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Plantear la pregunta improcedente en el
momento inoportuno da por resultado la confusión. Allá donde se mencione
la vida sin pecado, aparece siempre alguien dispuesto a hacer la
pregunta cargada de intención: "¿Vives tú sin pecado? ¿Eres tú perfecto?
¿Me puedes mostrar a alguien (exceptuando a Cristo) que haya sido
perfecto?" Más de una vez, la sonrisa adorna el silencio tenso que suele
acompañar a esas preguntas burlonas.
Pero eso
no incumbe al tema de este capítulo. Incluso para un niño es evidente
que jamás un verdadero cristiano se sentirá o declarará perfecto. No fue
el orgulloso fariseo quien fue justificado, sino el publicano contrito
(evidentemente por fe, ya que de otra forma no es posible). Y éste
último oraba "Dios, sé propicio a mí, pecador" (Luc. 18:13). Hasta que
Cristo glorifique a sus santos, en la segunda venida, sabrán que "en
[ellos], es a saber, en [su] carne, no mora el bien" (Rom. 7:18). Ningún
verdadero cristiano pretenderá más de lo que expresó Pablo: "No que ya
haya alcanzado ni que ya sea perfecto... Hermanos, yo mismo no hago
cuenta de haberlo ya alcanzado" (Fil. 3:12, 13).
"Nunca
podemos con seguridad poner la confianza en el yo, ni tampoco, estando,
como nos hallamos, fuera del cielo, hemos de sentir que nos encontramos
seguros contra la tentación... Nuestra única seguridad está en
desconfiar constantemente de nosotros mismos y confiar en Cristo"
(Palabras de Vida del Gran Maestro, p. 119-120).
"No sólo al comienzo de la vida cristiana
ha de hacerse esta renuncia al yo [orgullo y suficiencia propia]. Ha de
renovársela a cada paso que se de hacia el cielo...
Mientras
más nos acerquemos a Jesús, y más claramente apreciemos la pureza de su
carácter, más claramente discerniremos la excesiva pecaminosidad del
pecado, y menos nos sentiremos inclinados a ensalzarnos a nosotros
mismos." (Id., p. 124).
"Hay
esfuerzo ferviente desde la cruz hasta la corona. Hay lucha contra el
pecado interior. También contienda contra el error de afuera" (Review
and Herald, 29-9-1887).
Debemos
comenzar por hacer la pregunta adecuada en el momento correcto. Y el
tiempo correcto es este tiempo de purificación del santuario celestial,
mientras nuestro gran Sumo Sacerdote está completando su obra de
expiación final. Cristo está por cumplir una obra única en la historia
humana, desde que ésta comenzó. Si bien ningún hijo de Dios pretenderá
haber vencido todo pecado, y si bien es igualmente cierto que no podemos
juzgar de ninguna persona del pasado (exceptuando a Cristo) ni del
presente en el sentido de que haya o no vencido como Él venció, eso no
significa que el ministerio de Cristo en el lugar santísimo vaya a
fracasar en obtener esos resultados. Por mucho que hayamos dejado de
vencer en el pasado o el presente, el que nosotros digamos que es
imposible vencer el pecado por la fe en el Redentor, es de hecho
justificar y fomentar el pecado, y colocarse en el bando del gran
enemigo.
Las
preguntas que es adecuado plantearse, son: El sacrificio de Cristo como
Cordero de Dios, y su ministerio como gran Sumo Sacerdote, ¿son
suficientemente poderosos como para salvar a su pueblo de (no en) sus
pecados? ¿Es verdaderamente capaz de salvar hasta lo sumo a los que por
él se allegan a Dios? ¿Tendrá verdadero éxito en "afinar y limpiar la
plata: porque limpiará los hijos de Leví, los afinará como a oro y como
a plata; y ofrecerán a Jehová ofrenda con justicia"? (Mal. 3:3). Cuando
venga Cristo por segunda vez, ¿encontrará un pueblo del que honestamente
pueda decir "Aquí está la paciencia de los santos; aquí están los que
guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús"?
Si es su
voluntad, el Señor "criará una cosa nueva sobre la tierra" (Jer. 31:22),
y lo que quiere cumplir es la preparación de un pueblo para la segunda
venida de Cristo. Por primera vez en la historia humana, se hace el
anuncio divino: "Aquí está la paciencia de los santos; aquí están los
que guardan los mandamientos de Dios, y la fe de Jesús". El
acontecimiento que sigue es la venida del Señor (vers. 12 y 14 de
Apoc. 14).
Decir que
esos santos en realidad no guardan los mandamientos de Dios, sino que
simplemente Dios lo presume así, es violar el contexto de los mensajes
de los tres ángeles. El cielo declara que "son vírgenes... siguen al
Cordero por donde quiera que fuere... en sus bocas no ha sido hallado
engaño; porque ellos son sin mácula delante del trono de Dios" (vv. 4,5).
Sabemos que tienen naturaleza pecaminosa, "por cuanto todos pecaron y
están destituidos de la gloria de Dios" (Rom. 3:23). Pero la congruencia
de la declaración de Apocalipsis 14 exige que la fe de Jesús haya
realmente obrado, y hayan cesado de pecar. Vencieron como Cristo venció
(Apoc. 3:21). Tratar de situar esta descripción de un pueblo victorioso
en el futuro posterior a la segunda venida supone una violación
flagrante del contexto. En Apocalipsis 15:2 se contempla el mismo grupo,
que ha obtenido la victoria antes del fin del tiempo de gracia.
Las generaciones anteriores no han sido
nunca capaces de comprender claramente la verdad de la perfección
cristiana sin caer en los errores del perfeccionismo, debido a que
todavía no era la hora de la purificación del santuario. Cuando llegamos
a "los días de la voz del séptimo ángel, cuando él comenzare a tocar la
trompeta, el misterio de Dios será consumado, como él lo anunció a sus
siervos los profetas" (Apoc. 10:7). He aquí la contribución especial que
el adventismo debe hacer para completar la gran Reforma y el
cumplimiento de la comisión evangélica. Debe haber una conjugación de la
verdad del santuario celestial y de la verdad de la justificación por la
fe. Y es entonces cuando comenzamos a sentir la auténtica significación
del mensaje de 1888 tal como el Señor lo envió a su pueblo.
El
mensaje de 1888 era un mensaje de gloriosa esperanza, tan exento de
fanatismo como de los errores del perfeccionismo. Ambos mensajeros,
desde el principio de la era de 1888, fueron claros y categóricos en
cuanto a que es posible vivir sin pecar, de que el pueblo de Dios puede
vencer como Cristo venció, y que la clave para esa gloriosa posibilidad
reside en la fe de su pueblo en el ministerio del gran Sumo Sacerdote en
el lugar santísimo.
Las
primeras tres frases del libro de Waggoner Cristo y su Justicia resumen
claramente su concepto de la vida sin pecado. Constituyen la semilla de
una verdad que se desarrolla hasta convertirse en un poderoso árbol:
"En el primer versículo del tercer
capítulo de Hebreos, encontramos una exhortación que abarca sumariamente
toda orden dada al cristiano. Es la siguiente: ‘Por lo tanto hermanos,
vosotros que pertenecéis al pueblo de Dios, que habéis sido llamados por
Dios a ser suyos, considerad atentamente a Jesús, el apóstol y sumo
sacerdote gracias al cual profesamos nuestra fe’ [Heb. 3:1, versión DHH].
Hacer eso como lo impone la Biblia, considerar a Cristo de forma
continua e inteligente, tal como él es, transformará a uno en un
perfecto cristiano, ya que ‘contemplando... somos transformados’
(2 Cor. 3:18)".
Edificados sólidamente sobre el concepto
de Lutero de la justificación por la fe, Jones y Waggoner establecieron
tres elementos esenciales del singular mensaje de los tres ángeles. Este
es el sentido en el que el mensaje de 1888 va más allá de lo que los
reformadores del siglo XVI fueron capaces de ir en su día:
Se hace un llamado al creyente a
"considerar atentamente a Jesús, el... sumo sacerdote" en su obra de
purificar el santuario en el día antitípico de la expiación, que comenzó
en 1844.
Considerar a Cristo de forma continua e inteligente, tal como él es, es
considerar la verdadera enseñanza neotestamentaria de que su papel en
tanto que sustituto y ejemplo requiere que tomase la naturaleza del
hombre caído, en semejanza de carne de pecado, siendo así poderoso para
socorrer a los que son tentados.
La fe en
un Salvador y Sumo Sacerdote tal, transformará a uno en un cristiano
perfecto. Obsérvese la palabra transformará. El verdadero creyente no
solamente será tenido o legalmente reconocido por tal, sino que
realmente se transformará en un cristiano perfecto, por la fe.
La
enseñanza de Jones estaba en completa armonía con la de Waggoner. En The
Consecrated Way to Christian Perfection, publicado primeramente (1898 a
1899) como artículos de Review and Herald, se declara sencilla y
categóricamente:
"En su venida [de Cristo] en la carne,
habiendo sido hecho en todo como nosotros, y siendo tentado en todo como
lo somos nosotros, se identificó con toda alma humana allí donde ésta
está. Y desde la posición en la que está cada alma humana, consagró para
ella un camino nuevo y vivo que atraviesa todas las vicisitudes y
experiencias de una vida entera, incluyendo la muerte y la tumba, hasta
el santo de los santos, a la derecha de Dios por la eternidad...
Y él
consagró este "camino" para nosotros. Habiéndose hecho uno con nosotros,
hizo ese camino el nuestro; nos pertenece. Ha otorgado a toda alma el
divino derecho a transitar por ese camino consagrado. Y habiéndolo hecho
él mismo en la carne –en nuestra carne–, lo hizo posible. De hecho, nos
ha dado la seguridad de que toda alma humana puede caminar en ese
camino, con todo cuanto significa ese camino, y por medio de el, entrar
libre y plenamente hasta el santo de los santos...
Ha
establecido y consagrado un camino por el cual, en él, todo creyente
puede, en este mundo, y por toda la vida, vivir una vida santa,
inocente, limpia, apartada de los pecadores, y como consecuencia, ser
hecho con él más sublime que los cielos [Heb. 7:26]" (pp. 61,62).
Se suscita la cuestión inmediatamente, ¿es
lo anterior la herejía del perfeccionismo? Jones aclara que no es así:
"La meta
cristiana es la perfección, la perfección de carácter. Perfección
lograda en carne humana en este mundo. Cristo la obtuvo en carne humana
en este mundo, estableciendo y consagrando así un camino por el cual, en
él, todo creyente pueda obtenerla. Él, habiéndola obtenido, ha venido a
ser nuestro gran Sumo Sacerdote. Por su ministerio sacerdotal en el
verdadero santuario nos capacita para obtenerla." (Ibíd.).
Hay que
distinguir claramente entre la "perfección de carácter... lograda en
carne humana" y el perfeccionismo fanático que pretende la perfección de
la carne humana. El perfeccionismo es una herejía que se caracteriza por
una o más de las falsas ideas que siguen:
La erradicación de la naturaleza
pecaminosa del hombre en cualquier momento anterior a la glorificación,
a la segunda venida de Cristo.
La restauración perfecta de los poderes
mentales o físicos mientras el hombre es aun mortal.
La perfección de la carne.
La vida sin la gracia capacitadora de
Dios.
Una infusión de mérito intrínseco,
confiando en una santidad o justicia inherentes.
La pretensión de ser salvo en base a una
santidad superior.
La pretensión de poseer o creer en
sentimientos o impresiones, que están por encima de la Palabra.
La creencia de que es imposible pecar o
caer.
La asunción de que uno está
espiritualmente seguro en función de una justificación puramente legal,
mientras se continúa viviendo en transgresión de la ley de Dios.
La asunción de que el continuo pecado deja
de ser pecaminoso si uno está salvado o santificado.
En el mensaje de 1888 no existe ninguna de
esas falsas ideas. Por el contrario, encontramos un llamado definido a
la preparación para la segunda venida de Cristo. E. White distinguió el
llamado. Refiriéndose al mensaje de Jones y Waggoner dijo:
"En su
gran misericordia el Señor envió un preciosísimo mensaje a su pueblo por
medio de los pastores Waggoner y Jones. Este mensaje tenía que presentar
en forma más destacada ante el mundo al sublime Salvador, el sacrificio
por los pecados del mundo entero. Presentaba la justificación por la fe
en el Garante; invitaba a la gente a recibir la justicia de Cristo, que
se manifiesta en la obediencia a todos los mandamientos de Dios... Es el
mensaje del tercer ángel, que ha de ser proclamado en alta voz y
acompañado por el abundante derramamiento de su Espíritu" (Testimonios
para los Ministros, pp. 91,92. Original sin atributo de cursivas).
Frecuentemente E. White declaró que la
causa real del rechazo del mensaje fue un amor secreto al pecado.
Waggoner nos dijo que estaba en deuda con Lutero y Wesley por su
compresión. Y Wesley enseñó claramente la posibilidad de vida sin
pecado, en carne mortal. La terrible oposición de la que fue objeto en
su día era una representación de la que deberían afrontar Jones y
Waggoner. Wesley dijo del conflicto en su día:
"Ninguna
otra expresión en las Santas Escrituras ha resultado ser tan ofensiva
como la presente. El término perfecto es lo que muchos no pueden
soportar. La simple pronunciación del mismo es una abominación para
ellos, y quienquiera que predique la perfección en el sentido de que es
posible lograrla en esta vida, incurre en grave riesgo de ser tenido por
peor que un pagano o publicano ante ellos" (Works of Wesley, Vol. VI,
p. 1).
"‘No’,
dice un gran hombre [Zinzerdorf], ‘es el error de los errores: lo
aborrezco con toda mi alma. Lo perseguiré por todos los sitios con fuego
y espada’. Pero, ¿por qué tanta vehemencia?... ¿Por qué son tan
ardientes, casi diré furiosos, los que se oponen (con pocas excepciones)
a la salvación del pecado?... En el nombre de Dios, ¿cuál es la razón de
ese apego al pecado? ¿Qué ha hecho de bueno por vosotros? ¿Qué de bueno
puede hacer por vosotros, en este mundo o en el por venir? ¿Y por qué
esa violencia contra los que esperan en la liberación del pecado?"
(Ibíd., p. 424).
Probablemente Wesley no llegó en su día a captar hasta la última
perspectiva del problema. Pero quienes vivan en los últimos días, sabrán
lo que significa el dragón "airado contra la mujer; y... [haciendo]
guerra contra los otros de la simiente de ella, los cuales guardan los
mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo" Lo que pone a
Satanás tan furioso es que habrá un pueblo que guardará verdaderamente
los mandamientos de Dios.
En
realidad, la ley de Dios ha sido desde siempre el centro de la
controversia, ya que del hombre caído, el enemigo "declara que nos es
imposible obedecer sus preceptos" (El Deseado de Todas las Gentes,
p. 15). Wesley debió contender con lo mismo que E. White declaró que
hemos de contender nosotros: "un extraño poder que se opone a la idea de
alcanzar la perfección que Cristo presenta" (Alza tus Ojos, p. 236).
Como en la época de Wesley, ella manifestó que muchos pastores repiten
las falsedades de Satanás:
"Satanás declaró que era imposible para
los hijos e hijas de Adán guardar la ley de Dios, acusándolo así de
falta de sabiduría y amor. Si no podían guardar la ley, entonces el
defecto estaba en el dador de la ley. Los hombres que están bajo el
control de Satanás repiten esas acusaciones contra Dios, al aseverar que
los hombres no pueden guardar la ley de Dios...
[Pero] Cristo tomó sobre sí la naturaleza
humana, y se sujetó a cumplir toda la ley en beneficio de aquellos a
quienes representaba. Si hubiese fracasado en una jota o un tilde,
habría sido un transgresor de la ley, y habríamos tenido en él una
ofrenda pecaminosa, sin valor. Pero él cumplió cada término de la ley, y
condenó el pecado en la carne; sin embargo muchos pastores repiten las
falsedades de los escribas, sacerdotes y fariseos, y siguen su ejemplo
al apartar de la verdad a la gente.
Dios se manifestó en carne para condenar
el pecado en la carne, manifestando obediencia perfecta a toda la ley de
Dios. Cristo no pecó, ni fue hallado engaño en su boca. No corrompió la
naturaleza humana y, aunque en la carne, no transgredió la ley de Dios
en ningún particular. Más que esto, eliminó toda excusa que pudiesen
esgrimir los hombres caídos para no guardar la ley de Dios...
Este
testimonio en relación con Cristo muestra llanamente que condenó el
pecado en la carne. Nadie puede decir que está sujeto sin esperanza a la
servidumbre del pecado y Satán. Cristo asumió la responsabilidad de la
raza humana... Testifica que por su justicia imputada el alma creyente
obedecerá los mandamientos de Dios" (Signs of the Times, 16-7-1896).
La fecha
de esta contundente declaración indica que E. White apoyaba con firmeza
el mensaje de Jones y Waggoner. Si el mensaje hubiese estado contaminado
por el perfeccionismo en la más pequeña medida, ciertamente no lo habría
apoyado. Obsérvese que la justicia imputada de Cristo efectúa más que
una mera declaración legal: convierte al creyente en obediente.
El cómo
de este glorioso logro de la perfección del carácter, lo vemos
claramente expresado en algo que E. White dijo unos diez años más tarde
(1907):
"[Cristo] hizo una ofrenda tan completa
que por su gracia todos pueden alcanzar la norma de la perfección. De
todos cuantos reciben su gracia y siguen su ejemplo será escrito en el
libro de la vida: ‘Completos en él –sin mancha ni arruga’.
Los seguidores de Cristo deben ser puros y
verdaderos en palabra y obra. En este mundo –un mundo de iniquidad y
corrupción – los cristianos deben revelar los atributos de Cristo. Todo
cuanto hagan y digan debe estar libre de egoísmo. Cristo los quiere
presentar ante el Padre ‘sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante’,
purificados por su gracia, llevando su semejanza.
En su
gran amor, Cristo se entregó por nosotros... Debemos entregarnos a él.
Cuando esa entrega es total, Cristo puede concluir la obra que comenzó
en nuestro beneficio mediante la entrega de sí mismo. Entonces nos puede
brindar restauración completa" (Review and Herald, 30-5-1907).
Evidentemente, la perfección de carácter
no es simplemente una declaración legal. Es algo que Cristo desea, por
lo tanto, no ha sido aun realizado en su pueblo. Hay implicado un factor
de tiempo, una condición: "Cuando [nuestra] entrega es total, Cristo
puede concluir la obra que comenzó en nuestro beneficio mediante la
entrega de sí mismo". Y esa "entrega total" debe preceder a la
"restauración completa", que incluye la traslación sin ver la muerte.
Es aquí donde entra por derecho propio la
auténtica justificación por la fe. No podemos saber cómo efectuar esa
entrega total que es tan vitalmente necesaria a menos que comprendamos
verdaderamente el evangelio. El mensaje de 1888 fue el comienzo de esa
divina provisión para la lluvia tardía.
No es, por lo tanto, maravilla, que
Satanás haya odiado tanto el mensaje y se haya opuesto constantemente a
él. Su oposición más sabia es evidentemente por medio de falsificaciones
sutiles de la justificación por la fe. Las mismas pueden ser fácilmente
desenmascaradas porque invariablemente están traicionadas por un
denominador común: la oposición a la ley de Dios. Dicha oposición toma
una de estas dos formas: (1) declaran que la ley de Dios ha sido abolida
o cambiada, o (2) declaran que la ley de Dios es imposible de obedecer.
De manera que toda pretendida
justificación por la fe que se convierte en un manto para cubrir la
continua desobediencia a la ley de Dios es una falsificación. Y todo
mensajero que predique una clase de justificación por la fe mientras
"infringiere uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñare a
los hombres" (Mat. 5:19) es un agente del engaño.
¿Enseña
la Biblia la posibilidad de vida sin pecado, en nuestra naturaleza
pecaminosa? Si Cristo fue enviado en "semejanza de carne de pecado, y a
causa del pecado, condenó al pecado en la carne: para que la justicia de
la ley fuese cumplida en nosotros", entonces la respuesta es clara.
Cristo es nuestro sustituto y ejemplo. Lo demostró de una vez por todas.
"El cual no hizo pecado; ni fue hallado engaño en su boca"
(1 Ped. 1:22). Y de su pueblo se podrá afirmar que "en sus bocas no ha
sido hallado engaño; porque ellos son sin mácula delante del trono de
Dios" (Apoc. 14:5). "Aquí están los que guardan los mandamientos de
Dios, y la fe de Jesús" (vers. 12). Serán vencedores "como Yo he
vencido" (Apoc. 3:21), dice Jesús. No hay un tilde de perfeccionismo en
esta enseñanza bíblica, ya que ningún santo vencerá si no es por la fe
en el gran Vencedor, "el autor y consumador de nuestra fe". Los
vencedores no se atribuyen mérito alguno, sino que lo obtienen todo por
la fe. "Por lo cual puede también salvar eternamente a los que por él se
allegan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos. Porque tal
pontífice nos convenía: santo, inocente, limpio, apartado de los
pecadores, y hecho más sublime que los cielos". (Heb. 7:25,26)
Si eliminamos el ministerio sacerdotal de
Cristo en el lugar santísimo, ese concepto de preparación para la
segunda venida desaparece, y el impacto de la Iglesia Adventista se
reduce a un eco "yo también" de las iglesias evangélicas populares.
Nuestro singular mensaje se centra en el ministerio sacerdotal de
Cristo:
"Los que
vivan en la tierra cuando cese la intercesión de Cristo en el santuario
celestial deberán estar de pie en la presencia del Dios santo sin
mediador. Sus vestiduras deberán estar sin mácula; sus caracteres,
purificados de todo pecado por la sangre de la aspersión. Por la gracia
de Dios y sus propios y diligentes esfuerzos deberán ser vencedores en
la lucha con el mal. Mientras se prosigue el juicio investigador en el
cielo, mientras que los pecados de los creyentes arrepentidos son
quitados del santuario, debe llevarse a cabo una obra especial de
purificación, de liberación del pecado, entre el pueblo de Dios en la
tierra. Esta obra está presentada con mayor claridad en los mensajes del
capítulo 14 del Apocalipsis" (El Conflicto de los Siglos, p. 478).
No es necesario temblar por tener que
permanecer en pie en la presencia del Dios santo sin mediador.
Recuérdese que ese Dios santo es amoroso Padre celestial, nuestro
Salvador. ¡No está por la labor de impedirnos la entrada al cielo, sino
por la de llevarnos allí!
El Señor tendrá un pueblo que no podrá
"ser inducido a ceder a la tentación ni siquiera en pensamiento":
"Ahora,
mientras que nuestro gran Sumo Sacerdote está haciendo propiciación por
nosotros, debemos tratar de llegar a la perfección en Cristo. Nuestro
Salvador no pudo ser inducido a ceder a la tentación ni siquiera en
pensamiento. Satanás encuentra en los corazones humanos algún asidero en
que hacerse firme; es tal vez algún deseo pecaminoso que se acaricia,
por medio del cual la tentación se fortalece. Pero Cristo declaró al
hablar de sí mismo: ‘Viene el príncipe de este mundo; mas no tiene nada
en mí’ (Juan 14:30) Satanás no pudo encontrar nada en el Hijo de Dios
que le permitiese ganar la victoria. Cristo guardó los mandamientos de
su Padre y no hubo en él ningún pecado de que Satanás pudiese sacar
ventaja. Esta es la condición en que deben encontrarse los que han de
poder subsistir en el tiempo de angustia" (Ibíd., p. 681).
Alguno
dirá: "justo lo que temía. Prefiero morir e ir a la tumba, más bien que
pasar por el tiempo de angustia: ¡y si no doy la talla!" Pero si
sentimos eso, realmente estamos siendo egoístas, por dos conceptos:
Estamos privando al Señor de la lealtad que él merece recibir de
nosotros en esos últimos días, y estamos evadiendo una experiencia y
prueba que algún otro tendrá que sufrir en nuestro lugar. Si toda
nuestra preocupación se reduce a alcanzar el cielo, ciertamente somos
egoístas. Quienes razonan que el camino del cementerio es al fin y al
cabo tan eficaz para llegar al cielo como el vivir el tiempo de angustia
y la traslación, están pensando exclusivamente en sí mismos. Quizá no se
den cuenta, pero en realidad están intentando evitar a Cristo. El
párrafo que sigue al citado más arriba, lo ilustra:
"En esta
vida es donde debemos separarnos del pecado por la fe en la sangre
expiatoria de Cristo. Nuestro amado Salvador nos invita a que nos unamos
a él, a que unamos nuestra flaqueza con su fortaleza, nuestra ignorancia
con su sabiduría, nuestra indignidad con sus méritos... De nosotros
está, pues, que cooperemos con los factores que Dios emplea, en la tarea
de conformar nuestros caracteres con el modelo divino" (Ibíd.).
No hay, pues, nada que temer, con tal que
estemos dispuestos a unirnos a él.
Cuando regresé de África, tras años de
servicio misionero, me inscribí en un curso universitario de traducción
avanzada del griego. Pronto comencé a temer no poder seguir el ritmo de
la clase. Un día tras otro, los coloquios en griego parecían como olas
gigantes que me pasaban por encima de la cabeza. En cierta ocasión dije
a la profesora: "Creo que mejor voy a abandonar el curso: es superior a
mis posibilidades".
Me respondió: "En mi opinión debería
quedarse. Siga en la clase. Yo veré cómo progresa". Y lo que vio fue un
alumno persistente, paciente, determinado. Me ayudó tanto que al fin, no
solamente terminé el curso, sino que obtuve la máxima calificación. Una
buena ilustración de nuestro Maestro celestial. Si nos mantenemos en su
clase, es su obra el que aprobemos. Y que obtengamos sobresaliente. ¡Su
oficio es ser Salvador!
No es por nuestros propios esfuerzos y
trabajando duro que "nuestras vestiduras deberán estar sin mácula" y
nuestros "caracteres purificados de todo pecado". No, es "por la sangre
de la aspersión". Es por la gracia de Dios, que por descontado, no
recibimos en vano. Nuestros "propios y diligentes esfuerzos" significan
sencillamente cooperación con las agencias que el cielo emplea. Esa
maravillosa obra debe ser realizada "por la fe en la sangre expiatoria
de Cristo".
Y ¿Qué es
fe? Según Juan 3:16, es nuestra respuesta sincera y profunda al Dios
amante que se entregó por nuestro bien. El agente eficaz de la justicia
por la fe es "la fe en su sangre" (Rom. 3:25). Es una apreciación de
corazón, del amor de Dios revelado en la cruz de Cristo:
"Muchos aceptan a Jesús como un artículo
de fe, pero no tienen fe salvadora en él como su sacrificio y Salvador.
No son conscientes de que Cristo murió para salvarlos de la penalidad de
la ley que han transgredido... ¿Creéis que Cristo, como sustituto
vuestro, paga la deuda de vuestra transgresión? Pero no para que podáis
continuar en pecado, sino para que seáis salvos de vuestros pecados...
Podéis
decir que creéis en Jesús cuando apreciáis el costo de la salvación.
Podéis decirlo cuando sentís que Jesús murió por vosotros en la cruel
cruz del Calvario; cuando tenéis una fe inteligente, razonada, de que su
muerte hace posible que ceséis de pecar, y que perfeccionéis un carácter
recto por la gracia de Dios, que se os otorga como compra de su sangre"
(Review and Herald, 24-7-1888).
¿Empiezas
a vislumbrar el tremendo poder de la fe? No que la fe en sí misma haga
nada: es Jesús quién lo hace. Pero la justicia es por la fe, y a lo que
lleva es a que "ceséis de pecar, y que perfeccionéis un carácter recto".
No es extraño que Waggoner exclamara en 1889:
"¡Qué
maravillosas oportunidades se ofrecen al cristiano! ¡A qué alturas de
santidad puede llegar! No importa la mucha guerra que Satanás pueda
hacer contra él, que le asalte allí donde la carne es más débil: puede
morar bajo la sombra del Omnipotente y ser colmado con la plenitud de la
fuerza de Dios. El Ser que es más poderoso que Satanás puede morar en su
corazón continuamente" (Signs of the Times, 21-1-1889).
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