capte las grandes ideas y descubra el oro profundamente contenido en las Escrituras" (Manuscrito 7, 1894). La frase se hizo célebre en el apogeo de la era de 1888, y fue sin duda inspirada por el mensaje de Jones y Waggoner]:
 
"Hemos visto que el cuerno pequeño –el hombre de pecado, el misterio de iniquidad – ha instaurado su propio... sacerdocio... en el lugar del sacerdocio santo y celestial... En ese servicio y sacerdocio del misterio de iniquidad, el pecador confiesa sus pecados al sacerdote, y sigue pecando. Ciertamente, en ese ministerio y sacerdocio no hay poder para hacer nada que no sea seguir pecando, incluso tras haber confesado los pecados. Pero, aunque sea triste decirlo, los que hacen profesión de no pertenecer al misterio de iniquidad, sino que creen en Jesús y su sacerdocio celestial, ¿acaso confiesan ellos también sus pecados, para seguir pecando?
¿Hace eso justicia a nuestro gran Sumo Sacerdote, a su sacrificio y a su bendito ministerio?" (Jones, The Consecrated Way, pp. 121, 122).
 
Amor por Cristo, interés por él y por su gloria. ¿Será posible que algún día de nuestra vida lleguemos al punto en el que eso trascienda a nuestra preocupación por el propio yo y nuestra salvación personal? ¿Aprenderemos por fin, en esta carne mortal, a apreciar "el perfecto amor [que] echa fuera el temor"? La profecía responde afirmativamente. Leemos en Zacarías 12:10 que llegará el momento en el que el pueblo de Dios apartará su atención de sus propios problemas y preocupación por su propia seguridad y se preocupará por Jesús: "Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y harán llanto sobre él, como llanto sobre unigénito, afligiéndose sobre él como quien se aflige sobre primogénito". La razón por la que la iglesia remanente es tibia es porque nos mueve la preocupación egocéntrica. Pero existe una motivación superior: "El amor de Cristo nos constriñe" (2 Cor. 5:14).
Jones y Waggoner lo comprendieron. Tuvo un gran peso específico en su mensaje. Jones continúa así:
 
"¿Es justo que rebajemos así a Cristo, su sacrificio y su ministerio, prácticamente a la altura de la ‘abominación de la desolación’, declarando que en el verdadero ministerio no hay más poder o virtud que en el ‘misterio de iniquidad’? Que Dios libre hoy y para siempre a esta iglesia y pueblo, sin más demora, de este rebajar hasta lo ínfimo a nuestro gran Sumo Sacerdote, su formidable sacrificio y su glorioso ministerio." (Ibíd., p. 122).
 
Cuando aprendamos a estar preocupados por él y por su gloria, veremos una nueva dimensión en el conocido texto: "Temed a Dios, y dadle gloria; porque ha llegado la hora de su juicio" (Apoc. 14:7). Dado que "el mundo está envuelto por las tinieblas de la falsa concepción de Dios", "el último mensaje... es una revelación de su carácter de amor...", en la "vida y carácter" de sus discípulos, quienes dirán al mundo: "¡He aquí vuestro Dios!" (Palabras de Vida del Gran Maestro, p. 342). Así, le darán gloria en la hora de su juicio (Apoc. 14:7).
La clase de oración que solemos hacer delata motivos egoístas en lo profundo de nosotros. Decimos: "Señor, bendíceme a mí y a mis seres queridos, y no me olvides en tu reino. Bendice a los misioneros para que la obra pueda concluir, y podamos ir en seguida al cielo en gloria". Es ciertamente tiempo de que aprendamos a orar un tipo de oración de alcance superior, en consistencia con una genuina preocupación por el honor de Cristo.
El decir que es imposible obedecer la ley de Dios y que la justicia imputada de Cristo cubrirá nuestros continuos pecados en el sentido de excusarlos, es antinomianismo (desprecio hacia la ley). No glorifica a nuestro Salvador el que "[hagamos] caso de la carne en sus deseos" (Rom. 13:14). En un momento de tentación inesperada, seductora y casi abrumadora, José dijo "¡No!". "Y él no quiso, y dijo... ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?" (Gén. 39:8,9). Honró así al Señor que murió por él. ¡Qué tragedia!, si hubiera hecho "caso de la carne en sus deseos", y se hubiera dicho: "No puedes vencer siempre, esta vez es demasiado, me es imposible obedecer ahora. ¡La justicia de Cristo tendrá que cubrirme esta vez"!
El asunto importante en los últimos días, no es la salvación de nuestras pobres almas, sino el honor de Cristo. "Temed a Dios y dadle honra", es el llamado del ángel. La prueba a la que será sometido el pueblo de Dios antes del fin del tiempo de gracia será la marca de la bestia, una prueba que nunca antes en la historia se les ha presentado, mayor incluso que la de los mártires de antaño. Será la obra maestra de seducción satánica, perfeccionada a lo largo de sus seis mil años de experiencia en tentar al pueblo de Dios. Será sabiamente trazada para penetrar profundamente en nuestras almas y si fuere posible, barrernos en la última marea de iniquidad. ¡Un examen final como ese, requiere una preparación cabal!
Mientras tanto, mientras rechazamos la cínica acusación de Satanás de que es imposible para los hijos e hijas de Adán guardar la ley, somos plenamente conscientes de que somos pecadores caídos por naturaleza y que necesitamos siempre un Salvador. "Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis, y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo". El Espíritu Santo trae insistentemente buenas nuevas al corazón del pecador contrito que ha caído:
 
"A menudo tenemos que postrarnos y llorar a los pies de Jesús por causa de nuestras culpas y equivocaciones; pero no debemos desanimarnos. Aun si somos vencidos por el enemigo, no somos desechados ni abandonados por Dios." (El camino a Cristo, p. 64).
 
"Jesús ama a sus hijos, aunque estos yerren... Cuando hacen lo mejor posible, acudiendo a Dios por su ayuda, estad seguros de que el servicio será aceptado, aunque sea imperfecto. Jesús es perfecto. La justicia de Cristo les es imputada, y dirá ‘quitadle esas vestimentas viles... y te he hecho vestir de ropas de gala’. Jesús hace provisión para nuestras deficiencias inevitables” (Carta 17a, 1891).
"Si uno que tiene comunión diaria con Dios se desvía del camino, si por un momento deja de mirar firmemente a Jesús, no es porque peca voluntariamente, ya que cuando ve su error, vuelve nuevamente y fija sus ojos en Jesús, y el hecho de que haya errado, no lo hace menos querido al corazón de Dios" (Review and Herald, 12-5-1896).
 
"Si cometéis errores y sois atrapados en el pecado, no sintáis que no podéis orar... sino buscad más fervientemente al Señor" (Our High Calling, p. 49).
 
Hay una declaración que puede ser fácilmente forzada de su contexto para sustentar la acusación satánica de que no nos es posible otra cosa que no sea continuar transgrediendo la ley de Dios:
 
"Cuando, por la fe en Jesús, el hombre actúa de acuerdo a su mejor capacidad, y procura guardar el camino del Señor mediante la obediencia a los diez mandamientos, se le imputa la perfección de Cristo para cubrir la transgresión del alma arrepentida y obediente" (Fundamentals of Christian Education, p. 135).
 
Pero examinemos el trascendente contexto. Podemos vencer. En la misma página y siguientes, leemos:
 
"En la cruz del Calvario podemos ver lo que ha costado al Hijo de Dios traer salvación a la raza caída. Así como el sacrificio en favor del hombre fue completo, también la restauración del hombre de la contaminación del pecado debe ser cabal y completa... Se debe batallar contra los pecados opresores, y vencerlos. Los rasgos objetables de carácter, sean estos hereditarios o cultivados, deben ponerse aparte, y comparados con la gran norma de justicia; y en la luz reflejada desde la palabra de Dios se los debe resistir y vencer con firmeza, mediante el poder de Cristo" (Ibíd., pp. 135, 136).
 
Elena White en absoluto enseña la sutileza antinomianista de que es imposible resistir plenamente la marca de la bestia (Satanás quiere, con toda seguridad, que creamos tal cosa). "Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos..." (1 Juan 2:1): ahora tenemos un abogado; siempre tendremos un Salvador, pero la inspiración nos dice que no tendremos abogado o intercesor por siempre. Ver El Conflicto de los siglos, p. 478.
La obra de Cristo como Sumo Sacerdote, en su ministerio final, es preparar un pueblo para afrontar la prueba de la marca de la bestia. E. White lo comprendió con claridad desde los primeros días del movimiento adventista:
 
"Cuando cesó el ministerio de Jesús en el lugar santo y pasó él al santísimo... envió otro poderoso ángel con un tercer mensaje para el mundo... Tenía por objeto aquel mensaje, poner en guardia a los hijos de Dios, revelándoles la hora de tentación y angustia que los aguardaba... Dijo el ángel: ‘tendrán que combatir [cuerpo a cuerpo] contra la bestia y su imagen’... La atención de cuantos aceptan este mensaje se dirige hacia el lugar santísimo, donde Jesús está de pie delante del arca, realizando su intercesión final por todos aquellos para quienes hay aun misericordia y por los que hayan violado ignorantemente la ley de Dios" (Primeros Escritos, p. 254).
 
La justificación por la fe a la luz de la obra final de intercesión de Cristo en el lugar santísimo, esa es la provisión de Dios para preparar a su pueblo para enfrentarse a la prueba de la marca de la bestia. Ese fue el peso del mensaje de 1888.
 
Nota: La expresión está tomada de una cita de E. White: "La belleza de la verdad… es tan grande, tan abarcante, profunda y amplia, que el yo se pierde de vista… Predíquese de forma que la gente capte las grandes ideas y descubra el oro profundamente contenido en las Escrituras" (Manuscrito 7, 1894). La frase hizo fortuna en el apogeo de la era "de 1888", y fue sin duda inspirada por el mensaje de Jones y Waggoner.
   
 

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Cortesía de: www.libros1888.com

   
 

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