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¿Qué
significa cesar de pecar? La respuesta es clara: No significa dejar de
tener una naturaleza pecaminosa o dejar de ser tentado. No significa
dejar de experimentar las consecuencias de una herencia pecaminosa o
dejar de sentir el llamado de las seducciones desde adentro y desde
afuera, que son consecuencia de haber pecado. Significa, en cambio, que
por la gracia de Cristo, ¡podemos cesar de responder a esas presiones!
Significa que podemos decir "¡No!" a toda tentación interior o exterior,
y "¡Sí!" al Espíritu Santo. Significa que podemos ser hechos
verdaderamente obedientes a la ley de Dios, de manera que podemos decir
con Cristo, "el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley
está en medio de mis entrañas" (Sal. 40:8).
No
significa perfección de la carne. Quizá Jesús, como carpintero, erró el
martillazo alguna vez, mellando la madera en lugar de clavar el clavo.
¡Sería una necedad calificar eso de pecado! El pecado tiene relación con
la voluntad, con la elección. Obsérvense las expresiones volitivas:
"El
pecado de la maledicencia comienza acariciando los malos pensamientos...
Un pensamiento impuro tolerado, un deseo insano acariciado, contamina el
alma, compromete su integridad... Si no hemos de cometer pecado, debemos
cortarlo desde el mismo principio. Todo deseo y emoción deben mantenerse
en sujeción a la razón y la conciencia. Debe desecharse inmediatamente
todo pensamiento impío...
Nadie
puede ser forzado a transgredir. Antes debe ser conquistado su
consentimiento; el alma debe proponerse el acto pecaminoso antes de que
la pasión pueda dominar la razón, o la iniquidad triunfar sobre la
conciencia. La tentación, por fuerte que sea, no es nunca una excusa
para el pecado" (Testimonies, vol. V, p. 177).
Lutero
dijo sabiamente que no podemos evitar que los pájaros vuelen sobre
nuestra cabeza, pero podemos evitar que aniden en ella. El Señor no nos
pide que hagamos más de lo que hizo nuestro Salvador. Él también fue
"tentado en todo como nosotros", pero eligió decir "¡No!" a la
tentación: "no busco mi voluntad, mas la voluntad del que me envió, del
Padre" (Juan 5:30). "¡No!" al yo egoísta y a todos sus clamores, por más
insistentes que sean. Así podemos elegir nosotros constantemente, por su
gracia. Y eso es precisamente a lo que conduce la fe del Nuevo
Testamento. "Considerar a Cristo de forma continua e inteligente, tal
como él es, transformará a uno en un perfecto cristiano, ya que
‘mirando... somos transformados’" (Waggoner, Cristo y su justicia,
p. 5).
Alguien
preguntará "¿significa eso que el pueblo de Dios vencerá solamente los
pecados conocidos?, ¿o bien vencerán todo pecado, incluyendo el que
ahora se oculta a su conocimiento?" Jones y Waggoner comprendieron con
claridad que la "expiación final" del ministerio de Cristo capacitará a
su pueblo para que venza todo pecado, incluyendo el que actualmente pasa
inadvertido. Los dos mayores pecados de la historia humana son pecados
de carácter inconsciente. Jesús oró "Padre, perdónalos porque no saben
lo que hacen" (Luc. 23:34), refiriéndose a quienes lo crucificaban; y el
terrible pecado laodicense de la tibieza se refiere a una condición de
la que Cristo declara que la iglesia "no conoce" (Apoc. 3:17). El Señor
no puede trasladar el pecado a su reino eterno, ya que de hacerlo así,
la semilla escondida brotaría nuevamente, contaminando el universo.
En la Asamblea de la Asociación de 1893,
Jones explicó de forma simple y práctica el ministerio del Señor en la
hora actual de purificación del santuario:
"Bien,
ahora avancemos un poco más en el tema. Él [Cristo] se dio a sí mismo
por nuestros pecados; pero... él no va a tomar nuestros pecados –aunque
los llevó todos ellos– sin nuestro permiso... la elección relativa a si
prefiero mis pecados más bien que a Cristo es enteramente mía, ¿no es
así? [Congregación: "Sí"]... Por lo tanto, a partir de ahora ¿habrá
alguna vacilación en despedir todo aquello que Dios muestre que es
pecado? ¿lo dejaremos ir, cuando nos sea así manifestado? Cuando se os
señale el pecado, decid: "prefiero a Cristo que al pecado". Y echadlo
[Congregación: "Amén"]. Decid al Señor: "Señor, hago la elección ahora
mismo, acepto el trato, te elijo a ti. ¡Fuera el pecado! Tengo algo muy
superior"... ¿Qué necesidad tenemos de desanimarnos, en relación con
nuestros pecados?
Eso mismo es lo que han hecho algunos de
los hermanos aquí reunidos. Llegaron siendo libres, pero el Espíritu de
Dios hizo manifiesto algo no visto hasta entonces. El Espíritu de Dios
fue más profundamente que nunca antes y reveló cosas que antes no
conocían; y entonces, en lugar de agradecer al Señor que eso fuese así,
y desechar todo lo impío, y agradecer al Señor por tener más de él que
nunca antes, comenzaron a desanimarse. Dijeron "¡Oh!, ¿que haré?, son
tan grandes mis pecados..."...
¿Qué preferís? ¿Ser llenos de toda la
plenitud de Jesucristo? ¿O tener menos que eso, quedar con algunos de
vuestros pecados encubiertos, sin que nunca sepáis de ellos?...
¿Cómo se nos podría poner el sello de
Dios, que es la marca de su carácter perfecto revelado en nosotros,
siendo que aun albergamos pecados? Dios no nos puede poner el sello, el
distintivo de su perfecto carácter sobre nosotros, hasta que no lo vea
efectivamente así. Y es así como Dios ha profundizado hasta los lugares
ocultos de los que ni soñábamos anteriormente, porque nosotros no
podemos comprender nuestros corazones... Él limpiará el corazón, y
expondrá el último vestigio de impiedad. Permitámosle avanzar, hermanos,
permitámosle continuar en esa obra de investigación...
Si el Señor quitase nuestros pecados sin
nuestro conocimiento, ¿qué bien nos haría eso? Eso sería simplemente
hacernos autómatas...
Somos
instrumentos inteligentes, no... máquinas. Somos seres dotados de
inteligencia. Dios nos empleará de acuerdo con nuestra propia elección
activa" (Bulletin, pp. 404, 405).
Pablo se refiere a eso, cuando dice:
“¿Cuanto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno se
ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de
las obras de muerte para que sirváis al Dios vivo?” (Heb. 9:14)
E. White
apoya consistentemente esa maravillosa idea, "las circunstancias han
servido para poner en su conocimiento nuevos defectos en su carácter;
pero nada se ha revelado que no estuviera en usted" (Review and Herald,
6-8-1889). "Su ojo... escudriña todo rincón de la mente, detectando todo
autoengaño oculto" (That I May Know Him, p. 290). "Cada uno posee rasgos
de carácter todavía ignorados y que deben ser puestos en evidencia por
la prueba" (Joyas de los Testimonios, vol. III, p. 191). "Él les revela
en su misericordia sus defectos ocultos... Dios quiere que sus siervos
se familiaricen con el mecanismo moral de su propio corazón" (Ibíd.,
vol. I, p. 457). "...durante la terminación del gran día de la
expiación... La iglesia remanente... Sus miembros serán completamente
conscientes del carácter pecaminoso de sus vidas..." (Ibíd., vol. II,
pp. 175,176). Véase también cómo el ministerio del santuario es un tipo
de la remoción de los pecados del corazón, pecados de los que
anteriormente no se era consciente. (Patriarcas y Profetas, pp. 199-202,
371, 372). La crucifixión de Cristo es el pecado más profundo e
inconsciente que puede existir (El Deseado de Todas las Gentes, p. 40;
Review and Herald, 12-6-1900); y el juicio final expondrá a la vista el
oculto contenido de lo desconocido, en la mente del pecador impenitente
(Review and Herald, 10-11-1896).
Es muy estrecha la relación entre esa
verdad y la revelación de 1888 de la justicia de Cristo:
"Cristo
estuvo en lugar y tuvo la naturaleza de toda la raza humana. En él
confluyeron todas las debilidades del género humano, de manera que todo
hombre sobre la tierra que pueda ser tentado, encuentra en Cristo Jesús
poder contra esa tentación. En Cristo Jesús hay victoria contra la
tentación para toda alma, y liberación del poder de ella. Esa es la
verdad" (Jones, General Conference Bulletin, 1895, p. 234).
Permitamos que el propio Waggoner aclare
que "la victoria sobre toda tentación" de ninguna manera significa
"carne santa" o "perfeccionismo":
"Ahora
bien, no equivoquéis la idea. No vayáis a concluir que vosotros y yo
vamos a ser tan buenos que podamos vivir independientemente del Señor;
no vayáis a suponer que este cuerpo se va a convertir. Si llegáis a esa
conclusión, estaréis en grave quebranto y caeréis en pecado flagrante.
No penséis que podéis hacer incorruptible lo corruptible. Esto
corruptible será hecho incorruptible en la venida del Señor, no antes...
Cuando el hombre piensa que su carne es impecable, y que todos sus
impulsos vienen de Dios, está confundiendo su carne pecaminosa con el
Espíritu de Dios. Está sustituyendo a Dios por sí mismo, colocándose en
el lugar de éste, lo que constituye la esencia misma del papado"
(General Conference Bulletin, 1901, p. 146).
Jesús vivió una vida sin pecado en
semejanza de carne de pecado. Y el pueblo guardador de sus mandamientos
tendrá su fe. Waggoner continúa así:
"Condenó el pecado en la carne,
demostrando que puede vivir una vida sin pecado en carne pecaminosa. Su
vida perfecta será manifestada en carne mortal, de forma que será
visible a todos cuando ocurran las siete últimas plagas...
Si su
poder no pudiese ser manifestado antes del fin del tiempo de gracia, no
habría testimonio útil ante la gente, no sería para ellos un testimonio.
Pero antes de que termine el tiempo de gracia habrá un pueblo tan
completo en él, que no obstante su carne pecaminosa, vivirá vidas sin
pecado. Vivirá vidas sin pecado en carne mortal, porque quien demostró
tener poder sobre toda carne vive en ellos, vive una vida sin pecado en
carne pecaminosa, y una vida irreprochable en carne mortal, y eso será
un testimonio incontrovertible, el mayor que puede darse. Entonces
vendrá el fin" (Ibíd., p. 146, 147).
¿Significa eso que el pueblo de Dios que venza como Cristo venció estará
compuesto en los últimos días por "pequeños Cristos", asumiendo una
posición blasfema? Una deducción tal carece de fundamento. Si bien los
mensajeros de 1888 insistieron en que Dios tendrá un pueblo que "copiará
el Modelo", en ningún momento insinuaron que lo fuesen a igualar. Cristo
como Hijo de Dios infinito y eterno, vivió una vida y murió en un
sacrificio irrepetible por la eternidad. Pero siendo cierto que ningún
pecador rescatado puede duplicarlo, "...por una justicia vino la gracia
a todos los hombres para justificación de vida" (Rom. 5:18) ¿Es que
nadie va a llegar jamás a apreciarlo?
Es posible limpiar y pulir un viejo
fragmento de espejo para que refleje el brillo del sol hasta
deslumbrarnos. Sería disparatado deducir de ahí que el espejo puede
igualar al sol. De la Esposa de Cristo, se dice en Cantares 6:10 que
está "esclarecida como el sol", pero se trata siempre de luz reflejada,
con su origen en Jesús.
La cuestión importante es ¿se puede
limpiar y pulir el viejo fragmento de espejo antes del retorno de
Cristo? O mejor, ¿pueden los 144.000 viejos trozos de espejo ser
finalmente pulidos hasta reflejar unísonamente el carácter del Salvador
a modo de preciosa gema corporativa en la que él "verá del trabajo de su
alma y será saciado"? ¿Pueden ser purificados los fragmentos al fin? ¿O
bien deben permanecer sucios y contaminados con el pecado continuado?
Si Cristo fue "tentado en todo según
nuestra semejanza, pero sin pecado", ¿será posible cuando cese su
ministerio como Sumo Sacerdote que su pueblo también cese de pecar
estando todavía en carne pecaminosa, con naturaleza pecaminosa? Si la
respuesta es sí, entonces su Esposa puede estar preparada para su
venida. Si es que no, las "bodas del Cordero" no pueden jamás tener
lugar y la segunda venida tiene que dejar de ser una esperanza
realizable. La esperanza y anhelo del mensaje de 1888 se expresan así:
"Alguien
formará parte de ese perfecto reino de Dios. Podemos o no formar parte.
La elección es nuestra. Somos libres de escoger en un sentido u otro,
pero el evento ocurrirá de todas formas. Habrá un pueblo compuesto por
representantes de toda tribu y nación (de raza negra, blanca, amarilla,
aceitunada, la mayor parte pobres), algunos ricos, pocos grandes
hombres, y muchos pequeños hombres. Gente de todas las disposiciones y
nacionalidades, de entre todo el mundo. Todos hablando en unidad, sobre
el mismo tema, todos manifestando las características del Señor
Jesucristo. Eso está todavía por suceder. Si sabemos y creemos que tiene
que ocurrir, entonces es posible que ocurra" (Waggoner, General
Conference Bulletin, 1901, p. 149).
"Cuando
Dios haya dado al mundo ese testimonio de su poder para salvar hasta lo
sumo, de salvar seres pecaminosos y vivir una vida perfecta en carne
pecaminosa, entonces quitará las dificultades y nos proporcionará
mejores circunstancias en las cuales vivir. Pero esa maravilla debe
producirse primeramente en el hombre pecaminoso, no solamente en la
persona de Jesucristo, sino en Jesucristo reproducido y multiplicado en
sus miles de seguidores. De forma que, no solamente en unos pocos casos
esporádicos, sino en todo el cuerpo de la iglesia, la perfecta vida
[carácter] de Cristo se manifestará al mundo, y eso será el último y
culminante acto que determinará la salvación, o bien la condenación de
los hombres" (Ibíd., p. 406).
E. White
coincide con esa alentadora idea. Véase la siguiente declaración, hacia
el final del libro Palabras de vida del gran Maestro:
"La luz de su gloria – su carácter – ha de
brillar en sus seguidores... El mundo está envuelto por las tinieblas de
la falsa concepción de Dios... En este tiempo, ha de proclamarse un
mensaje de Dios, un mensaje que ilumine con su influencia y salve con su
poder.. Su carácter ha de ser dado a conocer...
Aquellos que esperan la venida del Esposo
han de decir al pueblo: "¡He aquí vuestro Dios! Los últimos rayos de luz
misericordiosa, el último mensaje de clemencia que ha de darse al mundo,
es una revelación de su carácter de amor. Los hijos de Dios han de
manifestar su gloria. En su vida y carácter han de revelar lo que la
gracia de Dios ha hecho por ellos.
La luz del Sol de Justicia ha de brillar
en buenas obras, en palabras de verdad y hechos de santidad" (pp. 341,
342).
El pensamiento del Esposo se teje
ampliamente en la escena bíblica del pueblo de Dios anticipando la
venida de Cristo. "Las acciones justas de los santos" constituyen el
"lino fino" con el que se viste por fin la Esposa del Cordero
(Apoc. 19:8 y 7). El pueblo de Dios viene a ser hecho obediente a su
santa ley, de forma voluntaria y gozosa. Y hay algo escatológico único
en esta victoria, aplicable a la última generación. No es que el Señor
haya prohibido a generaciones anteriores que llegasen a "un varón
perfecto, a la medida de la edad de la plenitud de Cristo", sino
sencillamente que ninguna generación anterior ha alcanzado de hecho la
condición que el Apocalipsis postula para la Esposa de Cristo: "su
esposa se ha aparejado" (Apoc. 19:7).
En una
boda hay una gran diferencia entre la novia, y la niña que lleva las
flores. Ambas son humanas, y ambas femeninas; pero una de ellas, tomando
prestada la frase paulina de Efesios 4:13, ha dejado de ser una niña. Ha
alcanzado "la medida de la edad de la plenitud de" su Esposo, por cuanto
está por fin preparada para permanecer a su lado en simpatía y
apreciación. Puede ahora entrar en sus propósitos y cooperar con él.
Jamás puede igualarlo, pero a diferencia de la niña que lleva las
flores, puede apreciarlo.
¿Nos ha creado Dios quizá varón y hembra,
y ha compartido con nosotros los misterios del amor, a fin de enseñar su
propósito escatológico a quienes aprecian su gran sacrificio? Cuando su
Esposa se haya preparado, vendrá a reclamarla. Dice el Esposo que "os
tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy, vosotros también estéis". De
alguna manera habrá por fin un amor y simpatía mutuos, una
identificación, una verdadera unión con Cristo. En eso estaba la fuerza
del mensaje de 1888.
La
verdadera perfección cristiana es el desarrollo de la fe en los
corazones del pueblo de Dios, hasta el punto que la niñita que lleva las
flores crezca "en todas cosas en aquel que es la cabeza, a saber,
Cristo" (Efe. 4:15). "Unos pocos en cada generación" han vencido de
forma evidente, en el sentido de conquistar el yo y reflejar el carácter
de Cristo. Enoc y Elías son ejemplos claros. Pero esos pocos nunca
hubieron de vérselas con todo el espectro de tentaciones que el pueblo
de Dios deberá enfrentar en las escenas finales. La última generación
beberá, en un sentido muy particular, de la copa que Cristo bebió, y
será bautizada con su bautismo (Primeros Escritos, pp. 282-284; Joyas de
los Testimonios, vol. I, p. 64; Mat. 20:20-23; S. N. Haskell, en su
libro Story of Daniel the Prophet, aplicó esas palabras de Jesús a los
creyentes, en el tiempo de la angustia de Jacob, tras haber finalizado
el tiempo de gracia).
Desde el Génesis al Apocalipsis, la Biblia
es una vibrante historia de amor, con su trágico complot que se
desarrolla en los primeros tres capítulos, y el clímax de la resolución
en los cuatro últimos. La victoria se ganó en el sacrificio de Cristo.
Lo que debe hacer su pueblo es tener fe en tan maravillosa realización
por parte de su Señor.
¿Por qué ninguna generación previa, o
comunidad de santos ha estado nunca preparada para las bodas del
Cordero? No porque Dios les negase alguna cosa. No más de lo que impide
que la niña portadora de las flores se convierta en la novia. La
profecía indica que el singular ministerio del gran Sumo Sacerdote en el
lugar santísimo coincide con el desarrollo de la novia, que por fin
llega a estar preparada: "Hasta dos mil y trescientos días de tarde y
mañana; y el santuario será purificado" (Dan. 8:14). En el día típico de
la expiación, en el sistema simbólico, al pueblo le ocurría algo. Dijo
el Señor, "en ese día se os reconciliará para limpiaros; y seréis
limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová" (Lev. 16:30). De
manera que en el día antitípico – el real – de la expiación, el
sacerdote "limpiará los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a
plata; y ofrecerán a Jehová ofrenda con justicia" (Mal. 3:3). Esas serán
ofrendas exentas de preocupación egocéntrica, que es el radio de acción
propio del pecado. Una auténtica novia no va a la boda interesada en la
billetera de su novio, sino que lo aprecia por lo que él es. Su
solicitud va dirigida hacia él, no hacia ella misma.
Pero hoy
por hoy, la iglesia remanente es más una damita que lleva las flores que
una novia. La mayoría de cristianos son aun interesados, están
preocupados por obtener el premio, su trozo de tarta. Pocos están más
motivados por Cristo mismo que por disfrutar en compañía de su familia
de las delicias de la nueva Jerusalén. Ese es el motivo por el que rara
vez toman su cruz en servicio, para seguirle a él. Pocos sienten la
preocupación por el honor y la vindicación del Esposo. Cantamos "aunque
en esta vida no tengo riquezas, sé que allá en la gloria tengo mi
mansión". Rara vez "Sea él coronado, por los siglos".
Esa noción verdaderamente Cristocéntrica
de interés por él, marcó singularmente las presentaciones de los
mensajeros de 1888. Considérese el ejemplo siguiente, que constituye una
"gran idea", (1)
pocas veces expresada en nuestra literatura [Nota: La expresión está
tomada de una cita de E. White: "La belleza de la verdad... es tan
grande, tan abarcante, profunda y amplia, que el yo se pierde de
vista... Predíquese de forma que la gente capte las grandes ideas y
descubra el oro profundamente contenido en las Escrituras" (Manuscrito
7, 1894). La frase se hizo célebre en el apogeo de la era de 1888, y fue
sin duda inspirada por el mensaje de Jones y Waggoner]:
"Hemos
visto que el cuerno pequeño –el hombre de pecado, el misterio de
iniquidad – ha instaurado su propio... sacerdocio... en el lugar del
sacerdocio santo y celestial... En ese servicio y sacerdocio del
misterio de iniquidad, el pecador confiesa sus pecados al sacerdote, y
sigue pecando. Ciertamente, en ese ministerio y sacerdocio no hay poder
para hacer nada que no sea seguir pecando, incluso tras haber confesado
los pecados. Pero, aunque sea triste decirlo, los que hacen profesión de
no pertenecer al misterio de iniquidad, sino que creen en Jesús y su
sacerdocio celestial, ¿acaso confiesan ellos también sus pecados, para
seguir pecando?
¿Hace eso
justicia a nuestro gran Sumo Sacerdote, a su sacrificio y a su bendito
ministerio?" (Jones, The Consecrated Way, pp. 121, 122).
Amor por Cristo, interés por él y por su
gloria. ¿Será posible que algún día de nuestra vida lleguemos al punto
en el que eso trascienda a nuestra preocupación por el propio yo y
nuestra salvación personal? ¿Aprenderemos por fin, en esta carne mortal,
a apreciar "el perfecto amor [que] echa fuera el temor"? La profecía
responde afirmativamente. Leemos en Zacarías 12:10 que llegará el
momento en el que el pueblo de Dios apartará su atención de sus propios
problemas y preocupación por su propia seguridad y se preocupará por
Jesús: "Y mirarán a mí, a quien traspasaron, y harán llanto sobre él,
como llanto sobre unigénito, afligiéndose sobre él como quien se aflige
sobre primogénito". La razón por la que la iglesia remanente es tibia es
porque nos mueve la preocupación egocéntrica. Pero existe una motivación
superior: "El amor de Cristo nos constriñe" (2 Cor. 5:14).
Jones y Waggoner lo comprendieron. Tuvo un
gran peso específico en su mensaje. Jones continúa así:
"¿Es
justo que rebajemos así a Cristo, su sacrificio y su ministerio,
prácticamente a la altura de la ‘abominación de la desolación’,
declarando que en el verdadero ministerio no hay más poder o virtud que
en el ‘misterio de iniquidad’? Que Dios libre hoy y para siempre a esta
iglesia y pueblo, sin más demora, de este rebajar hasta lo ínfimo a
nuestro gran Sumo Sacerdote, su formidable sacrificio y su glorioso
ministerio." (Ibíd., p. 122).
Cuando
aprendamos a estar preocupados por él y por su gloria, veremos una nueva
dimensión en el conocido texto: "Temed a Dios, y dadle gloria; porque ha
llegado la hora de su juicio" (Apoc. 14:7). Dado que "el mundo está
envuelto por las tinieblas de la falsa concepción de Dios", "el último
mensaje... es una revelación de su carácter de amor...", en la "vida y
carácter" de sus discípulos, quienes dirán al mundo: "¡He aquí vuestro
Dios!" (Palabras de Vida del Gran Maestro, p. 342). Así, le darán gloria
en la hora de su juicio (Apoc. 14:7).
La clase
de oración que solemos hacer delata motivos egoístas en lo profundo de
nosotros. Decimos: "Señor, bendíceme a mí y a mis seres queridos, y no
me olvides en tu reino. Bendice a los misioneros para que la obra pueda
concluir, y podamos ir en seguida al cielo en gloria". Es ciertamente
tiempo de que aprendamos a orar un tipo de oración de alcance superior,
en consistencia con una genuina preocupación por el honor de Cristo.
El decir que es imposible obedecer la ley
de Dios y que la justicia imputada de Cristo cubrirá nuestros continuos
pecados en el sentido de excusarlos, es antinomianismo (desprecio hacia
la ley). No glorifica a nuestro Salvador el que "[hagamos] caso de la
carne en sus deseos" (Rom. 13:14). En un momento de tentación
inesperada, seductora y casi abrumadora, José dijo "¡No!". "Y él no
quiso, y dijo... ¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra
Dios?" (Gén. 39:8,9). Honró así al Señor que murió por él. ¡Qué
tragedia!, si hubiera hecho "caso de la carne en sus deseos", y se
hubiera dicho: "No puedes vencer siempre, esta vez es demasiado, me es
imposible obedecer ahora. ¡La justicia de Cristo tendrá que cubrirme
esta vez"!
El asunto importante en los últimos días,
no es la salvación de nuestras pobres almas, sino el honor de Cristo.
"Temed a Dios y dadle honra", es el llamado del ángel. La prueba a la
que será sometido el pueblo de Dios antes del fin del tiempo de gracia
será la marca de la bestia, una prueba que nunca antes en la historia se
les ha presentado, mayor incluso que la de los mártires de antaño. Será
la obra maestra de seducción satánica, perfeccionada a lo largo de sus
seis mil años de experiencia en tentar al pueblo de Dios. Será
sabiamente trazada para penetrar profundamente en nuestras almas y si
fuere posible, barrernos en la última marea de iniquidad. ¡Un examen
final como ese, requiere una preparación cabal!
Mientras tanto, mientras rechazamos la
cínica acusación de Satanás de que es imposible para los hijos e hijas
de Adán guardar la ley, somos plenamente conscientes de que somos
pecadores caídos por naturaleza y que necesitamos siempre un Salvador.
"Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis, y si alguno
hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el
justo". El Espíritu Santo trae insistentemente buenas nuevas al corazón
del pecador contrito que ha caído:
"A menudo
tenemos que postrarnos y llorar a los pies de Jesús por causa de
nuestras culpas y equivocaciones; pero no debemos desanimarnos. Aun si
somos vencidos por el enemigo, no somos desechados ni abandonados por
Dios." (El camino a Cristo, p. 64).
"Jesús ama a sus hijos, aunque estos
yerren... Cuando hacen lo mejor posible, acudiendo a Dios por su ayuda,
estad seguros de que el servicio será aceptado, aunque sea imperfecto.
Jesús es perfecto. La justicia de Cristo les es imputada, y dirá
‘quitadle esas vestimentas viles... y te he hecho vestir de ropas de
gala’. Jesús hace provisión para nuestras deficiencias inevitables”
(Carta 17a, 1891).
"Si uno
que tiene comunión diaria con Dios se desvía del camino, si por un
momento deja de mirar firmemente a Jesús, no es porque peca
voluntariamente, ya que cuando ve su error, vuelve nuevamente y fija sus
ojos en Jesús, y el hecho de que haya errado, no lo hace menos querido
al corazón de Dios" (Review and Herald, 12-5-1896).
"Si
cometéis errores y sois atrapados en el pecado, no sintáis que no podéis
orar... sino buscad más fervientemente al Señor" (Our High Calling,
p. 49).
Hay una declaración que puede ser
fácilmente forzada de su contexto para sustentar la acusación satánica
de que no nos es posible otra cosa que no sea continuar transgrediendo
la ley de Dios:
"Cuando,
por la fe en Jesús, el hombre actúa de acuerdo a su mejor capacidad, y
procura guardar el camino del Señor mediante la obediencia a los diez
mandamientos, se le imputa la perfección de Cristo para cubrir la
transgresión del alma arrepentida y obediente" (Fundamentals of
Christian Education, p. 135).
Pero
examinemos el trascendente contexto. Podemos vencer. En la misma página
y siguientes, leemos:
"En la
cruz del Calvario podemos ver lo que ha costado al Hijo de Dios traer
salvación a la raza caída. Así como el sacrificio en favor del hombre
fue completo, también la restauración del hombre de la contaminación del
pecado debe ser cabal y completa... Se debe batallar contra los pecados
opresores, y vencerlos. Los rasgos objetables de carácter, sean estos
hereditarios o cultivados, deben ponerse aparte, y comparados con la
gran norma de justicia; y en la luz reflejada desde la palabra de Dios
se los debe resistir y vencer con firmeza, mediante el poder de Cristo"
(Ibíd., pp. 135, 136).
Elena
White en absoluto enseña la sutileza antinomianista de que es imposible
resistir plenamente la marca de la bestia (Satanás quiere, con toda
seguridad, que creamos tal cosa). "Si alguno hubiere pecado, abogado
tenemos..." (1 Juan 2:1): ahora tenemos un abogado; siempre tendremos un
Salvador, pero la inspiración nos dice que no tendremos abogado o
intercesor por siempre. Ver El Conflicto de los siglos, p. 478.
La obra de Cristo como Sumo Sacerdote, en
su ministerio final, es preparar un pueblo para afrontar la prueba de la
marca de la bestia. E. White lo comprendió con claridad desde los
primeros días del movimiento adventista:
"Cuando
cesó el ministerio de Jesús en el lugar santo y pasó él al santísimo...
envió otro poderoso ángel con un tercer mensaje para el mundo... Tenía
por objeto aquel mensaje, poner en guardia a los hijos de Dios,
revelándoles la hora de tentación y angustia que los aguardaba... Dijo
el ángel: ‘tendrán que combatir [cuerpo a cuerpo] contra la bestia y su
imagen’... La atención de cuantos aceptan este mensaje se dirige hacia
el lugar santísimo, donde Jesús está de pie delante del arca, realizando
su intercesión final por todos aquellos para quienes hay aun
misericordia y por los que hayan violado ignorantemente la ley de Dios"
(Primeros Escritos, p. 254).
La justificación por la fe a la luz de la
obra final de intercesión de Cristo en el lugar santísimo, esa es la
provisión de Dios para preparar a su pueblo para enfrentarse a la prueba
de la marca de la bestia. Ese fue el peso del mensaje de 1888.
Nota:
La expresión está tomada de una cita de E. White: "La belleza de la
verdad… es tan grande, tan abarcante, profunda y amplia, que el yo se
pierde de vista… Predíquese de forma que la gente capte las grandes
ideas y descubra el oro profundamente contenido en las Escrituras"
(Manuscrito 7, 1894). La frase hizo fortuna en el apogeo de la era "de
1888", y fue sin duda inspirada por el mensaje de Jones y Waggoner.
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